Los Oscar: Hollywood resiste

El gran arte y espectáculo formó también nuestra manera de encontrar felicidad, sueños y aún vivir casi de manera real lo que hacen los actores

Hollywood está dispuesto a resistir. Delante de un declive de interés-de todos modos se habla de miles de millones en cada ceremonia-, a la plaga mundial y la prohibición o veda de espectadores en los cines públicos, las hijas poco reconocidas de innumerables series – no hubo ninguna probabilidad de hacer la magistral “El irlandés”, de Martin Scorsese, con la inversión de Netflix en capítulos, sin embargo-, Hollywood no se rinde.

Es que el cine integra nuestra vida desde el principio , y con el empujón industrial de los premios Oscar, la idea unió tres elementos norteamericanos a más no poder: negocio, arte y espectáculo. Una gran civilización a la cabeza tanto de la ciencia como de la máxima producción de alimentos, las dos puntas, los Estados Unidos, es también una potencia guerrera.

En la América que habla español el yankee go home prosperó aquí como en ningún otro lugar. Con el tiempo llegó la alfombra roja – empezó sin ella en 1929 en un hotel - y con la anticipación de los ganadores de la prensa con pedido de la fiesta y los nombres hasta que Los Ángeles Times rompió el pacto y se adelantó-: desde entonces se guardaron en sobres secretos. El Oscar hizo una pausa con la guerra, y con grandes dramas, comedias, mestizos de comedia y drama, westerns, el gran arte y espectáculo formó también nuestra manera de encontrar felicidad, sueños y aún vivir casi de manera real lo que hacen los actores- personajes. Como con la literatura: uno es Madame Bovary, Sherlock Holmes o el héroe aborrecible Tom Ripley surgida de la gran Patricia Highsmith –aquí tanto en uno como en otro campo- , lo mismo que vive Marilyn en “Una Eva y dos Adanes” o el viejo sagrado Eastwood de “La Mula.

Eso ocurre con los Oscar, aún a punto de estar en llanta con la dificultad de pegar la vuelta a los lugares especiales para que habitantes de la colmena humana se siente uno junto a otro sin conocerse a ver un film, o con el caso Harvey Weinstein, depredador sexual todopoderoso. Solo los capaces de ordinariez gorda creen que van de ilustrados al preferir el cine europeo. Muy de personaje pseudoculto y anticuado. Porque es todo. Como en los Oscar desde hace muchísimo. En el principio, los críticos intelectuales y “comprometidos” daban por hecho que cualquier película ganador o competidora en el gran juego del Oscar era pura propaganda de Yanquilandia.

Cuando se otorgó el primer Oscar a una actriz negra, la enorme actriz y cantante Hattie McDaniel, la Mammy que atendía y cuidaba a Scarlett en “Lo que el viento se llevó”, la criada esclava de Scarlett O´Hara que le paraba los caprichos si hacía falta, subió a la tarima en el 40 pero recibió una plaqueta- no la estatuita- y no pudo participar de la comida ni de ningún otro aspecto. Con Chadwick Boseman propuesto muerto y vivo al unísono nos dice que el Oscar, como la historia, cambia. Para el burro persistente local no se trata de una fiesta que puede ser entretenida o un largo bostezo, que puede ser, pero queda en peligroso ridículo al mantener las ideas rancias de hace casi un siglo. Para él no es asunto de diversión, emoción, cultura, ni siquiera aburrimiento, sino política y paranoia: no están colonizando.


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