
La composición de la coalición que permitió la formación del nuevo gobierno de Israel recibió fuertes cuestionamientos por la inclusión de partidos religiosos. Las elecciones del 1 de noviembre pasado consagraron al Likud de Benjamín Netanyahu como el partido mayoritario con 32 asientos, en un parlamento de 120, seguido por Yesh Atid de Yair Lapid, con 24 bancas, quien gobernó desde de junio de 2021 hasta ahora. Esta última denominada de “centro” incluyó ocho partidos desde Yamina de Naftali Bennet, Yisrael Beiteinu de Avigdor Lieberman, hasta los partidos de izquierda Laborista, Meretz, Nueva Esperanza y Lista Árabe Unida. Tanto Bennet como Lieberman fueron ministros durante los gobiernos anteriores de Netanyahu.
La sesión del Parlamento para la aprobación del gobierno el pasado 29 de diciembre estuvo marcada por el enfrentamiento entre Netanyahu y Lapid, que cruzaron graves imputaciones. Netanyahu acusó al líder de la oposición de no aceptar el resultado de las elecciones mientras Lapid sostuvo que la nueva coalición constituye una amenaza para la democracia y las libertades democráticas. Netanyahu difundió en las redes sociales un video recordando que durante sus gobiernos pasados nunca hubo discriminación contra LGTB, árabes y ortodoxos y que tampoco la habrá en esta etapa. El Likud designó como Presidente del Parlamento a Amir Ohama, quien hizo referencia a su esposo en el discurso de aceptación.
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La nueva coalición incluye a los partidos Sionismo Religioso de Bezalel Smotrich, Shas de Aryeh Deri y Judaísmo Unido de la Tora de Yitzhak Goldknopf. Estos tres reúnen un total de 32 bancas, que sumadas a las del Likud, le permiten alcanzar la mayoría. Si bien Netanyahu repitió que la política del gobierno será fijada por el Likud, efectuó importantes concesiones a estas formaciones en especial con relación a la supervisión de los asentamientos en Cisjordania, la política educativa y el control de la policía. Las críticos sostienen que Smotrich es admirador de Meir Kohane recordado por sus declaraciones racistas y Avis Maoz, quien pronunció un duro discurso contra el progresismo acusándolo de conducir al pueblo judío al helenismo y la oscuridad, es homófobo. Maoz votó a favor de Amir Ohama y negó las acusaciones sobre la confección de listados de homosexuales en los medios de comunicación como un intento deliberado de demonizarlo.
Las elecciones del 1 de noviembre mostraron un fortalecimiento de los partidos religiosos que sostienen que la identidad judía es inseparable de la práctica de los textos bíblicos rechazando la asimilación. Estos argumentos no difieren de los sostenidos por otras religiones como el Islam o la Iglesia Ortodoxa o la Iglesia Católica que combaten los valores liberales de occidente como un intento de subvertir sus costumbres. Los textos del Ayatollah Ali Jamenei, el Patriarca Kirill, las diatribas del Papa Francisco contra la perversión de la cultura occidental o el reciente testamento del Papa Benedicto XVI no difieren de las opiniones de los rabinos ortodoxos sobre el ordenamiento social.
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El creciente apoyo de los israelíes en defensa de su identidad judía pareciera la contraparte de las descalificaciones internacionales que exceden la supuesta defensa del derecho del pueblo palestino a tener su Estado. Las declaraciones de la relatora de los derechos humanos en Palestina, Francesca Albanese, sobre el poder judío internacional; Whoppi Goldemberg negando el carácter racista del Holocausto o la política de cancelación practicada en Europa y Estados Unidos no hacen más que exacerbar la búsqueda de protección. Yair Lapid, en su discurso ante la Asamblea de las Naciones Unidas, convocó a un acuerdo con los palestinos basado en dos Estados para dos pueblos. La respuesta fue un aumento del terrorismo desplegado por Hezbollah, Hamas y la Jiddah Islámica respaldados por Irán cuyo objetivo es destruir el “Estado sionista” y arrojar a los judíos al mar con su arsenal atómico.
El extremismo de cualquier color genera más extremismo; sus objetivos no son la paz y el diálogo, sino provocar el caos. No debe llamar la atención que después de décadas de infructuosos intentos, el electorado israelí haya optado por una creciente radicalización, poniendo en riesgo su propia convivencia democrática.
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