El mundo podrá estar al revés, pero nada es para siempre

El ensayista inglés William Hazlitt escribió: “Me gustaría emplear toda mi vida en viajar, si alguien me pudiera prestar una segunda vida para pasarla en mi casa”

El sistema antimisiles Iron Dome de Israel intercepta cohetes lanzados desde la Franja de Gaza, visto desde Ashkelon, Israel
El sistema antimisiles Iron Dome de Israel intercepta cohetes lanzados desde la Franja de Gaza, visto desde Ashkelon, Israel

Esta semana tuve dos viajes. De esos que no tienen nada que ver uno con otro. Viajé desde el living de casa. Sin embargo, ambos viajes me generaron emociones diversas, contrapuestas. Hay viajes de los que aprendemos y otros que nos llenan de preguntas. Viajes que incluyen tickets a algún pasado y otros que nos muestran el mañana. Hay viajes que nos llenan el alma y otros que no quisiéramos emprender jamás. Viajes que disfrutamos tanto de hacerlos con los nuestros, y viajes que nos arrancan ilusiones y seres que amamos. Viajes que elegimos y viajes que no elegimos.

Los dos viajes fueron al mismo lugar. El primero fue en una actividad a la que me invitaron a comentar un recorrido por Jerusalén a través de un Zoom junto a un guía local amigo. Muchísimas las pantallas nos acompañaron en la caminata por las estrechas calles de la Ciudad Vieja. El paseo mostraba el esplendor del barrio judío totalmente reconstruido, una ciudad que enlaza los milenios de sus paredes con un estado hiper tecnológico y moderno. La fragancia de los locales con los tradicionales shawarmas y falafel traspasaba los kilómetros y las pantallas, inundando el living de casa. Al llegar al Muro de los Lamentos la pantalla mostraba cientos de rostros detrás de cada dispositivo que se había conectado y sumado al viaje, completamente emocionados. El guía dejó por todos nosotros un papelito en el Muro con el deseo de salud y de paz para todos los pueblos. A lo lejos de pronto se escuchó el quejido de un Shofar, y las lágrimas hablaban de emociones que nos llevaban a todos los tiempos.

Apenas 48 horas después volví a viajar al mismo lugar, otra vez por Zoom para cientos de pantallas. Pero la nueva propuesta ya no era un recorrido por la belleza de las calles de Jerusalén en una mañana soleada. Era en el departamento de Idó, otro gran amigo, en la oscuridad de la madrugada de un Israel iluminado sólo por misiles asesinos. Nos conectamos para que nos contara cómo se viven estas horas de tanto dramatismo. En medio de su relato en voz baja y tenue, de pronto comenzamos a escuchar de fondo la sirena de alarma. Un misil cruzaba el cielo de la familia de Idó, y su recorrido de terror llegaba hasta nuestras casas. Idó salió corriendo de la pantalla del zoom, cargó dormidos en un brazo a su hijo de 5 años y en el otro brazo al más pequeño de 3. Su esposa despertó rápidamente al de 8 y los vimos desaparecer. Aún a 10.000 km de distancia, la piel se erizó y sentimos incluso la necesidad de querer correr también nosotros, de refugiarnos de toda esa lluvia de odio. Eran las 2 AM en Israel. El silencio y el cuadrado vacío atravesó la pantalla. La angustia de no saber cómo continuar, cómo ayudar, cómo correr. Después de unos minutos que parecieron horas, volvieron a acostar a los chicos. Idó regresó entonces a la pantalla para -en este mundo del revés- intentar él calmarnos a nosotros.

De pronto y sin avisar, una mañana de sol se transforma en madrugadas de angustia. En un minuto la agenda, el proyecto, la reunión, la cena, la cita, la vida, puede dejar de ser. El mundo que habíamos conocido hasta hace diez minutos puede desaparecer. Pasamos de instantes donde pareciera que tenemos todas las respuestas, a tiempos donde sólo nos queda el sabor amargo de las dudas y los porqué. En todos esos momentos, sabio es aquél que recuerda que ninguno de esos momentos será para siempre. Sabio es aquél que comprende que las mañanas de sol hay que abrazarlas fuerte, y no desperdiciarlas por nada de lo que en apariencia parece tan urgente. Sabio es aquél que entiende que de esas noches de angustia se puede salir más fuerte, y aún más sabio.

Cohetes disparados desde la franja Gaza vuelan hacia Israel, el 10 de mayo (EFE/EPA/MOHAMMED SABER)
Cohetes disparados desde la franja Gaza vuelan hacia Israel, el 10 de mayo (EFE/EPA/MOHAMMED SABER)

Lejos de la ciudad sagrada, aquí en nuestra ciudad participaba también y al mismo tiempo, de dos viajes. El primero me mostraba el vuelo de la delegación israelí arribando a nuestro país para ayudarnos a conseguir, elaborar y suministrar millones de vacunas, en un país devastado por la falta de dosis, de organización, de gestión y de solidaridad. Sólo 48 horas después de ese vuelo, el segundo viaje me llevaba al avión donde viajaban el Presidente y el Canciller de la Argentina. El vuelo desde donde nuestro país emitía un comunicado oficial, cuestionando y criticando a Israel por defender a sus ciudadanos de una catarata de casi 2000 misiles. Un Estado democrático reprobando a otro Estado democrático que estaba recibiendo de un grupo terrorista, un ataque masivo a toda su población civil. Dos viajes, dos vuelos y otra vez, el mundo del revés.

Nuestra Argentina. La misma Argentina que vio asesinados a más de 100 de sus ciudadanos en ataques terroristas de grupos afines a Hamás, y que casi 30 años después sólo puede recordar desde la vergüenza el no haber detenido jamás a un sólo culpable. La misma Argentina que en madrugadas de horror firmó el Memorándum con Irán. La misma que asistió al asesinato del fiscal que investigaba esos ataques terroristas y que con firmeza continuó en su eterna ausencia de justicia. Esa Argentina, la Argentina que me genera tanta vergüenza y dolor, se estaba considerando con la suficiente altura como para condenar a un Estado soberano, que sí decidía proteger a sus ciudadanos del terror.

Un sabio me dijo una vez que sabio es aquél que recuerda que nada es para siempre. Es, por eso, que espero desde el alma el vuelo que nos devuelva a esa Argentina del orgullo, la de la pasión, esa Argentina hermosa que sabe enamorar. Espero desde el alma el vuelo que nos lleve a una tierra de diálogo, de entendimiento y de paz para todo Medio Oriente. Para Israel, para todos sus vecinos y para todos los pueblos.

Amigos queridos. Amigos todos.

El filósofo francés Hippolyte Taine, inspirador del pensamiento de Emile Zolá escribió: “Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas”.

Espero desde el alma el vuelo que nos haga viajar a todas y a todos hacia un mundo con más mañanas de sol. Un viaje de esos que completan el alma, de los que nos lleven a un mejor mañana. Un viaje que fortalezca nuestros sueños y nos haga tener ideas más altas. Un viaje de esos que elegimos viajar.

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