Se durmió el peso y comienzan los efectos de la segunda ola del desequilibrio macroeconómico

Estamos frente a un mercado que desconfía de la moneda local y sabe que se le hará difícil al Gobierno sostener el precio del dólar oficial y la brecha bajo control

Paradójicamente, con el valor más alto de los precios de nuestros productos de exportación en años y la ratificación de la fiesta de dólares en Estados Unidos por parte de la dupla Biden y mi amigo Jay Powell (presidente del Banco Central de ese país), los precios de los dólares libres en la Argentina se aceleraron en los últimos días.

“Se despertó el dólar” titularon los medios informativos.

Si el amable lector y la amable lectora mantienen la masoquista costumbre de leer asiduamente esta columna, ya saben que, en realidad, lo que sucede es que “se durmió el peso”. Puesto en términos más técnicos, el problema es la falta de demanda voluntaria de pesos.

La forma en que se manejó el financiamiento de la explosión del gasto COVID y el déficit fiscal consecuente durante la primera ola, el año pasado, aceleró la tasa de inflación del semestre octubre 2020-marzo 2021. El exceso de pesos primero presionó sobre la brecha y, a medida que se fue normalizando la actividad económica, el aumento de la brecha se fue trasladando a la tasa de inflación.

El precio de los dólares libres se había “tranquilizado” durante el verano, (después de subir más del 130% en el año) por la necesidad de cubrir compromisos en pesos de argentinos superdolarizados en sus ahorros, por pagos de impuestos y por la presencia de “salarios viejos y precios nuevos” y con la intervención del Banco Central y otros organismos públicos operando en el mercado de bonos, acompañado, en los últimos tiempos, con la devaluación del dólar oficial por debajo de la inflación pasada.

Pero a medida que se empiezan a cerrar nuevas paritarias, y las familias de ciertos sectores recuperan alguna capacidad de ahorro, la demanda de dólares libres aumenta (dado que la oferta de dólar ahorro oficial resultó más restringida y su precio poco conveniente). A su vez, los productores del sector agrícola tienen el incentivo de vender lo necesario de su producción, por los excelentes precios internacionales y las constantes amenazas de eventuales subas de retenciones. Pero cuando venden, pasan de un activo dolarizado (cereales y oleaginosas) a pesos que no son adecuadamente remunerados. Por lo tanto, también ellos se suman a la demanda de dólares libres. Finalmente, dadas las restricciones para pagos de deuda y/o importaciones, por el canal oficial, muchas empresas, por razones reputacionales, para mantener sus buenas relaciones con sus proveedores y acreedores o su ciclo de negocios, también demandan dólares en el mercado libre para atender sus compromisos de pago.

Estamos frente a un mercado que no quiere pesos y que sabe que se le hará difícil al Gobierno sostener el precio del dólar oficial y la brecha bajo control, sin reservas y sin acceso al crédito internacional, una vez pasada la estacionalidad de la cosecha.

A este panorama se le agrega el problema del programa financiero, para renovar vencimientos de deuda y financiar el déficit fiscal. En los próximos meses, hasta las elecciones de ¿noviembre?, hay que refinanciar más de 1,5 billones de pesos de vencimientos de deuda. En las últimas colocaciones, la Secretaría de Hacienda se vio obligada a subir la tasa de interés, achicar los plazos de la deuda nueva o, en plazos más largos, colocar deuda indexada sea por inflación, o por tipo de cambio. En otras palabras, nadie quiere pasar las elecciones en pesos, y los obligados a estar en pesos por restricciones regulatorias, sólo lo aceptan con algún tipo de ajuste. El Gobierno coloca cada vez más deuda “no licuable”.

Además, ante la evidente falta de vacunas suficientes como para tener la actividad económica normalizada en el corto plazo, hay que sumar al déficit fiscal previsto, el mayor gasto COVID.

El presupuesto nacional del 2021, aún con mayor presión tributaria, el impuesto a la riqueza y la ganancia extraordinaria de la mayor recaudación por impuestos a la exportación, presenta déficit fiscal operativo. Como tiene déficit primario, el Gobierno está obligado a emitir o a aumentar la deuda, además de renovar la deuda que vence más los intereses correspondientes. Como además emite para comprar dólares y emite para pagar los intereses de la deuda del Banco Central (Leliqs), después tiene que colocar más deuda del Banco Central para retirar de circulación parte de esa emisión y que no presione todavía más sobre la demanda de dólares y la tasa de inflación, en este contexto de caída de la demanda de pesos.

Pero para poder seguir colocando deuda, sin programa macroeconómico consistente, en medio de desinteligencias políticas internas, con un enfrentamiento electoral con la oposición, con graves errores de gestión, enfrentando la segunda ola de COVID con poca población inmunizada, sin acuerdo con el FMI, y con la principal provincia argentina en default, el Gobierno no tiene más remedio que acortar la duración de las colocaciones, pagar más tasa y/o indexar su deuda.

En síntesis, los mercados empiezan a descontar el futuro de las distorsiones que se están acumulando y de la bola de nieve de la deuda indexada y de la deuda del Banco Central.

Por ahora, el contexto global juega a favor, pero mientras los negacionistas de los efectos de la política monetaria sigan hablando de “inflación multicausal” y los terraplanistas de la política económica sigan combatiendo dicha multicausalidad desde la Secretaría de Comercio, la segunda ola del descalabro macro continuará avanzando, con riesgo de mutar a una crisis mayor.

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