¿Conviene cambiar de equipo económico?

La respuesta no es sencilla. Dada la incertidumbre que rodea el cambio, se requiere una seria evaluación, buen instinto, mucha suerte y un grado no despreciable de valentía

Los ministros de Economía y Desarrollo Productivo, Martín Guzmán y Matías Kulfas

El gobierno no ha podido resolver el tema de la elevada inflación y la falta de empleo, principales preocupaciones económicas de la población, ni tampoco generar expectativas positivas a futuro, disparando de esta forma la pregunta de si conviene hacer un cambio de equipo económico.

La respuesta depende de muchos factores, como el contexto local e internacional, tanto político, como social y económico, la fortaleza y cohesión del gobierno, los tiempos políticos, entre otros. Es lógico que los presidentes duden sobre qué conviene hacer, ya que nadie sabe a priori si la medicina curará o empeorará la salud del paciente. Analicemos esta cuestión a partir de frases populares.

“Hay que bancar la parada”. Si bien el presidente puede decidir sostener al ministro por motivos políticos o emocionales, persistir en un plan desacertado puede hundir su gobierno. Enamorarse de un ministro o de una política económica no es un buen consejo, sobre todo en escenarios de crisis y creciente descontento.

“Hay que darle tiempo”. Es normal que se requiera unos trimestres para que un paquete de medidas dé frutos. Sin embargo, si en ese tiempo no se logran metas concretas, se debe evaluar cambios en el programa, con ese u otro equipo.

“Las encuestas se equivocan”. A pesar de su descrédito, cuando las encuestas dan los mismos resultados recurrentemente, deberían tomarse en cuenta, al menos, para conocer si hay un clima favorable a un cambio de equipo y política económica.

“No se cambia caballo a mitad del río”. Los tiempos políticos son fundamentales. Pocas veces un presidente cambia de ministro en un año electoral porque, a corto plazo, los costos pueden superar a los beneficios. Tampoco se le recomienda hacerlo al final de su mandato si no conserva el poder suficiente para sostener la credibilidad del nuevo equipo.

El presidente Alberto Fernández y el gabinete económico

Los expertos coinciden con el ministro”. Nunca hay un consenso total sobre lo que realiza un ministro y su equipo, y esto se debe a varios factores. Primero, porque, aun cuando se coincida en el diagnóstico siempre hay soluciones alternativas. Segundo, porque los analistas no tienen por qué “bancar la parada”. Tercero, porque cuando los funcionarios se enamoran de sus enfoques o políticas son reacios a cambiarlas; entonces, éstas tienden a perder el consenso logrado en su momento por considerarse fallidas, agotadas o ser viejas soluciones a nuevos problemas.

“Si este equipo no pudo, nadie lo logrará”. Las sentencias dramáticas pueden servir para el desahogo del presidente, pero no ayudan en la práctica política. Cuando el país dispone de un amplio espectro de especialistas, es posible realizar un cambio, aunque debe asegurarse que el nuevo equipo sea superior en los aspectos técnicos y políticos, y que despierten un alto nivel de confianza pública a corto plazo.

“El mundo se nos vino encima”. Esto se puede confirmar o refutar con estadísticas públicas. Si los datos lo refutan y el presidente cree que el problema no es suyo, el país está en problemas. Si es sólo discursivo, ofrecer al público una ficción puede ayudar hasta que el equipo económico le encuentre la vuelta al asunto.

Finalmente, y aunque no aplica al caso actual, “equipo que gana no se toca”. Parece lógico, pero no lo es. Cada situación política y económica requiere perfiles diferentes de equipo. Acabar con la inflación no es lo mismo que salir de un default o generar las condiciones para crear miles de empleos, y no todos reúnen en sí las cualidades para tan diversos objetivos.

En conclusión, la decisión no es nada fácil. Los hechos sugieren que los presidentes tienden a mantener sus ministros más allá de lo recomendable. Esto ocurre porque, dada la incertidumbre que rodea el cambio, se requiere una seria evaluación, buen instinto, mucha suerte y un grado no despreciable de valentía ya que, al fin y al cabo, es él el que paga el costo político de la decisión, aun cuando los económicos los padezca toda la sociedad.

El autor es director del Instituto de Investigación de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad del Salvador (USAL)

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