Feminista en falta: Adiós a mi mamá, la mujer que me enseñó la libertad hasta el final

Esta es la despedida de mi madre -que es a su vez muchas madres de su generación-, que asumió su independencia desde la juventud y rompió mandatos

Con mi madre, a finales de los '90
Con mi madre, a finales de los '90

La última vez que hablé con mamá le dije que no fuera a votar, que no hacía falta. Estaba asustada por el brote de la cepa Delta y apenas si salía de la casa. “No tiene sentido que te expongas, si ni siquiera ves a tus amigos”, le advertí. Me dijo que tenía razón, y que no iba a ir, pero justo antes de morir manejó hasta un bar cercano y le pidió a un amigo que la ayudara a chequear en qué mesa le tocaba. Saber que hizo lo que quiso, como siempre, me hace reír y me da orgullo. Mi vieja fue libre e independiente hasta el final.

Llegó de Cañás a Buenos Aires a los 20 en una época en que la única manera de escapar del pueblo era casándose o siguiendo una carrera. Y sin embargo, así rompió el primer mandato: se había recibido de Perito Mercantil y había dejado a un novio plantado con la casa puesta, no estaba segura de querer estudiar, pero había visto a su propia madre mantenerse sola. Se mudó con dos amigas y consiguió un trabajo en un estudio contable. A los 25, mi abuela le entregó un anillo con un topacio enorme que ella le prometió a alguna de sus sobrinas en los años en los que estuvo segura de que no tendría hijos. “Hasta acá siempre te hice regalos por el Día del Niño –le dijo mi abuela–, este es el primero que te doy por el Día de la Solterona”.

A mi madre aquello no le pesaba. Tuvo muchos novios, y volvió a negarse con los que le propusieron una vida convencional: volver al pueblo, parir cinco hijos, esperar a que el marido llegara del campo y encontrarse a cotillear los domingos en la puerta de la Iglesia. Le juró a una prima triste porque no tenía ahijados que iba a ser la madrina de sus hijos, cuando los tuviera, porque ni siquiera soñaba con la posibilidad, y después tuvo que cumplirle la promesa. Tenía casi 30 cuando un amigo un poco loco -que estaba de novio a la vez con una compañera suya de la Dante y con la hermana de papá- le empezó a hablar del tipo que decía que iba a ser el amor de su vida. Un cuarentón separado y con dos hijos, que había pedido el retiro del Ejército, no tenía donde caerse muerto y, además, todavía vivía en el lugar de su último destino, tal vez la ciudad más fea de la Argentina. A mi mamá no le pareció buen plan.

Mi madre y mi padre en los años 90. Fueron una sociedad comercial y una familia ensamblada, porque casi no pudieron ser una sociedad conyugal
Mi madre y mi padre en los años 90. Fueron una sociedad comercial y una familia ensamblada, porque casi no pudieron ser una sociedad conyugal

Pero pasó un año, y Manuel, el amigo, les insistió a los dos: estaba a punto de exiliarse en Madrid y no quería irse sin antes verlos juntos. Al final, aceptaron verse un mediodía, nada comprometido, en un bar frente al Congreso. Me emociona recordarlos contando cómo después de ese almuerzo ya no se separaron. O sí, porque él viajaba esa misma tarde, y entonces siguieron las cartas y, después, a los pocos meses, los necesarios para que ella renunciara a su trabajo y armara otra vez las valijas, el pasaje al fin del mundo. La chica que se escapó de la chatura del pueblo, se iba a instalar por amor en el gris industrial de la Comodoro Rivadavia del 76, donde cada cuadra era una cachetada del viento. No le importaba. Una de sus amigas de Cañás me dijo ayer que mamá volvía siempre y les hablaba de cómo era el mundo que estaba ahí afuera, “se fue a la mierda en cuanto pudo, pero nunca dejó de ser parte. Nos contaba cosas como el día en que bajó del avión para encontrarse con tu papá, y tenía puesta una falda plato que, del viento, le tapó la cara en cuanto puso un pie en la escalera… y vivíamos a través de sus historias”. ¡Mis viejos romantizaban Comodoro Rivadavia! Eso sí era amor: pasaron de lavar centollas a armar juntos una empresa, de la nada, y decirle “centollita” a aquel atraso les pareció lo más natural.

Ahora todo suena fácil, pero que fueran capaces –junto a la madre de mis hermanos– de formar una familia ensamblada en los ochenta, al margen del qué dirán, cuando no había ley de divorcio ni muchos colegios dispuestos a aceptar chicos sin libreta de familia, es algo que sentí que todavía tenía que agradecerle el día de su despedida, mientras me dejaba abrazar en el entierro por esa segunda mamá que dejó que fuera para mí la primera mujer de mi viejo. Mi madre siempre fue generosa conmigo, y siempre me puso por encima de los asuntos de los grandes de una manera en que yo no sé si fui capaz de hacerlo por mi hijo.

Mamá no se decía feminista. Ni siquiera en la primavera democrática y sus tiempos de militancia desarrollista y compromiso con la rama femenina, asumió que esa independencia por la que peleó siempre tenía nombre. Ella decía “ni machista, ni feminista; soy femenina, no feminista”. Pero se calzaba el trajecito sastre y salía a defender las cosas que le importaban: amor en casas separadas y división de tareas en una sociedad comercial con mi padre, más allá de la sociedad conyugal que casi no pudieron ser; ella al volante y lista para devolverle el insulto al que la mandara a lavar los platos; ella al frente, resolviendo lo que fuera, sola en el campo levantando la cosecha y negociando y plantándose con una seguridad inventada; ella a favor del divorcio, del matrimonio igualitario, acompañando a mi prima a abortar en secreto para que no se enterase una madre obtusa y conservadora; ella escuchando mujeres, ángel de divorcios y separaciones ajenas, recibiéndolas a dormir en casa si hacía falta; ella repitiéndome que tenía que ganar mi propia plata, que lo primero, siempre, era ser independiente. Mamá se llamaba María Irma, pero eso era porque fue el nombre que se le ocurrió a mi abuelo cuando fue a anotarla solo al registro civil, así que, cuando recuperó la lucidez, mi abuela decretó que había que decirle Marisita y, cuando se fue a vivir con mi papá, ella empezó a firmar Marisa Funes. Así lo grabamos en su lápida: Marisa Zanotti de Funes.

En la playa de Rada Tilly, cerca de Comodoro Rivadavia, en 1978
En la playa de Rada Tilly, cerca de Comodoro Rivadavia, en 1978

Mamá no se decía feminista hasta 2015, pero desde ese año puso a la nenita de #NiUnaMenos en su foto de perfil y discutió con cada una de las amigas que le insistió para que pusiera una foto suya o de sus nietos –porque tenía muchos nietos y ahijados elegidos–, en vez de esa “tan genérica”. Como muchas madres de su época, mi mamá tuvo pocos recursos, no vio abusos que ella también había sufrido: su propia madre, obligada a parirla en plena depresión tras la muerte de un bebé de nueve meses, se negó a quererla durante años. Y sin embargo, entendió también que nunca era tarde para reparar.

Y cuidó, también como muchas mujeres de su época, cuidó mientras hacía todo lo demás, y lo hizo con una entrega total. Cuidó a mi padre, a su madre, cuidó a mi hijo para que yo pudiera tener la carrera de éxito que soñó para mí, y para la que las mujeres aún necesitamos back up, y me cuidó a mí, cada vez, en cada caída, en cada dolor, sin juzgar, sin preguntar, con absoluta incondicionalidad, hasta el final. Ahora pienso que en ella el feminismo fue también una idea, el deseo de algo que quiso que fuera posible para mí y para las que venían, para sus muchas ahijadas elegidas. Pienso en esa generación de guerreras cuidadoras que todavía luchan para que sus hijas y sus nietas no tengan que pagar siempre más cara su independencia.

A mamá este año y medio de encierro le hizo mal. Era joven, pero sentía que estaba perdiendo lo que más valoró y nos hizo valorar: su libertad. Y me hizo un último regalo, mi mamá: irse antes de que fuera yo la que la tuviera que cuidar. No sé si hubiera sabido hacerlo, la verdad. Así que hoy escribo para esa mujer enorme que se fue en paz, independiente y orgullosa de su libertad. Porque yo estoy orgullosa de ella, de su amor, de su incondicionalidad, y del feminismo sin imposturas que me enseñó haciéndose cargo de cada una de sus decisiones, hasta el final.

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