La Argentina frente al drama cubano: más William que Juan Domingo, más unipolaridad que bipolaridad

El gobierno de la isla y sus adláteres nos siguen tratando de explicar que el mundo tiene su epicentro en la Casa Blanca y Wall Street

La Argentina frente al drama cubano: más William que Juan Domingo, más unipolaridad que bipolaridad (REUTERS/Stringer)
La Argentina frente al drama cubano: más William que Juan Domingo, más unipolaridad que bipolaridad (REUTERS/Stringer)

La política internacional siempre se ve condimentada por cisnes negros o sorpresas estratégicas. Una mirada a la región latinoamericana en los últimos dos años nos mostraba un ciclo de agitación en países democráticos que aplicaron políticas pro mercado. Empezando por Chile a fines del 2019, luego Colombia, Perú, etc., desde sectores de izquierda o populistas, que en los ’90 fueron pro mercado y ahora son lo contrario, el diagnóstico era que entrábamos en una nueva etapa en donde los principios de la democracia liberal y capitalista estaban en su agonía. Se abría, supuestamente, una nueva era de ampliación de derechos e intervencionismo estatal en la economía. En algunos casos, tomando a nivel simbólico o real el modelo de partido único y capitalismo regulado de China.

Antes de seguir, cabe esperar que los dirigentes latinoamericanos por las dudas recuerden que, en esa potencia asiática, el castigo por corrupción en la función pública es la ejecución. Mejor recordar esto antes de tener sorpresas desagradable en aquellos que quieren seguir con viejas prácticas cleptocráticas pero con ropaje retórico pro chino. Desde ya, este cuadro tiene al régimen cubano como un faro. Tal como John William Cooke, cuando en vano trató de convencer al general Juan Domingo Perón post revolución comunista de 1959. En cambio, el tres veces Presidente de los argentinos eligió como lugar de exilio la España del generalísimo Francisco Franco. Vaya decepción para Cooke. Si él mismo le hubiese prestado atención al discurso del joven coronel Perón en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires en 1944, quizás no habría perdido tiempo proponiéndole al creador del movimiento Justicialista una alianza natural con Fidel Castro. En esa presentación de 1944, el entonces Ministro del gobierno militar ponía blanco sobre negro uno de los objetivos centrales del golpe de 1943, o sea el evitar el avance del marxismo-leninismo en la Argentina. Cabe reflexionar que en los últimos tiempos el gobierno argentino parece más guiado por Cooke que por Perón. Tema para reflexión de politólogos y psicólogos.

Pero volvamos a la convulsionada tercera década del siglo XXI, que desde el escape del virus COVID-19 de China a fines del 2019 no deja de poner patas para arriba lo establecido. Una tendencia que ya podemos registrar desde años antes, pero fuertemente potenciada por la plaga. Entre las cosas que no debían pasar y pasaron, se destaca la salida de millares de manifestantes en las principales ciudades de Cuba reclamando libertad, alimentos y medicamentos. Desafiar el aparato represivo cubano no es algo que fuese esperado por muchos. Una mirada en los antecedentes nos mostraría un fuerte movimiento cultural dentro de Cuba que se encarnó en una canción que se reproduce por millones en las redes. La misma se titula “Patria y Vida”. Su letra y reclamos tienen toda la tonalidad de progresismo y tolerancia. Pero para el estalinismo caribeño se constituyó en un desafío inaceptable. Todo combinado con el colapso del turismo y sus hoteles de origen europeo y capitalista, que alimentan al régimen cubano. Otra fuente de recursos a lo largo de estas décadas son los centenares de millones de dólares anuales en barriles de petróleo que la pauperizada Venezuela envía gratuitamente a la isla. Todo condimentado por una fuerte salto en los casos de contagiados y muertes por el COVID-19.

Hay quienes por afinidad ideológica o por evitar retos y crisis dentro de la variopinta coalición gobernante Argentina han salido a decir que ignoran lo que está sucediendo en Cuba o atribuyen lo que pasa -si bien dicen no saber qué pasa- al supuesto bloqueo. En este punto cabría hacer alguna reflexiones. No existe un bloqueo, que consistiría en que unidades navales militares de los EE. UU. rodearan la isla y la aislaran como durante la breve y peligrosa crisis de los misiles soviéticos en Cuba en 1962. Lo que hay es un embargo selectivo en el comercio entre la isla y la superpotencia. No obstante ello, todos los años miles de millones de dólares llegan desde los cubanos que residen en EE. UU. a sus familiares en Cuba, lo que conforma junto al turismo la principal fuente de ingresos del régimen comunista. Cabe imaginar a Marx tratando de entender que un gobierno que se dice afín a su ideario tiene esas dos formas de sobrevivir.

A todo ello se ha sumado una creciente dolarización de la economía y la apertura de tiendas y comercios especiales para que los sectores económicos más acomodados de Cuba compren productos extranjeros usando moneda americana. Basta con estar unas horas en cualquier gran aeropuerto de los EE. UU., en especial los de Miami, Orlando y Dallas, para ver un flujo constante de aviones de pasajeros hacia y desde Cuba. Comparado con la actual conectividad aérea Argentina con el mundo, la isla podría ser vista como la envidia de las empresas aéreas que operan en nuestro país. Todo poco compatible con el cliché de usar, por picardía política y/o ignorancia, la palabra bloqueo. Pero aún así, supongamos que el día de mañana Washington cortase la autorización para ese turismo, remesas y medicamentos. Nos encontraríamos con una isla que puede comerciar con el 80 por ciento del resto del PBI mundial. La totalidad de América Latina, Canadá, la Unión Europea, India, Japón, Australia, Reino Unido, el Medio Oriente, África y, desde ya, Rusia y China.

Luego de 62 años de régimen castrista, ¿sus líderes no pueden montar una economía pujante y sana comerciando libremente con esos más de tres cuartos de la riqueza mundial? Por esas paradojas discursivas que buscan acomodar la realidad a los relatos y no a la inversa, el atribuir a Washington la clave para explicar todos los problemas en Cuba no hace más que transmitir una imagen de unos EE. UU. omnipotentes, en donde la poderosa China, que el propio régimen cubano y sus aliados regionales dicen admirar profundamente y asignan una segura victoria final en la puja hegemónica con el país norteamericano, parece reducida a un actor marginal de la política internacional.

En otras palabras, mientras en el mundo académico y empresarial a nivel mundial ya nadie duda en hablar de una bipolaridad global encarnada por Washington y Beijing, el gobierno cubano y sus adláteres nos siguen tratando de explicar que el mundo es unipolar y con epicentro en la Casa Blanca y Wall Street. Ni el más ferviente nacionalista estadounidense podría pedir más. Y si se trata de pedir, sería importante que Cuba pague la deuda de varios billones de dólares que tiene con la Argentina desde 1973. Cuánta justicia social se podría hacer en un país con la mitad de su población bajo la línea de la pobreza como el nuestro. Más aún cuando, según nos dicen los partidarios del régimen cubano, la pobreza y la marginalidad no existe más en la isla.

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