Lo último en cerrarse son las escuelas

Debemos reconocer y poner en valor a los colegios como instituciones organizadoras de la vida familiar y de la vida social de un país

(Maximiliano Luna)
(Maximiliano Luna)

El pacto fundacional que hizo posible el nacimiento de la escuela, como un dispositivo masivo de educación, signó las relaciones entre escuela y familia. Se trató de un pacto, mediante el cual las familias delegaron en el Estado y este en la escuela, la responsabilidad indelegable de educar. En Argentina fue Domingo Faustino Sarmiento, quien implementó políticas disruptivas en su momento al implementar una educación normalizada, pública y común para todos. Sarmiento pensó a la escuela como el mejor medio para alcanzar el progreso a largo plazo. Una condición a la que seguimos adhiriendo.

La evidencia de los datos que vimos estos días respecto al bajo índice de contagio en el ámbito educativo nos hace resignificar a ciertos lugares públicos -en este caso la escuela- como ámbitos seguros. Se trata de abordar la seguridad no sólo desde las medidas de salud e higiene, sino también desde la dimensión emocional y social que las instituciones involucran. Por eso, es tan importante recuperar el espacio escolar como lugar seguro, porque implica elaborar las emociones vividas en este tiempo, recuperar el cuerpo y la presencia en el encuentro, siempre incorporando los aprendizajes del autocuidado y el cuidado de los demás. Se trata de darle un nuevo valor a la fortaleza del tejido social que nos contiene en el marco de nuestra comunidad escolar. La escuela es un lugar seguro cuando nos cuidamos entre todos, nos respetamos y podemos hablar y compartir lo que sentimos.

A la incertidumbre que genera la pandemia del Covid-19 se suma una profunda desorganización en el seno de las familias argentinas rehenes de órdenes y contra-órdenes que producen angustia, inestabilidad y un malestar creciente. Las familias junto a la escuela son los primeros agentes socializadores durante la niñez. Perder un día de escuela es mucho. Perder muchos días es irreparable.

Es fundamental para las familias, para las niñas y niños y para los jóvenes volver a tener ese lazo tan sensible y potente con las maestras y maestros en el aula, como dispositivo escolar de excelencia. Creemos que las políticas para la educación que viene impactarán positivamente si somos capaces de construir un diálogo verdadero y sincero que implique autoimponernos una cláusula ética inexcusable que impida la mentira y tenga el deber de escuchar y reconocer al otro para lograr los acuerdos educativos, sociales y políticos que estos tiempos reclaman.

El sociólogo especialista en educación, Emilio Tenti Fanfani, asegura que “en esta catástrofe educativa, lo que se hace es minimizar las pérdidas”. Y agrega: “Volver después de tanto tiempo, de tanto esfuerzo pedagógico ‘light’ puede traducirse en un efecto negativo para muchos. Habrá que ir a buscarlos, protegerlos y procurar volver a los niveles de escolarización que había antes. Antes se criticaba que sólo se ponía el foco en la matrícula y no en los aprendizajes, ahora habrá que volver desde cero a recomponer la matrícula”.

Por eso, superemos este escenario distópico, confuso, incierto. Superemos este escenario en donde se alimenta la falsa antinomia de salud versus educación. Coincidimos con el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, que sostiene que el aula más peligrosa para la salud y el futuro de los chicos y jóvenes es el aula cerrada. La educación y el derecho a enseñar y aprender debe ser una prioridad siempre, basada en los principios de justicia educativa, en la libertad y el pensamiento crítico; sustentada en el reconocimiento del otro como sujeto de derechos, en la construcción social de subjetividades y ciudadanías y abierta a distintas tecnologías. En definitiva, una educación que forme para construir un ciudadano del mundo y que sea parte de un ecosistema integrador e inclusivo.

Estamos convencidos que la educación debe ser prioritaria en nuestro accionar político. Sabemos del esfuerzo de los docentes y confiamos en la comunidad educativa, que con el apoyo de las familias podrán afrontar estas complejas circunstancias.

Hoy lo más acertado, transformador y progresista son las escuelas abiertas. Cada día sin clases incrementa la magnitud de esta catástrofe educativa. La Justicia y la política debemos estar a la altura de las circunstancias y en sintonía con el reclamo sensato de padres, madres, chicos, chicas, jóvenes y docentes de tener clases presenciales para todos. La regla debe ser que lo último en cerrarse son las escuelas.

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