Argentina y la retórica del escorpión: vacunas por votos y aumento de dietas

Si gobernar en tiempos de pandemia es caminar sobre un terremoto, ser gobernado es caminar en arenas movedizas donde no sabemos si nos hundiremos al próximo paso

Alberto Fernández y Cristina Kirchner
Alberto Fernández y Cristina Kirchner

La pandemia es una situación límite que expone al mismo tiempo todos los males de nuestra sociedad. No por conocida, deja de ser útil la fábula del escorpión y la rana: un escorpión le pidió a una rana que lo cargue para cruzar el río. La rana, desconfiada, le preguntó cómo podía estar segura que no la iba a picar. El escorpión le respondió: “Porque haría que ambos nos ahogáramos”. La rana aceptó; y a la mitad del río el escorpión la picó. Sorprendida, la rana le preguntó por qué lo había hecho, si los dos iban a morir. El escorpión respondió: “Es mi naturaleza”. Moraleja: no te engañes con alguien creyendo que es o puede ser igual a tí; hay quienes sacarán su maldad sin importar las consecuencias. La fábula evidencia, al mismo tiempo, que para ciertos grupos de personas la ambición es tan desmedida que no tienen empacho en destruir las propias circunstancias que los mantienen a flote.

La naturaleza del escorpión, que no puede dejar de lado su esencia aunque en ello se le vaya la vida, es un paradigma del momento histórico que estamos viviendo en un año bisagra donde, en las elecciones legislativas que se aproximan, nuestra sociedad deberá elegir entre consolidar un modelo populista de autocracia o una república. Dependerá de los votantes el futuro de la nación, muchos de los cuales padecen de una amnesia severa, olvidando los males del pasado que nos han colocado en el lugar que hoy estamos como nación: en el fondo del pozo. Es en este punto donde adquiere importancia la retórica del escorpión, que, por su propia naturaleza, nos termina picando hasta morir una vez más en un fracaso tras otro.

La retórica del escorpión es lo que hace que las vacunas Rusas y China llegarán tarde, pero antes que las provenientes de los países de occidente, como si las cuestiones geopolíticas fueran más importantes que las vidas que quedaron en el camino, a la vez que el uso político de la vacuna es hoy una realidad tan concreta y palpable como imperdonable. El propio titular del Ejecutivo en una de sus tantas apariciones públicas fue ganado por su subconsciente al mencionar “campaña” en lugar de “pandemia”. En el medio de las incertidumbres existenciales con las que nos toca convivir, una de las pocas certezas que tenemos es que para nuestros gobernantes la campaña electoral está hoy antes que la pandemia. El subconsciente habla por sí solo.

La retórica del escorpión al mismo tiempo exhibe como los “congresistas” se aumentan sus propias dietas en un 40%, contradiciendo en un solo acto tanto las propias metas inflacionarias del gobierno, como la ética ciudadana donde se le exigen cada vez más sacrificios a la población, pero a la hora de cuidar sus propios bolsillos, se ocupan de sostener sus beneficios y privilegios. Una actitud propia del escorpión que solo genera rechazo en la población que es gobernada por sujetos que ni siquiera tienen el buen tino de dar el ejemplo. Es fácil pedir el sacrificio ajeno sin hacer el propio.

Firma de la paritaria de los trabajadores del Congreso
Firma de la paritaria de los trabajadores del Congreso

El escorpión también sabe sacarle punta al lápiz. El gobierno de la provincia de Buenos Aires engrosó su padrón de extranjeros habilitados para votar este año sumando 820.530 votantes del conurbano bonaerense, que cuentan con la residencia permanente y podrán votar. A la vez que el gobierno nacional derogó por medio del decreto 189/2021 el Decreto N° 45/2019 (de la gestión de Macri), el cual permitía a los ciudadanos argentinos que residían en otros países inscribirse en un registro online que los habilitaba a votar por correo, en lugar de tener que ir hasta la sede diplomática más próxima. La finalidad electoralista de este tipo de medidas es clara, donde se presume de antemano que cierto tipo de votantes serán afines al oficialismo se los incorpora al podrán electoral, en cambio donde estadísticamente la coalición gobernante saca menos votos se dificulta el acceso a las urnas. Cada voto cuenta y lo están haciendo notar.

La democracia, en la forma que la hemos conocido, está de mudanza, guardada en un camión con destino incierto, que solo lo conoceremos con los resultados de los próximos comicios. Los discursos de la política, vacía de contenido, no logran interpretar el sentir de la ciudadanía. Las idas y vueltas de la clase dirigente, en el país del futuro mejor que nunca llega, exhiben la desconexión entre los gobernantes y sus gobernados. Continuamos navegando en el mar de la incertidumbre, la extensión del aislamiento social sumado a las marchas y contramarchas constantes de la dirigencia política, nos impone convivir con un contexto donde la vuelta a la normalidad ya no es una opción, porque la normalidad argentina fue ir de crisis en crisis. El estado de calamidad actual de la economía, con miles de pobres que pasan a engrosar a diario las estadísticas de la “miseria”, es un camino imposible de seguir transitando.

Las comparaciones siempre son odiosas, pero en ciertos momentos sirven para acercarse a la realidad desde otro lugar. Estamos como estamos, penando, mientras, por ejemplo en el Estado de la Florida (EEUU) esta semana se dio por “finalizada” la emergencia por Covid-19. Es muy simple el acceso a la vacuna, sin costo alguno, a la vez que los contagios han disminuido sensiblemente. Los comercios y shopping están todos abiertos, al igual que la gastronomía y la hotelería. Las personas van y vienen sin limitación alguna y por cierto los “controles” en los accesos a la cuidad no existen. En el aeropuerto instalaron un vacunatorio para inocular a todo aquel que se acerque, sin justificar nada más que sus ganas de poner el hombro. Lamentablemente en nuestra aldea pobre la realidad es bien distinta, quizás, porque la política también se comporta diferente y los votantes solemos olvidar los errores del pasado, a cambio de promesas que sabemos no se cumplirán.

El caos actual ha desencadenado en la sociedad una importante sensación de indignación y reproche por la mala administración de la catástrofe sanitaria. Ni bien se analizan las estadísticas mundiales, los resultados que hemos tenido se encuentran entre los peores del mundo. Los datos son los datos y discutirlos desde el relato o el desagrado no hace que cambien o mejoren. Tuvimos una cuarentena extremadamente dura y larga. Los resultados, pasado un año son pésimos, los datos duros mandan. Hoy estamos peor que en junio de 2020 con más muertos, más contagiados, más miseria, agotamiento de la población, la economía destrozada, el sistema de salud colapsado. A juzgar por los resultados en vez de aumentar las dietas un 40 por ciento deberían devolver todo lo cobrado en el último año y medio, tras el fracaso rotundo de la gestión pandémica.

Un médico revisa pacientes covid-19 en la Unidad de Terapia Intensiva, en un Hospital de la Provincia de Buenos Aires
Un médico revisa pacientes covid-19 en la Unidad de Terapia Intensiva, en un Hospital de la Provincia de Buenos Aires

No todo el desorden actual es a consecuencia de la pandemia bajo cuyo paraguas se pretende justificar los desaciertos. Mientras algunos dan por finalizada la emergencia sanitaria, nosotros seguimos luchando como Don Quijote contra los molinos de viento. En esas diferencias la responsabilidad es de la clase dirigente, de sus errores, impericias y falta de capacidad en la gestión de lo público. Llegamos a la catástrofe sanitaria, luego de varias décadas de caída sostenida en relatos populistas que -salvo por pequeños intervalos que también fracasaron- nos arrastraron cada vez más a un formato de sociedad distópica, que solo puede vivir de unos pocos que pagan impuesto para sostener un inflamado gasto público que no para de crecer.

Nadie en sus cabales puede negar el estado calamitoso de nuestra economía. Y mucho menos desconocer los niveles pornográficos de pobreza, pareciera que la niña M ya quedó en el cajón de los recuerdos, cuando en realidad cada día se suman más criaturas en situación de calle. Solo un relato basado en la retórica del escorpión nos podría llevar a la incredulidad de pensar que la funcionalidad de nuestra nación ha sido efectiva. La entropía endémica en la que vivimos, donde los políticos tienen la responsabilidad de gobernar y son los que toman las decisiones que luego nos llevan al fondo del abismo, pareciera quedar de lado en tiempos electorales, donde los votantes nos olvidamos de todos los males que nos infringieron, ya sea por torpeza o por codicia, para abrazar las promesas de un mañana mejor que se ve frustrado por la realidad de un presente peor.

Si para el presidente gobernar en tiempos de pandemia es como caminar sobre un terremoto, para los gobernados vivir en tiempos de pandemia es como caminar sobre arenas movedizas, donde la incertidumbre de no saber cuál será el próximo paso que nos tragará de la faz de la tierra hace que los miedos existenciales, que a la vez son una herramienta para gobernar, terminan siendo funcionales a la retórica del escorpión, que siempre nos terminará picando. En ese contexto la clase dirigente se maneja como si estuviera aislada, ajena al contexto social, ya que las decisiones que ellos toman no significa que deban convivir con sus consecuencias. Para el gastronómico cerrar por “X” días es una tragedia en sí misma, para el gobernante es solo una decisión más que debe tomar. Son mundos diferentes. Mientras unos no tienen trabajo, los legisladores se aumentan un 40% sus dietas. Hipocresías propias del escorpión que nos miente, nos pica y nos vuele a matar.

Los votantes argentinos hemos muerto y resucitado varias veces en nuestras vidas. A la hora de las urnas vuelven las promesas de un futuro mejor amplificando de manera exponencial la retórica del escorpión, que ni bien se terminan de contar los votos, nos vuelve a matar. La dirigencia política debe entender de una vez por todas, que su trabajo no es pedir más y más esfuerzos a la población, más distanciamiento, más cierres, más controles de tránsito para hacer invivible el día a día. Su trabajo es hacer más simple la vida de los gobernados a partir de los consensos, generar las condiciones políticas para tener un país vivible, bien administrado, económicamente sustentable, inclusivo, donde el corrupto vaya preso y la Justicia pueda hacer su trabajo, donde pase todo lo que tenga que pasar para tener de una buena vez por todas un futuro mejor que alguna vez llegue.

La gabela a los ricos es un típico paradigma de la retórica del escorpión, donde un impuesto propio de la épica del relato populista es al mismo tiempo desperdiciado por una mala gestión de lo público: un importe similar a lo recaudado es el que se deberá enfrentar para cubrir los intereses de la deuda con el Club de París que venció en estos días, a la vez que los “ricos” dejan de pagar impuestos a consecuencia de su cambio de domicilio fiscal al exterior. Maltratamos y espantamos a los que tenemos que cuidar. Con las empresas y el campo sucede lo mismo. No las atraemos, seguimos “combatiendo al capital” con prácticas sindicales que son propias de las mafias y leyes laborales que más que cuidar al dador de trabajo lo castigan, más una “montaña” de impuestos inviables. Podemos discutir desde el respeto de las ideas diferentes si un modelo es mejor o peor que otro, pero lo que no podemos seguir haciendo es negar las consecuencias de las decisiones que toma la política, que son desastrosas y no se hacen cargo, pero si se ocupan de aumentar sus dietas.

El colapso social es una consecuencia de las decisiones de la clase dirigente, de su fracaso en la conducción de un país que necesita líderes, estadistas con pensamiento de futuro y no con sed de lavar el pasado. El estropicio que es nuestra nación, no es producto del gobierno actual -más allá de su indudable contribución-, sino de la sumatoria de todos desde la recuperación de la democracia hasta la fecha, ya que siempre hemos estado “peor que antes”. Nuestra nación, como muchas otras, se ha demostrado impotente para enfrentar un virus de conducta impredecible que no para de hacer desastres. El virus nos enseñó que nadie se salva solo, que no importa la clase social, ni la casta de gobernante o plebe, afecta a todos por igual, resultando igualitario en su contagio y catastrófico en sus efectos. Hoy más que nunca es necesario repensar nuestra sociedad. La política tiene el deber y la obligación de volver a ganarse el respeto de la ciudadanía, lo que por cierto no hará aumentando sus dietas un 40% a la vez que le sigue pidiendo sacrificios a los gobernados y aumentando los impuestos en lugar de bajarlos.

Pensar un modelo de país es una tarea hoy imperativa. El pasado ya fracasó, no volvamos a repetirlo en el futuro que se aproxima. Mientras en los países del primer mundo se han generado ya las condiciones para salir de la pandemia, se avanza con paso firme en la reapertura de todas las actividades, a la vez que no cesan en vacunar a su población, en nuestra aldea pobre seguimos discutiendo las fórmulas que ya fracasaron en el pasado para aplicarlas al futuro, en una especie de suicidio colectivo. Ni pronto ni tarde. Es ahora el momento de dar un paso adelante en la ruta de salida del abismo.

La sociedad argentina se encuentra agotada. Llegamos a un punto donde la “peste” arrastró como la inundación todas nuestras miserias, para exponerlas juntas. Habrá sin dudas un antes y un después del Covid, pero lo que está en juego es si ese “después” será peor o igual al pasado, o si podremos finalmente generar como sociedad un futuro mejor. El encierro prolongado, la falta de trabajo, la economía en picada, son factores muy complejos de sostener en una inmensa mayoría de familias argentinas. Frente a ese oscuro panorama, para muchos, no queda otra alternativa que arriesgarse y salir a trabajar, más allá de los riesgos de contagio, la falta de camas UTI, y el abastecimiento de las vacunas que no termina de normalizarse en cantidades suficientes para todas y todos, y no solo para los entenados del gobierno. Poner a un sector importante de la población en semejante dilema, además de inmoral es imperdonable.

Tanto la niña “M”, como la desgarradora imagen de Lara Arreguiz en el piso del Hospital Iturraspe de Santa Fe son fotos del fracaso que no debemos olvidar, lamentablemente hay muchas más. En palabras Manuel Belgrano: “Me hierve la sangre al observar tanto obstáculo, tantas dificultades que se vencerían rápidamente si hubiera un poco de interés por la patria”.

SEGUIR LEYENDO: