Blockchain y descentralización, la revolución que modificará para siempre a los Estados del mundo

Preocuparse por gravar con impuestos y regular las transacciones que se hacen con criptomonedas es perder la perspectiva de la verdadera importancia de lo que está sucediendo

La "cadena de bloques" da vida a las criptomonedas y a muchas otras tecnologías
La "cadena de bloques" da vida a las criptomonedas y a muchas otras tecnologías

Blockchain está obligando a repensar los contratos sociales que hoy sostienen a los Estados.

Los gobiernos, empresas y grandes organizaciones en el mundo se preguntan qué va a pasar si un sistema financiero de criptomonedas gana relevancia y pone en jaque a los sistemas impositivos y previsionales de cada país.

Porque las criptomonedas, o para ser más exacta, las finanzas descentralizadas sobre blockchain, traen las dos caras de la moneda: transparencia, trazabilidad de las operaciones e inclusión financiera, por un lado, y anonimato y libertad de los mecanismos de control estatal, por el otro.

Preocuparse por gravar con impuestos y regular las transacciones que se hacen con criptomonedas es perder la perspectiva de la verdadera importancia de lo que está sucediendo.

Gobiernos, empresas y organizaciones se preguntan qué va a pasar si un sistema financiero de criptomonedas gana relevancia y pone en jaque a los sistemas impositivos y previsionales de cada país

Lo que realmente amenaza la forma de los Estados-Nación como los conocemos, es el accionar de individuos que -gracias a la tecnología de blockchain- pueden ensayar formas alternativas de asignar sus recursos y sus esfuerzos para materializar sistemas sociales diferentes.

Las nuevas monedas digitales, las organizaciones descentralizadas, los contratos inteligentes, los distintos tipos de gobernanza que están desarrollándose sin pausa, reflejan que los contratos sociales que sostienen a los Estados-Nación han perdido vigencia y valor.

Hay un cansancio que excede incluso a los ciudadanos de países en desarrollo como el nuestro, Argentina. Hay hartazgo de la ineficiencia, las respuestas lentas y la corrupción de los gobiernos y sistemas financieros, que es compartida por habitantes de todas partes del mundo. Y podemos englobar la causa en un solo concepto que ya ha fallado, tanto a nivel territorial como social: la centralización.

Mark Zuckerberg, CEO de Facebook, también tiene su Metaverso
Mark Zuckerberg, CEO de Facebook, también tiene su Metaverso

Los riesgos de esta son cada vez mayores en un mundo globalizado. Mark Zuckerberg presentó hace unos días, un nuevo proyecto en el que están trabajando y que reemplazará al uso de las redes sociales: el Metaverso, una idea en la que distintos grupos de personas trabajan hace un par de años y que ahora es el centro de la estrategia de este gigante de la industria. Hologramas, realidad virtual, escenarios salidos de ciencia ficción donde pasaremos nuestro tiempo, trabajaremos, haremos deportes, socializaremos y compartiremos eventos en tiempo real, como si estuviéramos en cualquier lugar del planeta (o fuera de él).

“Meta”, la nueva marca que será el paraguas del grupo de empresas de Facebook, es una entidad absolutamente centralizada, un ecosistema de desarrolladores de software y contenido, donde todo el resto del planeta es usuario y consumidor.

Pero este universo está creado sobre todos los escenarios posibles, de acuerdo con las fantasías hegemónicas y occidentales. ¿Qué clase de empatía vamos a tener cuando salgamos a la calle en Buenos Aires y veamos personas durmiendo a la intemperie, si nuestro mundo consiste en asistir a fiestas en Londres, jugar a surfear en Costa Rica y trabajar de forma virtual para una oficina en Dubái?

Los nuevos “ciudadanos”, soberanos, que están decepcionados de sus gobiernos y sus bancos, no van a migrar, sino que van a sacar su dinero del sistema que rige en su territorio y a ponerlo en otros sistemas

Unas cuantas empresas del mundo tienen acceso a casi todos nuestros datos personales y pueden usarlos, para predecir y guiar nuestros comportamientos. Lo dice Harari en “21 lecciones para el siglo XXI”: si no nos conocemos nosotros mismos, si perdemos la percepción de lo que queremos y necesitamos, nosotros y los demás, entonces, seremos sujetos de estas grandes compañías. ¿Y cómo vamos a desarrollar nuestra inteligencia subjetiva si estamos conectados cada vez más a dispositivos externos en lugar de vincularnos con nuestro mundo interno y el de quienes nos rodean?

Una fuerza de resistencia equivalente, aunque más silenciosa, es la de la descentralización.

En su artículo “El fin de los Estados Nación”, Tomás Pueyo identifica a un nuevo tipo de actor social: les llama “individuos soberanos”. Satoshi Nakamoto por ejemplo, el creador de Bitcoin -o el grupo de personas que lo crearon, no lo sabemos- es un pseudónimo. El anonimato está protegiendo a la innovación de la censura.

Las personas y organizaciones que apuestan por la descentralización, manejan su dinero en cadenas de bloques que son resistentes al fraude y donde la custodia de los fondos es personal. Son sistemas financieros inclusivos, ya que no discriminan por origen ni bienes preexistentes.

Los contratos inteligentes plasman pactos sobre procesos que luego ocurren de forma automática y transparente. (Foto: Cortesía TRATO)
Los contratos inteligentes plasman pactos sobre procesos que luego ocurren de forma automática y transparente. (Foto: Cortesía TRATO)

Las DAOs (organizaciones autónomas descentralizadas) nuclean comunidades transnacionales que ensayan nuevos modos de democracias, toma de decisiones, arbitrajes jurídicos.

Los contratos inteligentes plasman pactos sobre procesos que luego ocurren de forma automática y transparente.

Estas personas, que se condicen con una categoría que Pueyo llama “los cosmopolitas”, no aceptan que por haber nacido en un lugar determinado, sus condiciones económicas sean más volátiles, se devalúe su moneda o se le apliquen regulaciones más restrictivas, pudiendo experimentar tan de cerca alternativas y sistemas diferentes, donde las reglas son iguales para todos. No quieren votar una vez cada dos años y dejar librada a la clase política todas las decisiones que afectan su vida cotidiana, cuando en estos protocolos pueden tomar decisiones de forma recurrente.

Los nuevos “ciudadanos”, soberanos, que están decepcionados de sus gobiernos y sus bancos, no van a migrar, sino que van a sacar su dinero del sistema que rige en su territorio y a ponerlo en otros sistemas, rompiendo de esta manera, implícitamente, su compromiso con el contrato social que traducen los Estados.

Alocar recursos de forma efectiva es un gran punto fuerte de la cadena de bloques

No se trata simplemente de evasión impositiva si no de preguntarse por ejemplo: ¿Y si en lugar de cajas chicas y grandes en todos los despachos de la administración pública, hubiera un contrato inteligente que pagara las pensiones por discapacidad o enviara dinero a la cuenta virtual de un hospital, directamente desde el sistema contable de una entidad aportante, como un supermercado? Alocar recursos de forma efectiva es un gran punto fuerte de la cadena de bloques.

¿Qué podemos esperar del futuro? En el mejor de los casos, se darán nuevos contratos sociales y la tecnología servirá a las comunidades para organizarse mejor y de forma autónoma, prescindiendo de los grandes centros. Generará confianza, cercanía. Ciudades más bellas y sustentables.

En el peor, se desfinanciarán los Estados y todas las prestaciones esenciales quedarán a la deriva, como por ejemplo las pensiones por discapacidad, los pagos de jubilaciones y muchos otros derechos básicos que en distintas sociedades se ha consensuado que es esencial asegurar. La tecnología va a permitir que muchos humanos coexistan o cohabiten sin cooperar.

Necesitamos contratos sociales para poder cohabitar con bienestar y en paz.

Blockchain es imparable. Pero porque así son los desarrollos tecnológicos, movidos por la fuerza del descubrimiento y el hambre de construir nuevos futuros. Y justamente por eso es importante que el movimiento esté acompañado de una ética, y un proceso consciente. Si bien es temprano en el desarrollo que dará base a los nuevos contratos sociales, la discusión sobre cómo queremos vivir y coordinarnos es apasionante y urgente, para que el futuro sea justo y sus resultados no sean aleatorios.

Hasta ahora, el Estado ha servido para desligarse de responsabilidades éticas individuales. “Yo pago mis impuestos, es el Estado el que tiene que ocuparse de la gente en la calle”, podría explicar hoy un ciudadano de a pie. Pero en un escenario donde el Estado pierda poder, tendremos que pensar en nuevos contratos sociales: ¿con quienes los suscribiremos?, ¿será con los habitantes de todo el territorio que legamos como concepto de “nuestra nación”? ¿Será con nuestra comunidad más inmediata o será, por el contrario, con entidades más amplias? ¿Cuánto se aportará para destinar a servicios y derechos básicos y de qué manera, si no es a través del mecanismo cada vez más lábil, aunque más conocido por los sistemas de gobierno de la actualidad: la coerción?

Lo que no debe pasarnos, es la ruptura de los sistemas y los contratos sociales sin haber previsto otros, nuevos y superadores. Como especie le hemos dedicado años a iterar, mejorando los tipos de contrato social. Y aunque en muchos sentidos sintamos que fallan los actuales, desde John Locke hasta los smart contracts, lo indiscutible es esto: necesitamos contratos sociales para poder cohabitar con bienestar y en paz.

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