Será feroz (capítulo I)

Con la tormenta de frente y navegando en pobres balsas de madera

Será feroz (capítulo I)
Será feroz (capítulo I)

En estos tiempos de miniseries en Netflix o HBO Max, de los audios de WhatsApp que se aceleran, de los emojis que reemplazan y suplen nuestras carencias de expresión y léxico, vengo a pensar y escribir una saga de unos pocos capítulos donde intentaré, desde mi humilde perspectiva, contar la sociedad a la que nos enfrentamos. Es obligatorio tomar un poco de distancia de los filibusteros del “Jardín de las Boberías”, de los decrépitos chapuceros y de los oscuros piratas que navegan por sus delicados despachos, ya que el poder de abstracción es lo que nos puede ayudar a encontrar un poco de luz dentro de la penumbra en la que estamos enterrados. Quien logró atravesar golpes militares, golpes inflacionarios, golpes al bolsillo y golpes a las ideas debe ser considerado un gallardo sobreviviente en estas tierras. Si le sirve al lector, siempre he tratado de centrar mi vida en rededor de lo que yo mismo podía hacer, modificar y crear y no tanto luchar contra el “afuera” o lo “muy lejano”. No tuve la capacidad de construir grandes emprendimientos que transformaran mundos. Los soñé, pero no supe y no pude concretarlos. Un admirado profesor de mi universidad, el Dr. Néstor Daneri (QEPD) me enseñó, hace algo así como 40/50 años, la diferencia entre “variables exógenas”, las que yo no puedo manejar, y las “variables endógenas”, aquellas que dependen exclusivamente de mi quehacer. Decididamente opté trabajar sobre estas últimas como plan de crecimiento. Si bien siempre creí en el “efecto mariposa” (dice la teoría del caos que algo tan ínfimo como el aleteo de una de ellas puede causar un huracán en la otra punta del mundo), me di cuenta de que mi vida sería demasiado corta como para poder provocar tamañas revoluciones.

Los formados bajo los libros de Administración post Segunda Guerra Mundial (McCarthy, Levitt, Kotler, Drucker) debemos aceptar que estamos ante el fin de un tiempo. El marketing, los medios y la forma de comunicar, aunque se discutan matices, fueron medianamente iguales desde 1950 hasta no hace muchos años. Seguramente los nacidos en los últimos 20 o 30 años deben estar convencidos de que el mundo siempre ha sido así. Pues no. El capitalismo (el cual debiéramos abrazar con furor para poder insertarnos en el mundo) está sentado sobre las bases de una economía mundial de gran escala, que necesita producir siete por veinticuatro, los 365 días del año, determinados productos o servicios para poder distribuirlos luego a escala universal. Es así que los medios de comunicación (la llamada mass media) siempre trataron y tratan de acompañar esos procesos y arduamente lucha para seguir a las marcas en sus viajes alrededor del planeta. No entender esta transformación exógena es haberse quedado en el fondo de la cueva. Pensar que podemos construir escala de conocimientos, inteligencias y valores diferenciales partiendo de visiones de “pago chico” es condenarnos a la pobreza. Si Ud. no tiene escala o no se diferencia con alguna ventaja competitiva, busque su nicho, encuentre su divergencia. Y si encuentra ese espacio, desde él trate nuevamente de escalar fuera de su región. Pensar en “local” y actuar en “local” es condenarse al fracaso. Cerrar la economía de un país es el primer paso al entierro. La moneda fuerte desplaza a la moneda débil y no tengo que ser el Dr. Paul Samuelson para darme cuenta de esto.

Esta defensa de la libertad, de la expansión del intelecto y del flujo de capitales queda demostrada palmariamente en que las actuales siete marcas más valuadas del mundo no solo no apelaron a la mass media tradicional sino que tampoco estaban en ese lugar entre los años 1990 al 2000. Todo fue una estampida desde el inicio del nuevo siglo a hoy. Cuando fundo mi empresa allá por 1987 estaba bajo el influjo enorme de Tom Peters, Jack Trout, Al Ries, mi querido Alberto Levy, algunas secuelas de David Ogilvy y por supuesto las Biblias de Alvin Toffler y Nicholas Negroponte. En ese momento, jamás imaginé los cambios que enfrentaría. De la nada aparecieron shoppings, home bankings, estaciones de servicio con bares, delivery, internet, emails, celulares, nuevos medios de comunicación, la TV abierta en picada y la TV paga estallando. Y mientras el corso y la rueda sigue girando, pensar que nada pasará en el futuro es ser un bodoque encorsetado bajo siete llaves.

Hoy, al estar ya trasladando la empresa a mi hijo, me doy cuenta de que esos dogmas adquiridos solo me sirven como analogías para ayudarme a entender un poco el presente e intentar predecir el futuro. Es verdad que el esfuerzo rindió frutos, pero mucho más frutos rindió el estudio constante y, sobre todo, aceptar errores y luego enmendarlos. Allá los mentecatos que no aceptan los cambios o peor aún los que piensan que el futuro será una mera traslación del presente. Mil veces debimos cambiar y mil veces tendremos que cambiar. Esto es salvaje. Es la jungla en su esplendor. Ya no tengo que estudiar sobre esos cambios de los noventa pues esos cambios ya ocurrieron, “entraron en mi pasado, en el pasado de mi vida”. Ahora es el momento de tirarse de cabeza en desarrollos de software, inteligencia artificial, machine learning y buscar denodadamente cómo podemos exportar conocimientos al mundo, por encima de las trabas que los burócratas medievales nos imponen.

Debo confesar que por momentos me siento superado por todo esto, no entender las fusiones de escala mundial, el juego China-USA en beneficios de ambos, no comprender del todo a los jóvenes, correr para que mis hijos no me saquen ventajas con las aplicaciones tecnológicas de turno y, sobre todo y más que todo, tratar de no pedir ayuda en manejar un control remoto de un SmarTV o en cómo resetear mi computadora. Reconocer la propia ignorancia e incapacidad es un primer paso maravilloso. Siempre los soberbios se agrupan con los necios. En cambio, los ignorantes aún pueden contar con la maravillosa posibilidad de aprender. Sublime. Estamos en la era de los algoritmos. Decimos que tenemos miles de amigos, cuando en realidad a nadie llamamos y solo nos contentamos con dejar un audio, para que luego el destinatario lo escuche a velocidad 1,5. El “te quiero mucho” fue superado por el “TKM”, casi una marca de un disco rígido. Grabamos mensajes para escucharnos a nosotros mismos. Es la era de la selfie visual y auditiva. Es la era del onanismo en su esplendor.

Muchas veces me pregunté si los actuales tecnócratas no han advertido que la esencia del ser humano no cambió en miles de años. Buscamos la trascendencia, a la vez que intentamos dejar pequeñas marcas en el mundo. Seguramente sea nuestra forma de responder y escapar a la inexorabilidad de la muerte. Serán triunfadores aquellos que tengan la capacidad de despedir este “fin de los tiempos” y que a la vez posean la virtud de no dar por ciertos los axiomas de los últimos cincuenta años. Hacer carne a Sócrates con el “solo sé que no sé nada” ya será una batalla ganada. No se deje engañar. Será feroz. Pero Ud. también deberá ser feroz.

Continuará…

Tributo al Dr. Néstor Daneri (QEPD)


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