El espacio del medio

Solo quienes participan de los odios se sienten representados, para el resto, los que exigen explicaciones racionales, no queda nada para rescatar

El presidente de Argentina, Alberto Fernández. EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo
El presidente de Argentina, Alberto Fernández. EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo

Es el lugar de la política, el espacio del medio, ese que el actual gobierno deja libre al abrazar fanatismos y frivolidades, el mismo que el gobierno anterior abandonó al priorizar los asesores, las encuestas y los negocios.

No hay libertad sin justicia ni justicia sin libertad, van juntas y los fanáticos abrazan una y terminan dejándonos sin las dos. La necesidad tiene cara de hereje y hoy nos arrastra su mal rostro por la vida. Habitamos una sociedad en riesgo de disolución, donde las elecciones se ocupan sólo de dirimir quién será mejor administrador de esa decadencia.

La grieta es un invento de dos sectores que dicen estar distantes mientras comparten, parasitan la misma estructura. Impresiona el Gobierno, sus fracasos y sus prioridades. Destruyeron la economía con la excusa de cuidar una salud que también dañaron. Armónicos, supieron lastimar la educación, la economía, la salud e inventaron culpables para luego promover ese progresismo que permite documentos sin género, con una equis.

No nos ahorraron nada, ni el apoyo a la dictadura cubana a la que en lugar de dictadura denominaron “bloqueo”. Promete ser el gobierno “más progresista”, supuesta virtud hija de la frivolidad y la incoherencia, gestora de marxismo sin proletarios y liberalismo sin consumo. Esta gente le sabe poner ideología a la decadencia, a una impronta de condición humana carente de raíces y de rumbo, con convicciones lábiles que adaptan groseramente a la coyuntura. Ese supuesto progresismo sería la metáfora del peor oportunismo.

No es que no soporten un archivo, no les interesa la coherencia, carecen de patria y de bandera, se hicieron del poder en las tinieblas y sólo sueñan su continuidad. Nos legaron al ciudadano equis, si reconocemos que la humanidad tiene su historia, el progresismo es la expresión de su ignorancia. Infantiles, transitan la pubertad del que confunde demoler el pasado con proponer un futuro porque siempre queda a la luz lo dañando en medio de los escombros de lo prometido.

Admiran las dictaduras, en especial la China, dejando de lado la virtud de los logros y la ausencia de derechos y libertades. Se convirtieron en fanáticos, una suerte de frívolos irritados e impotentes de enfrentar la realidad de la vida, deformando hasta la misma lengua para sentirse originales.

Del otro lado, el PRO se lanza al sueño de ganar el próximo gobierno sin otra definición que repetir lo hecho y eternizarse en el poder. Estamos ante los fracasos alternativos de un partido y de otro sin obligación de autocrítica. Existe entonces, un crecimiento parejo de la pobreza y la deuda, sin que nadie se sienta obligado al imprescindible giro de rumbo y de encontrar un futuro posible que genere trabajo y divisas. La dirigencia política convertida en clase explotadora del resto de la sociedad, plutocracia abarcadora donde espíritus inocentes insisten en cursos de ética donde el que roba es el otro.

La corrupción nos robó el futuro, la acción de oro que nos dejaba autoridad sobre YPF, nos legó ese juicio del testaferro que adquirió acciones con las ganancias que no llegarían nunca y que como todas las privatizaciones terminaron en manos de grupos que se distribuyen retornos entre ellos disfrazados de serios “inversores”.

Y el Presidente se ocupa del “progresismo de género” mientras la moneda se nos disuelve entre las manos. Asombra todo el devenir de la política enfrentando el riesgo de disolución nacional, el desastre en el que habitamos que sin duda asemeja ser el resultado de una guerra. Lo grave es la falta de decisión colectiva de ingresar a una post guerra, al tiempo de asumir los daños y la esterilidad de los enfrentamientos, de pacificar y elaborar objetivos compartidos. En rigor, ese sería el espacio de la política, de la verdadera, no de la prebendaria, de la trascendente, no de la coyuntural.

Sorprende el Gobierno disfrazando su indiscutible fracaso de supuesto progresismo tanto como la oposición, apasionada por ocupar el próximo gobierno mostrando personajes tan reiterados como carentes de propuestas. Dos personas de distinta procedencia me expresaron un concepto parecido, “no hay lugar para las buenas intenciones en la política”, sumado a los muchos –demasiados- jóvenes y adultos que en su escepticismo deciden tomar otros rumbos, distintas opciones del exilio. Existe una burocracia apasionada como contracara de una sociedad desesperanzada.

La política abandonó el debate del futuro colectivo, amañada en una visión fanatizada de una confrontación inexistente, de dos codicias de cargos y prebendas que nada aportan a la desesperanza de la sociedad. Solo quienes participan de los odios se sienten representados, el resto, los que exigen explicaciones racionales, para esos no queda nada para rescatar.

La política dejó de ser aquella dirigencia que devuelve el destino al conjunto para transformarse penosamente en un “arca de Noé”, un sector capaz de acompañar a los pocos muy enriquecidos en el disfrute del dolor ajeno. Están rotas las redes de solidaridad, al menos hacia arriba de las estructuras del Estado. No hay estadistas, políticos preocupados por dar trabajo y generar divisas, alguien que sueñe con trascender devolviendo la esperanza a millones, que hace casi cinco décadas quitaron de la conciencia colectiva. Pobreza y deuda, los dos índices que crecen, inflación e inseguridad, muescas que definen al más retrógrado de los pretendidos gobiernos progresistas.

En medio de ese enorme espacio adoquinado de acusaciones y denuncias que divide a Mauricio Macri de Cristina Kirchner, en el medio de esos dos alaridos sin ideas: está la política. No es tan solo un partido, no tiene todavía nombre ni rótulo que lo individualice. Es la necesidad y la conciencia de miles de ciudadanos que no imaginan el exilio sino la patriada de la recuperación del destino colectivo. Ese espacio del medio no es para quienes se conforman y acomodan al nicho de la pobreza creciente sino para los que reconocemos el desierto que estamos obligados a atravesar para reconstruir el futuro. No importa cuántos votos tengan los que emerjan por fuera de la grieta, solo importa asumir que ese es el único germen del futuro, el resto es pasado y cuanto más tiempo dure peor será. Los que gobiernan imaginan el progreso en la mera destrucción de la cultura, los usos y las costumbres mientras para nosotros, el desafío está en enriquecer el presente sin deformar ni la memoria ni la lengua. Hoy somos enemigos de los que habitan el odio y compañeros de ruta de quienes asumen la responsabilidad de devolver un destino.

Nos dejó Juan Surrouille, un economista de los pocos que opinaba pensando en la sociedad, uno de aquellos que junto a la verdadera política todavía se interesan por el destino colectivo. Vecino del barrio, transitaba su humildad con sobriedad, como todos aquellos que valoran la vida más allá de los oropeles del poder. Sabiduría y humildad, como eran los de antes y fueron los buenos gobernantes de siempre, virtudes que esperemos asuman nuestros hijos para impedir que las miserias presentes duren demasiado.

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