El albertismo, ¿clave de la contienda electoral 2021?

La competencia de medio término amerita un rol mucho más activo del Presidente en tanto virtual candidato, en tanto dirigente y en tanto alternativa más “amigable” al liderazgo de Cristina Kirchner

Presidencia
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El descontento con la política en general, luego de las prolongadas y necesarias medidas de aislamiento y otras restricciones a la circulación de personas y actividades, han profundizado la incertidumbre ya habitual en nuestro país, impactando notablemente sobre las opciones electorales y los escenarios políticos de corto y mediano plazo. Por estos días, son varios los encuestadores que, a dos meses de los comicios, ya pronostican que los sellos electorales (Frente de Todos, Juntos por el Cambio, etc.) miden más que sus principales candidatos.

Si bien es una situación excepcional, debe señalarse que no es la primera vez que esto ocurre. En general puede pasar que cuando el sello está bien construido, se ha consolidado y tiene cierta continuidad en el tiempo, adquiere y proyecta una imagen más potente que la de los candidatos, materializando ese axioma colectivista que reza que “el todo es más que las partes”. Pero, en otros contextos como el actual, ello no deriva de una fortaleza organizacional ni de aciertos en materia de posicionamiento político o estrategia comunicacional, sino del hecho de que la crisis de la política impacta más fuertemente sobre los dirigentes y candidatos que sobre las marcas partidarias.

En las últimas semanas distintos estudios de opinión pública se han hecho eco de la mencionada situación y han concluido que el Frente de Todos, en tanto marca electoral, está midiendo más en la Provincia de Buenos Aires que varios de los nombres en danza para encabezar u ocupar las listas legislativas. Como se señaló anteriormente, no sólo habría que adjudicarle mérito al sello creado en 2019 para sustituir al Frente para la Victoria, sino reconocer que muchos dirigentes, sobre todo aquellos provenientes del cristinismo, han visto sus niveles de imagen e intención de voto horadarse a un ritmo acelerado.

¿Rinde electoralmente CFK?

La merma en la imagen de algunos dirigentes bonaerenses no se explica solamente por ellos mismos. En muchos casos, la imagen de Cristina Fernández de Kirchner los afecta y con ello a su potencial performance electoral.

Si Cristina ocupa, progresivamente, mayor protagonismo durante los cuatro meses que quedan por delante hasta resolver la incógnita electoral de 2021, la suerte de un puñado de candidatos y, por ende, también en muchos aspectos la del propio gobierno nacional, estará echada y sujeta a su imagen. No se trata ya de aquella Cristina que en 2007 se convirtió en presidenta con el 45% de los votos, o que los superó en 2011, alcanzando ese ya épico 54%. Esta es una Cristina en modo contienda legislativa, es decir el tipo de contienda en el que la ex presidenta menos supo rendir, electoralmente hablando: recuérdese que el kirchnerismo perdió las elecciones entre 2009 y 2017. En esta última contienda, la derrota de la hoy vicepresidenta fue la más evidente, ya que ella misma se enfrentó en la boleta de senadores nacionales a Esteban Bullrich en la Provincia de Buenos Aires, y el ex ministro de educación macrista se impuso por una ventaja de 4 puntos.

La excepción a esta racha de fracasos electorales en el kirchnerismo fue el 2019. El factor diferencial que tuvo dicha contienda fue, en definitiva, la revelación de Alberto Fernández como un candidato moderado, (auto)crítico, pero capaz de materializar la tan mentada unidad del peronismo. Algo que, si bien pareciera por momentos no ser valorado en las huestes del cristinismo que reclaman profundizar ciertos enfrentamientos y radicalizar determinadas políticas, es lo que permitió ganar las elecciones presidenciales y evitar con ello un segundo mandato de Mauricio Macri.

En aquellos meses de comienzos de 2019, cuando todavía las incertidumbres sobre las candidaturas, y en particular sobre la de Cristina, era lo que hegemonizaba la agenda pública, la candidatura de Alberto blanqueó una realidad que esclarecía el diagnóstico y que, de alguna manera, planteaba el desafío político que tenía la por entonces oposición al macrismo: “Sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza”.

Sólo alguien sesgado por su rechazo a la figura de la ex mandataria podría decir que Cristina no suma votos. Pero solo un fanático podría evitar alertar sobre los límites de ese aporte. En otras palabras, el piso de votos de Cristina es realmente considerable (en torno al 30%) pero su techo es peligrosamente bajo (a duras penas, alcanza el 35%). El “factor electoral CFK”, necesita inevitablemente de complementos para rendir. A veces, como ocurrió en 2019, esa fórmula ganadora puede ser incluso un desplazamiento de ella a un segundo -pero nada despreciable- segundo lugar.

Así las cosas, esta contienda electoral de 2021 le plantea al presidente el desafío de evitar que su vicepresidenta intente protagonizar la campaña, ya que con ello mostrará la potencia de su piso electoral, pero también lo limitado de su techo. Si a ello se le suma la posible unidad de la oposición, o incluso, el poder generar internas competitivas que atraigan el interés y el voto de amplios sectores sociales, el techo se podría convertir, casi con seguridad, en una trampa electoral para el Frente de Todos.

Protagonistas de la campaña: ¿cristinismo o albertismo?

Todo indica que este año no será uno en el cual veamos campañas ostentosas, con gran despliegue de recursos y onerosas puestas en escena. El diferencial en un año de profunda crisis económica, y en donde la política está mal vista, es en poder elegir y fortalecer a aquellos candidatos con mayores posibilidades de llegarles a los electores, de hablarles de lo que les interesa y les importa, de ser creíbles, y suscitar la confianza de la cual -en última instancia- suele depender la decisión del voto.

El éxito de la campaña de 2019 no se explica por la necesaria presencia de Cristina en el armado, sino por el imprescindible rol de Alberto. Sin dudas, esta contienda de medio término amerita un rol mucho más activo de Alberto en tanto virtual candidato, en tanto dirigente y en tanto una alternativa más “amigable” al liderazgo de la ex mandataria, que tan hostil resulta para muchos argentinos.

Es evidente que la oposición va a intentar que el fantasma de Cristina sobrevuele toda la contienda, para poder azuzar los temores -reales o percibidos- que ello podría generar en determinados sectores de la opinión pública. Sin dudas, ello sería mucho más fácil si la propia Cristina decide subirse al ring de la campaña. En este marco, si el Frente de Todos pretende llegar con chances al 2023 es imprescindible que ese lugar de protagonismo lo ocupe, progresivamente, el albertismo, es decir, Alberto, sus candidatos, su entorno, su tono de moderación y su posicionamiento como alternativa al kirchnerismo duro. Esto, de alguna manera, es nada más ni nada menos que volver a recrear aquella exitosa fórmula de 2019: “sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza”. Es tiempo del albertismo, el desafío es resultar creíble.

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