
David Francis Powers fue asistente especial y secretario adjunto de “nombramientos” del presidente estadounidense John F. Kennedy. El mandatario designó a “Dave” como responsable de conseguirle mujeres, él mismo declaró que el radio pasillo de la Casa Blanca sostenía que el público creía que trabajaban para salvar al mundo, pero en realidad debían asegurarse de que nadie lo interrumpiera mientras se duchaba con dos señoritas.
El mismo que ganó un Pullitzer, estableció acuerdos nucleares y promovió la carrera espacial, correteaba señoritas y apilaba amantes, desde la icónica Marilyn Monroe hasta becarias, modelos, actrices, espías rusas y esposas de capos mafia.
En aquella época, sin teléfonos celulares ni internet, y con el servicio secreto de su lado, era más fácil mantener estas “actividades” en privado. Hoy existen unos 17.000 millones de dispositivos móviles conectados a la red, todos con cámaras de fotos y video, y la posibilidad de capturar, resguardar y enviar información al instante. La adicción, la pulsión incontrolada y la falsa sensación de privacidad son constantes y omnipresentes.
Tanto es así que el autócrata Vladimir Putin reconoció que no usa, ni tiene, ni quiere un smartphone o una cuenta en “X” (antes Twitter), y apenas utiliza internet. Entrenado por la KGB, sabe de lo que habla. Él, que amenaza con apretar el “botón rojo” para lanzar ojivas nucleares sobre Occidente, solo utiliza medios seguros para su comunicación.
Está claro que la “tecnología informática” se ha convertido en un recurso estratégico. En estos días, las autoridades rusas están ralentizando deliberadamente el tráfico en WhatsApp y YouTube para acallar las críticas por su invasión a Ucrania.
Pegasus, un software espía fabricado por la firma NSO Group, explota, entre otras cosas, vulnerabilidades de WhatsApp, habiendo supuestamente accedido sin autorización a casi 1.500 objetivos en al menos 20 países. Gobernantes, políticos y personalidades públicas, en lugares como México o España, han sido espiados con Pegasus. En España, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su ministra de Defensa, Margarita Robles, denunciaron haber sido espiados con Pegasus, sustrayéndoles 2,58 gigas y 9 megas, respectivamente.
Actualmente, la Presidencia de EEUU utiliza teléfonos móviles de máxima seguridad que, entre otras cosas, se autodestruyen en caso de manipulación o intentos de hackeo. Estos celulares son modificados por la NSA (Agencia de Seguridad Nacional). Algunos presidentes han sido renuentes a usarlos, como Obama, que se opuso al inicio de su gestión, enamorado de su vieja Blackberry, hasta que aceptó utilizar un celular “blindado”.
En 2021, por primera vez en 12 años, Benjamin Netanyahu tuvo su propio smartphone personal. Durante muchos años, el primer ministro israelí fue, probablemente, la única persona en no poseer un teléfono móvil, pero en 2021 accedió, luego de cuestionar durante años a las generaciones jóvenes por ser “esclavas” de los celulares.
En Francia, los presidentes Chirac, Sarkozy y Hollande utilizaron un Teorem, un teléfono ultra seguro. Macron dispone de un modelo más moderno que a simple vista parece un smartphone normal, pero que utiliza tecnología CryptoSmart. A diferencia de los teléfonos diseñados para comunicarse a través de redes sociales, jugar o sacar fotos, su principal fortaleza es la comunicación segura. En caso de robos o extravío, estos smartphones son inutilizados. Incluyen claves de acceso sumamente robustas y protecciones a prueba de manipulaciones, además de un chip específico que protege su contenido, diseñado para que todos los datos que contiene puedan borrarse de forma remota en caso de ser necesario.
Para la mayoría de los mortales, el teléfono constituye un recurso básico de la vida cotidiana. El poder omnipresente de la tecnología y la conectividad total son hoy un factor determinante que podría condicionar una democracia. La comunicación y la forma de hacer política han cambiado para siempre. La falta de ética, la impericia o simplemente la liviandad en el ejercicio del poder tienen ahora una contraparte, un enemigo-tech que pendula entre actos de corrupción y crisis políticas mientras vectoriza y juega al “voyerismo digital” alojando en su memoria los secretos y perversiones que de otra forma nunca saldrían a la luz.
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