La noche en la que nos hicimos sabios

En el breve lapso de estos eternos meses, el mundo entero cambió de manera dramática y nosotros en él

Un hombre revisa su celular frente a locales comerciales cerrados este miércoles, en Buenos Aires (Argentina). EFE/ Juan Ignacio Roncoroni
Un hombre revisa su celular frente a locales comerciales cerrados este miércoles, en Buenos Aires (Argentina). EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

En la Mishná y el Talmud, cada vez que aparece la frase “Bo baiom”, que significa “en ese día”, todos dan por descontado a qué día se refiere el texto, aunque éste no lo especifique. La historia de “ese día” comienza con la fascinante historia del Rabí Elazar ben Azariá.

Rabí Elazar vivió alrededor del año 100 de esta era. Había sido testigo en su infancia de la destrucción de Jerusalén y el Gran Templo en manos de los romanos. Junto a su familia se había instalado en la ciudad de Iavne al oeste de Jerusalén, ciudad en la que Vespasiano permitió a un grupo de Rabíes, refugiarse y sobrevivir al exilio judío. Fue allí donde nacería la inmensa obra del Talmud.

Rabi Elazar fue contemporáneo y colega de grandes maestros como Rabí Ishmael, Rabí Tarfón y Rabí Akiba. Pero su tiempo estuvo atravesado por las pérdidas, el exilio, la distancia, una dramática plaga y un mundo de prohibiciones y privaciones. En medio del tormentoso y crítico momento que atravesaba su comunidad, es llamado a liderarla. Dos hombres llegaron hasta su casa a proponérselo. Tenía apenas 18 años. Enmudeció, tembló por dentro y pidió esa noche para conversar con su esposa (Talmud, Tratado de Berajot 28a).

Su juventud y falta de experiencia le decían que era imposible. Que no podría con esa carga. Su esposa sólo lo miraba con ternura. Le preguntó si acaso le atemorizaba el mañana. Él abrió los ojos y le dijo: “Hay que permitirse usar una copa cara un día, por más que mañana se rompa”. No se podía permitir dejar pasar esa hora, sólo pensando en lo que traería el después. Ella le dijo que quizá tenía miedo porque era demasiado joven. Esa noche durmieron en un abrazo que los hizo uno. A la mañana siguiente él tenía canas en su barba. Con esos mechones blancos, algo extraordinario le sucedió. Alcanzó a conocer cosas que nunca antes había visto. En una sola noche adquirió la sabiduría de toda una vida. Entonces, sonrió y dijo: “Ahora soy como un hombre de 70 años”.

En este último tiempo, exiliados de nuestra antigua normalidad, rodeados de tanta pérdida, de tanta privación, a la distancia de los que amamos y esperando en la incertidumbre de la siguiente prohibición, la sensación es que, al igual que Rabi Elazar ben Azariá, también nosotros crecimos muchos años en el breve lapso de estos eternos meses.

El mundo entero cambió de manera dramática y nosotros en él. El resultado de esta larga noche de pandemia y cuarentenas no modificó solamente rutinas. Cambió la forma de enfrentar nuestros miedos, de creer en lo que tenemos, de valorar lo imprescindible, de extrañar lo obvio y de apostar por lo que perdura.

Descubrimos cuánto tiempo, dinero y estrés invertíamos en tantas cosas, para entender que teníamos invertido el valor de tantas otras. De pronto crecimos. En canas de sabiduría.

Rabí Elazar solía decir: “Si no hay harina, no hay Torá. Y si no hay Torá, no hay harina” (Avot 3:17). Entendimos junto a él que lo prioritario era satisfacer las necesidades materiales de aquellos que nos necesitan. Que fuimos imprescindibles esta noche para eso. Y que, en la entrega de cada plato de comida al hermano que lo perdió todo, alcanzábamos nuestras máximas aspiraciones espirituales.

En esta larga noche, que aún no termina, aprendimos a ver el alcance que tiene la tecnología, tanto para conectarnos como para desconectarnos. Aprendimos acerca de la confianza, la seguridad, la mentira, el engaño, la espera, la paciencia, la solidaridad y la gratitud. Pudimos comenzar a vislumbrar qué tipo de comunidad, de sociedad y de país quisiéramos tener, ahora que tenemos más canas. En esta noche descubrimos las miserias más bajas y los altruismos más elevados.

En esta larga noche, que aún no termina, aprendimos a no dar nunca más por sentado la bendición de la salud del cuerpo y el milagro de cada mañana en el alma que despierta. Aprendimos a revaluar qué lugar le dábamos a lo simple, a disfrutar de cada rincón de la casa, a encontrar momentos para el estudio e instantes sagrados para la espiritualidad. Aprendimos con qué facilidad una amistad o un vínculo se fortalece o desaparece. Aprendimos, como Rabi Elazar, a no dejar pasar una copa de buen vino, a no postergar los instantes de magia, de sorpresa, de belleza, de inspiración. Esos que se hacen eternos. Aprendimos, al fin, a extrañar el beso y el abrazo fuerte a nuestros viejos. A salir a tomar un café a la hora que sea con un amigo, o a viajar y sólo ver el mar en silencio, con un amor.

Amigos queridos amigos todos.

El “Bo baiom”, ese famoso día, fue el día en que Rabí Elazar asumió el liderazgo de su comunidad. El día en que terminó aquella noche. Sabio y lleno de la juventud que entregan las canas, “Bo baiom”, ese mismo día abrió las puertas de la Casa de Estudio para todos. Hasta ese momento el paso estaba restringido sólo a los sabios. Ese día fue el día en que Rabí Elazar nos legó el lugar prioritario que tiene, antes que nada, la educación. Porque todos pueden alcanzar la sabiduría.

Pronto va a llegar ese día para nosotros. Cuando esta larga noche termine. Ese día estaremos a prueba. Para agradecer el abrazo que nos contuvo durante toda la noche. Mirarnos al espejo del alma y asumir cuán sabios finalmente nos vemos. Ver nuestras canas de sabiduría y entonces tener el poder, a partir de ese día, de liderar el proyecto más ambicioso y difícil de liderar. El de nuestras propias vidas.

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