En medio de la pandemia, la educación presencial no es el problema sino parte de la solución

La capacidad de los colegios para detectar los contagios y prevenir su propagación no puede ser dejada de lado

Clases al aire libre en la Quinta de Olivos
Clases al aire libre en la Quinta de Olivos

Me propongo demostrar sintéticamente que, en tiempos de pandemia, la educación presencial es verdaderamente un aporte esencial no solo para el control social efectivo de la propagación del virus que nos aqueja sino también, y aunque parezca una verdad de perogrullo, se cumple con darle continuidad a la educación, derecho humano fundamental, que parece por momentos no estar en la plena conciencia pública o política como debiera. De hecho, en Argentina llevamos un año y quince días sin clases presenciales, algo sin precedentes, tal vez, en el mundo entero.

En primer lugar, los colegios actúan con protocolos rigurosos auditados por las direcciones de niveles educativos, los directores institucionales de escuelas, los propios docentes de aula, equipos docentes y no docentes, representantes legales e inspectores de educación gubernamentales y por los propios padres (se trata de los hijos). El papel del docente es relevante en esta tarea. El riesgo de contagio en el aula, respetando el protocolo de distanciamiento, doble barbijo y aireación de aula, es absolutamente mínimo o casi inexistente según investigaciones realizadas en colegios en el último mes.

El doctor Debagg en una entrevista radial comentó una experiencia muy importante. “Los datos reales demuestran que en ir los niños al colegio primario y los secundarios, tienen menos probabilidades que, o están más seguros bajo protocolo en la escuela, que estando fuera de las escuelas, desde el punto de vista infectológico. Yo no estoy hablando de la salud física emocional y la protección que tienen los niños vulnerables de inseguridad alimentaria cuando no van al colegio o de inseguridad social tanto sea maltrato como exposición inclusive a delitos. Es decir, ¿qué quiero decir con esto? El dato duro es que los niños están más protegidos, independientemente de las clases sociales.

“Como diciendo: ‘Bueno, está bien, sólo son los vulnerables los que si no van al colegio están más inseguros’. No. Los niños, las niñas y los adolescentes de las clases sociales inclusive más acomodadas también tienen más riesgo, porque empiezan estas cuestiones sociales de juntadas o de padres que dicen “voy a juntar en mi jardín para empezar a hacer bueno... un poco más de actividad didáctica” y los sacan de protocolo. Entonces, el protocolo escolar es un protocolo seguro. Yo he ayudado y estoy ayudando. Estoy midiendo los protocolos que había hecho el Ministerio de Salud con el Ministerio de Educación en Argentina y se demuestra que es un protocolo seguro. Lo estoy haciendo en un colegio de Zona Norte con con dos filiales que tienen 1950 niños y 500 docentes y medimos la circulación viral y si la circulación viral comunitaria estaba impactando adentro del colegio. Nos referimos a que en 8 semanas ningún niño se infectó y ningún adolescente ni tampoco personal. De los que se contagiaron, tuvieron contacto con, bueno, con familiares o encuentros sociales donde habían tenido un contacto”, dijo el especialista durante la entrevista en Radio Mitre.

Finalmente debe distinguirse claramente lo que resulta un contagio individual de la prevención del contagio pandémico, exponencial, y definitivamente el colegio es el lugar, protocolo mediante, que mayor control puede aportar a una buena parte de la población de niños y jóvenes, o al menos evitar de manera decisiva la propagación del virus, ya que se toma temperatura a cada alumno, cada mañana, se sigue su desarrollo durante el día escolar (4 u 8 horas), si hay un caso sospechoso de alumno o docente se aísla al curso hasta descartar o confirmar por 14 días.

Hagamos números. En la provincia de Buenos Aires hay aproximadamente 3.816.000 de alumnos. Este sistema educativo se divide en esas unidades llamadas colegios. De un promedio, supongamos, de 500 alumnos por institución, cada día se pone ese sistema en acción para que, protocolo mediante, se audite temperatura de cada alumno, se saniticen manos, se aísle cuando corresponda y se informe a la autoridad escolar sobre cada acción, a fin de formar estadística que permita un seguimiento real acerca de cómo mueven las cifras de contagios, su origen probable, etc. En ese marco, el sistema educativo tiene un rol fundamental a cumplir a efectos de colaborar con la política sanitaria.

Por un lado, los protocolos aplicados en el proceso educativo son superiores a los que los niños y adolescentes enfrentan en la mayoría de sus interacciones sociales, especialmente en el contexto de relajamiento social como el que viene verificándose desde hace meses. Es prácticamente imposible encontrar un lugar de interacción de niños y adolescentes que, además de brindar un servicio esencial para su desarrollo integral, bienestar y salud mental como es su colegio, supervise todos los días los síntomas de Covid, asegure la sanitización de los espacios y recursos utilizados y adopte medidas de detección y aislamiento inmediatos ante cualquier síntoma sospechoso o caso confirmado. Si una de las principales razones por las que se cuestiona la estrategia aplicada al tratamiento de la pandemia ha sido la insuficiente amplitud e inmediatez de la detección y aislamiento de casos, el sistema educativo es una herramienta fundamental para torcer esta realidad, al brindar instrumentos reales e inmediatos no sólo para prevenir contagios, sino para detectarlos, aislarlos y abordarlos.

La educación, y el colegio como lugar natural donde se produce, resulta además una herramienta fundamental para enseñar y aprender ahora también acerca del virus: de qué se trata, qué pautas debemos aprender y llevar a casa a nuestros padres, familia y entorno porque estamos fallando como sociedad más allá de las políticas públicas que en muchos casos no han ayudado. Recordemos que cuando en temas como hábitos saludables y no saludables (cigarrillo, alcohol, drogas, etc), educación vial, educación civil en general se comenzó inculturando a niños y adolescentes, dichas campañas tuvieron éxito y desde la niñez y adolescencia se cambiaron conductas. No podemos siquiera comenzar a comparar lo que un aula y un maestro pueden hacer en ese sentido al lado de simples spots publicitarios. Cuando te lo dice “tu seño o tu profe o tu dire” tiene otro peso cognitivo y emocional. La incorporación y seguimiento de protocolos dentro del sistema educativo y la supervisión de dichas pautas de conducta durante una jornada extendida por docentes formados específicamente en la materia, termina transformando a los centros educativos en insuperables instrumentos de inculturación de prácticas sanitarias y conductas responsables.

Por otro lado, no le saquemos a muchos niños y adolescentes lo poco que los contiene y forma: sus horas en el colegio. Se dirá que los colegios de gestión estatal en lugares de mucha pobreza no están preparados para esto. Sin desconocer que muchos de ellos no lo están ni siquiera en tiempos normales (falta de agua, energía eléctrica, condiciones mínimas edilicias, etc.) es importante destacar que hay un mínimo que todas las escuelas conservan para esta tarea que es la “normalidad educativa”, aquello de que el maestro le ordena el día al alumno: hagan una fila acá, te tomo la temperatura, pasen al aula por allá, sentate a distancia, ventilamos, no nos abrazamos, hoy vamos a aprender de qué se trata este virus, qué podemos hacer para combatirlo. Toda esta normalidad existe con sus matices y privar al niño/adolescente de esas cuatro horas que muchas veces tiene en su vida de ser atendido, registrado, capacitado e instruido (y ahora también testeado) es, en un contexto de pobreza, quitarle lo poco que le queda.

¿Dónde van a estar los chicos y chicas que no van al colegio cuando el colegio se cierra? Respuesta evidente y de sentido común: en la calle, juntándose con otros chicos en las plazas, canchas de barrio, en bares, juntados en las casas o cuidados muchas veces en grupos por niñeras buenas o improvisadas, ya que los padres deben seguir saliendo a trabajar imperiosamente.

Si tal circunstancia acontece fuera del horario escolar, los directivos también siguen receptando mensajes de familias y docentes y notificando la inmediata suspensión de presencialidad del aula burbuja en cuestión. Es decir que la escuela es un mecanismo de control exhaustivo y permanente para evitar el nivel exponencial del contagio y, además, como se debe dar parte diario o semanal a la autoridad educativa, lo extraescolar se convierte también en elemento de estadística y monitoreo del estado.

Esto se llama sistema educativo. Es costosísimo y durante casi dos siglos ha funcionado en Argentina -mejor o peor- con miles de edificios, su mantenimiento, inversiones en tiempos de pandemia, salarios docentes de gestión estatal y gestión privada, entre otras tantas cosas. Está ahí, solo hay que usarlo y ponerlo al servicio en esta emergencia y, de paso, aprovecharlo para seguir educando y así evitar daños irreparables a corto, mediano y largo plazo en los niños y jóvenes y, en consecuencia, en nuestra sociedad. Los colegios no somos parte del problema, sino parte esencial de la solución y no usar este costoso recurso termina siendo irracional.

El autor es el Director General del Colegio Patris de City Bell

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