Hace tiempo que el mundo da señales de cambios, pero algunos países como la Argentina no los quisieron ver

La pandemia y la impotencia ante ella de los Estados y del paradigma científico dominante, además de destruir empleo, capital y tejido social, resulta en un nivel de incertidumbre que paraliza el presente y achica el horizonte

En abril tuvo los presidentes participaron de una nueva Cumbre del Cambio Climático (Cuartoscuro.com)
En abril tuvo los presidentes participaron de una nueva Cumbre del Cambio Climático (Cuartoscuro.com)

Desde hace tiempo, como una corriente profunda que nos arrastra sin poder detenerla, nos asedia el cambio climático. Que no es un cambio para bien sino para mal, como lo señala la evidencia científica que no había logrado, en este caso, imponerse a los Estados.

Pero además el mundo occidental desarrollado asiste a un proceso de deterioro social, signado por la desigualdad, y a un desplazamiento del eje geopolítico que -lo pongan como lo pongan- también es un eje desplazamiento cultural que marcha a una velocidad inusitada.

El virus, el clima y el agotamiento de recursos, el desencanto y el cambio descomunal en la geografía de la estructura productiva suman elementos para conformar un momento histórico de extraordinaria incertidumbre. La entera Humanidad comparte al menos algunas de las causas de la misma incertidumbre y parte de ella la vive a partir de enormes desesperanzas.

El virus, el clima y el agotamiento de recursos, el desencanto y el cambio descomunal en la geografía de la estructura productiva suman elementos para conformar un momento histórico de extraordinaria incertidumbre.

La Argentina está ahí y no tiene forma de evadirse. Pero además, le suma años, décadas, de estancamiento económico, de retroceso relativo en términos cuantitativos y pari passu un formidable deterioro del tejido social al que deshilachan cifras escandalosas de pobreza en la que sobreviven el 60% de los jóvenes y el 40% de la población: no todos los argentinos están viviendo en el SXXI y muchos ni siquiera en el SXX.

Nada de los que nos pasa ocurrió de golpe. Tal vez fue una enfermedad silenciosa y acumulativa que, para muchos analistas, políticos, economistas, no se hizo presente. Sin embargo, los indicadores de la observación cotidiana eran insoslayables. Un 7% anual del crecimiento del número de personas pobres, a lo largo de casi 50 años, es imposible que no haya sido observado. Esa pobreza se agolpaba en los márgenes, en los conurbanos de las ciudades y día tras días desfilaba en la noche, en las sombras, al rastreo de la basura. ¿Por qué no lo miraron? Porque verlo, lo vieron.

Muchos, en los últimos años, encontraron consuelo asignando responsabilidades a períodos de crecimiento económico y ausencia de pobreza: se entusiasmaron asignándole el origen de los males a 70 y hasta 100 años atrás. Haciendo de todo lo mismo.

Una enorme hipocresía destinada a ocultar que hay fecha, modelo, ideas absolutamente ciertas para ubicar cómo y cuándo la Argentina abandonó la ruta del progreso colectivo. Y digo colectivo porque, en ese mismo tiempo, se acumularon las fortunas escandalosas de los nuevos ricos, la nueva oligarquía de los concesionarios argentinos que hoy abren todas las puertas: ninguna industrial, ninguna agropecuaria, todas hijas del favor del poder y todas hijas de la decadencia colectiva.

Enorme hipocresía destinada a ocultar que hay fecha, modelo, ideas absolutamente ciertas para ubicar cómo y cuándo la Argentina abandonó la ruta del progreso colectivo

Tampoco ocurrió de golpe el deterioro climático planetario ni el deterioro progresivo de la calidad de vida de Occidente. Todos esos fenómenos dieron señales, golpes de fiebre, diarreas sociales, inundaciones, incendios, espantos climáticos. Los que conducen, en cada momento, no quisieron detenerse y repensar el destino y la marcha.

En ambos casos, el deterioro del clima y la calidad social de la vida colectiva, ganaron “los hombres prácticos”: aquellos que a pesar de lo irrespirable se convencen, en realidad se exculpan, con el mantra “no hay alternativa” justamente para no pensarla. Dios ciega a los que quiere perder. Negacionismo confortable.

El virus viene enfermando, distrayendo, generando un aporte colosal para determinar el impacto monumental de la incertidumbre en que vivimos (EFE)
El virus viene enfermando, distrayendo, generando un aporte colosal para determinar el impacto monumental de la incertidumbre en que vivimos (EFE)

Pero llegó el virus. Inesperado. Al menos no se hizo anunciar claramente. Pocos indicios, como el descuido de los excesos globalizantes, no fueron -no parecieron ser- suficientes como para sembrar dudas y reflexiones, ni siquiera para prestarle atención. Y en ese “descuido” imperdonable, continuado, torpe, el virus viene enfermando, distrayendo, generando un aporte colosal para determinar el impacto monumental de la incertidumbre en que vivimos. En este tiempo estamos.

¿Qué se debería hacer?

Nosotros, el aquí y ahora, es el territorio y el tiempo de una acumulación de razones de incertidumbre propia. ¿Cómo evadirse de los riesgos de la cuestión social en un horizonte económico crecientemente complejo? Estos males llevan años con nosotros, mientras la expresión más popularizada por los que opinan y llenan con “autoridad” los medios de comunicación, es “hay que”.

Un “hay que” sólo referido a los fines. Nunca a los medios de cómo lograrlo. Y cuando se escriben esos medios, siempre en borrador, implican tirar el agua de la bañadera con el bebé adentro y la bañadera también. Todo el debate denota una ausencia de reflexión y de pensar situado con un horizonte de largo plazo.

Todo el debate denota una ausencia de reflexión y de pensar situado con un horizonte de largo plazo

El pensar situado es el que se realiza a partir de la situación y el territorio vital más complejo: en nuestro caso no hay posibilidad de pensar situado que no parta de la realidad de la pobreza, cuya dinámica es superior a toda pretendida lógica de manual.

Aquí también la pandemia agravó las condiciones sociales. La dirigencia, el oficialismo y la oposición, están -en la práctica- ausentes de ofrecer, ya no salidas, ni siquiera reflexiones profundas sobre los problemas de gravedad presente y futura. No sobre los problemas que aquejan a nuestra comarca y ni hablar de aquellos que generan la incertidumbre planetaria. Ni hablar de aquellos, sociales y económicos, que nos bañan de angustia cada día al amanecer. Lo que sí sabemos que la pandemia está erosionando el capital humano, el social y el productivo. El “éxito” de las políticas de “compensación” se verificará sólo si una vez concluida la pandemia -algo que ocurrirá- la disminución del producto potencial no resulta un impacto grave sobre el futuro.

De esos problemas que cada día angustian ejemplos sobran. Uno: en Neuquén el reclamo salarial de los trabajadores, legítimo, amenaza el abastecimiento de gas. El Gobierno nacional, en la práctica o por sus efectos, se declara ausente. Otro: los empleadores tienen prohibido el despedido (norma) y Pablo Moyano, líder de Camioneros, le reclama a de Narváez, comprador de Walmart, que le pague el despido al personal que no piensa despedir porque continuarán sus contratos de trabajo.

En Neuquén el reclamo salarial de los trabajadores, legítimo, amenaza el abastecimiento de gas
En Neuquén el reclamo salarial de los trabajadores, legítimo, amenaza el abastecimiento de gas

Esto es exceso de acción directa, de compartimentos estancos, todo lo que suma incertidumbre a los problemas cotidianos y reporta la continua destrucción de capital social que se revela como una colosal desorganización de la vida cotidiana. ¿Cuánto puede aguantar el estallido de esas granadas sociales día tras día?

Mientras tanto, frente a la pandemia, los meses de confinamiento parece que resultaron insuficientes para generar los recursos físicos y humanos necesarios para garantizar la estrategia del Ministerio de Salud de la Nación que, además de vacunar, consiste en ofrecer terapia intensiva.

Otro síntoma de desorganización, ausencia de diálogo en todos los planos, es que varios gobiernos provinciales han puesto en marcha estrategias de mitigación del daño usando tratamientos preventivos y curativos ante el virus. Lo notable es que el Ministerio de Salud, el gobierno nacional no tiene la menor reacción sobre esas estrategias que, además, están dando resultado. Asombroso.

La única manera de ventilar el pensamiento es abrirse al debate y a la reflexión: cuando rige la incertidumbre es tiempo para eso.

La única manera de ventilar el pensamiento es abrirse al debate y a la reflexión: cuando rige la incertidumbre es tiempo para eso

Tal vez no haya conexión entre deterioro ambiental y virulencia pandémica. Pero no hay duda de que luchando en incertidumbre contra el virus y sufriendo sus consecuencias devastadoras en capital económico, social y humano, todo se hace más difícil porque, en el Planeta, estamos sufriendo consecuencias de la aceleración del cambio climático. Huracanes más destructivos, incendios de carácter continental, inundaciones, deshielos.

Pero siempre, aún en los escenarios más sombríos, hay una buena nueva. Podemos celebrar un paso adelante en materia climática: EEUU ha retornado al Acuerdo de París con un compromiso de recorte de emisiones de gases de efecto invernadero. Ha vuelto el protagonismo de la cuestión ambiental que el Papa Francisco propuso en Laudato Sí y al que Joe Biden -amigo del Santo Padre- le ha dado su insustituible empuje.

Esa relación seguramente ha influido para que EEUU se proponga alcanzar en 2030 un recorte de entre 50 y 52% de las emisiones respecto a 2005; y a descarbonizar por completo la economía estadounidense en 2050: una transformación monumental que, según el presidente de EEUU, creará millones de empleos bien remunerados y que es “un imperativo moral y económico” para el que no hay opción.

Es cierto, cerca del punto de no retorno, la inacción amenazaría las condiciones de vida en el Planeta.

Estos objetivos, tomados por el conjunto de las naciones, de cumplirse producirán un giro ambiental producto de la confluencia de la ciencia, la ética, la persuasión y el compromiso político. Posible porque están instalando objetivos e instrumentos, es decir, el consenso de un Plan. ¿Hay allí una lección?

El rol de un plan consistente

Tener “plan”, siempre, es el antídoto contra la incertidumbre. Justamente a la incertidumbre la multiplica la parálisis que generan la falta de pensamiento, de debate y de consenso sobre objetivos e instrumentos. Sin esos elementos constitutivos de “un plan”, que extiende el horizonte, la incertidumbre es la génesis del miedo.

El presidente, Alberto Fernández, y el ministro de Economía, Martín Guzmán, no creen en los planes económicos (Europa Press)
El presidente, Alberto Fernández, y el ministro de Economía, Martín Guzmán, no creen en los planes económicos (Europa Press)

Entonces ¿Acudir al método del Plan disminuye el grado de incertidumbre? Sí. Porque convoca -y compromete - a la acción programada. Es imprescindible para el ambiente y hoy hay ahí una comprensión planetaria.

¿Y la pandemia? ¿La podremos vencer sin compromisos, consensos y planes de similar envergadura? Difícil y sin embargo nada hemos hecho acerca de esto.

Acudir al método del Plan disminuye el grado de incertidumbre? Sí. Porque convoca -y compromete - a la acción programada

¿No hemos podido pensar en términos de un programa de vacunación universal? ¿Somos conscientes que todo empezó en un punto mínimo del Planeta y en días irrumpió en lugares remotos? ¿Cómo detenerlo sin un Plan que orqueste la inmunización planetaria?

Estamos lejos, a pesar de que en materia del clima nos hemos aproximado programadamente. La política, al interior y en las relaciones exteriores, es conversación. Joe Biden hizo ese camino. El inverso a Donald Trump.

Pero además, en países de occidente desarrollado, hay realidades sociales y económicas que generan un agravamiento de la incertidumbre asociada a la pérdida de la confianza en el futuro y a una verificación, en el presente, de la pérdida de las esperanzas. Ni pensar por estos pagos.

Aun sin proponérselo, los liderazgos de estos tiempos están más cerca de ser una adaptación a la doctrina del “no hay alternativa” fundada por el neoliberalismo disparado por Margaret Thatcher. Son arrastrados por los problemas y no motivados por las soluciones. Ese pensamiento, esa adaptación instrumentada políticamente, fue el origen del desplazamiento de lo central del pensamiento keynesiano el que alimentó la necesidad y la posibilidad técnica de reparar la “falla mayor de mercado” del capitalismo que llevaba al desempleo y al sufrimiento social.

A la muerte de John Keynes (hoy 75 años) sucedieron 30 años en los que occidente construyó -en base a su pensamiento- el Estado de Bienestar. En los 70 el oscurantismo económico desplazó al pensamiento keynesiano. Las políticas dominantes instalaron el Estado de Malestar, que es lo que está detrás de la desesperanza que es la vertiente social de la incertidumbre. Nuestros problemas económicos y sociales son también una deriva de ello.

Aquí la pandemia es un enorme factor de incertidumbre: incapacidades sanitarias, ausencia suficiente de vacunas, vulnerabilidad de la segunda ola, conductas sociales incontrolables, multiplicación de la acción directa, compartimentos estancos, erosión del capital social.

La pandemia es un enorme factor de incertidumbre: incapacidades sanitarias, ausencia suficiente de vacunas, vulnerabilidad de la segunda ola, conductas sociales incontrolables (Reuters)
La pandemia es un enorme factor de incertidumbre: incapacidades sanitarias, ausencia suficiente de vacunas, vulnerabilidad de la segunda ola, conductas sociales incontrolables (Reuters)

Por otra parte, el tema del clima está presente con sus estragos. Pero sobre todo nos enfrentamos a la demanda del proceso de descarbonización que se inaugura en los principales países. Esas transformaciones habrán de impactar en el eventual riesgo de redundancia de recursos, que muchos computan como llave de nuestra solución de equilibrio externo, e interrogan sobre las inversiones gigantescas, privadas y públicas, que podrían tornarse en inapropiadas en pocas décadas.

No debatir acerca de esto, y por cierto no lo hacemos, es abrir la puerta a nuevas incertidumbres. ¿Por qué no lo estamos haciendo? Como nosotros, muchos países del mundo desarrollado, con honrosas excepciones, en lo social atraviesan un período de “esperanzas perdidas”.

Como nosotros, muchos países del mundo desarrollado, con honrosas excepciones, en lo social atraviesan un período de “esperanzas perdidas”

Oliver Nachtwey llama a esta “la era de la modernidad regresiva” en los países que en el período de posguerra, en la era del Estado de Bienestar, lograron plena y por largo tiempo y para la inmensa mayoría -como en Alemania (Occidental ciertamente)- la arquitectura del ascenso social colectivo.

No solo construyeron la plataforma para el éxito de un gran número de proyectos personales individuales, sino una para la realización del progreso colectivo: el hijo de obrero devino en ingeniero y muchos accedieron a “una casa con jardín”.

Ese ascensor social se detuvo, un diploma universitario no es hoy garantía de seguridad, todo trabajo es precario y en el tiempo la participación del trabajador en los beneficios se reduce. La “era de la modernidad regresiva” es, entre otras cosas, el tiempo de una economía de la desigualdad.

Muchos, no todos, de los países desarrollados de la economía occidental se encuentran en la era de la desigualdad que tan bien documentó Thomas Piketty. La dinámica de la desigualdad, su crecimiento asociado a la concentración, es una fuente de incertidumbre e inestabilidad ya que conforma un escenario de conflicto y desesperanza.

¿Cuándo se suprimió en las democracias el término “fraternidad” que armoniza la vigencia de la libertad con la búsqueda sistemática de la igualdad? ¿Cuántos conflictos recientes podemos considerar como derivados de esa ausencia? Todos los enfrentamientos, en definitiva, alimentan la incertidumbre.

Ante la incertidumbre y ante la magnitud de los problemas reales que la generan, nuestros gobernantes y todos los que aspiran a ejercer tareas de gobierno, tienen en estas horas -que son quizá las más difíciles desde el inicio de nuestra vida en democracia- la obligación de reconocer que sin un programa, un plan de largo plazo, con objetivos e instrumentos consensuados no sólo no habrá solución o salida sino un incremento extremadamente peligroso del estado de incertidumbre.

El servicio a la Patria que debe la política es, simplemente, conversar con el compromiso de decir la verdad y pedir ayuda a los que saben. La suerte es que tenemos es que hay mucha inteligencia disponible y dispuesta a acudir. La humildad, el llamado, la conversación es lo que tiene que empezar antes que la soberbia, el dar vuelta la cara, el silencio de secta, haga que todo sea demasiado tarde.

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