Viraje hacia el precipicio

Con una concepción ideológica del siglo pasado, el Gobierno se alinea con la dictadura de Maduro, se distancia de nuestros vecinos y envía señales contradictorias a Washington y Beijing

Cristina Kirchner y Alberto Fernández
Cristina Kirchner y Alberto Fernández

La pendularidad es lo contrario a la continuidad. Con Carlos Menem, hicimos 10 años de apertura y alineamiento con los Estados Unidos. Luego vinieron 12 años de kirchnerismo donde lanzamos lo “Nac&Pop” con un revival tardío de los años 70. Llegamos al 2015, y quisimos revertir este enfoque, buscando volver a Occidente, reconociendo que habíamos cambiado de siglo, que no había más Guerra Fría y que podíamos practicar un multilateralismo sin necesidad de alineamientos ni ideologismos sectarios.

El nuevo siglo XXI nos desafiaba con una negociación muy caliente entre dos socios muy estrechos -China y Estados Unidos- que venían desde las antípodas pero que confluyen en un nuevo escenario compartido desde la cumbre del poder mundial. Una aventura que todos tenemos que transitar, sin líderes que nos orienten y con un mundo globalizado e intercomunicado en tiempo real, más propicio para los populismos cortoplacistas y los especuladores financieros que para enfrentar los desafíos que quedaban pendientes y sin resolver desde el fin del siglo XX: la pobreza extrema y el cambio climático.

Como si todo esto fuera poco, parimos el peligro del terrorismo internacional que irrumpió en el primer año del nuevo siglo -las torres gemelas de Nueva York- y cuyo ensayo general ocurriera en Buenos Aires en 1992 y 1994, con los peores atentados terroristas ocurridos en el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Ya veníamos suficientemente mareados y nos llegó de Wuhan, China, una pandemia que mató en un año a 3.5 millones de personas en el mundo y 75.000 en Argentina.

En este cuadro de situación tan complejo, se hundió la experiencia liberal-republicana que expresaba Juntos por el Cambio y volvimos (“back to the future”) a una concepción ideológica del siglo pasado.

Pero lo peor estaba por venir. Entramos en franca crisis institucional -un gobierno donde la instancia superior de las decisiones recae en la Vicepresidenta- sumergidos en la pandemia y con quebranto absoluto de la economía interna y default de la externa.

La pura razón indica la conveniencia -y la necesidad- de un gobierno de unidad nacional con dos prioridades: la pandemia y la crisis económica.

Se hace todo lo contrario. Y para que no le quepa ninguna duda a nuestros amigos en todo el mundo, nos alineamos con la dictadura venezolana, nos distanciamos de nuestros socios y vecinos -Chile, Brasil, Paraguay y Uruguay-, congelamos la negociación con la Unión Europea y damos las señales más confusas y contradictorias a Washington y Beijing.

Por si todo esto fuera poco, no fuimos capaces de condenar a Hamas como grupo terrorista y le dimos la espalda a nuestro socio Israel. Mientras tanto, nuestros vecinos interactuar exitosamente con el mundo y nos miran perplejos y preocupados.

Hemos dejado de pendular, ahora, sencillamente, vamos rumbo al vacío.

La historia de las naciones tiene este tipo de episodios. La gran nación Argentina sobrevivirá a toda esta locura y el “sol del 25” va volver a asomar e iluminará un futuro que, con seguridad, será mejor.

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