Usted no es mi padre

El paternalismo implica poner al Gobierno en el rol de padre, es la pretensión o el intento de suplir las necesidades o regular la vida de una nación o comunidad de la misma forma que un padre hace con sus hijos

(Juan Mabromata/Pool via REUTERS)
(Juan Mabromata/Pool via REUTERS)

Norberto Bobbio se acerca más al oscuro fenómeno cuando afirma sobre el paternalismo: “Es una política social, tendiente al bienestar de los ciudadanos y del pueblo, que excluye la directa participación de los mismos. Es una política autoritaria y al mismo tiempo benévola, una actividad asistencial para el pueblo, ejercida desde arriba, con métodos puramente administrativos”.

El poder político siempre ha bregado por ocupar el rol de padre de sus ciudadanos. La absurda idea de que los ciudadanos necesitamos un Estado que nos tutele por nuestro bien persiste desde hace tiempo. Desde que la autoridad política emanaba desde el mismísimo Dios -cuya figura no casualmente también es la de un padre- hasta la del padre pretendidamente cool que tan solo busca darnos empujoncitos (nudges) para corregirnos -en la versión paternalista del Nobel Richard Thaler-, el Estado siempre ha coqueteado con la idea de ver a los ciudadanos como infantes y someterlos a un régimen de minoridad perpetuo.

El éxito del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil de John Locke, opacó su primer ensayo que tuvo como objetivo desmontar la acérrima justificación del Estado como un gran padre natural, que Sir Robert Filmer realiza en toda su obra y que se refleja sobre todo en su libro póstumo El Patriarca o el poder natural de los reyes. Filmer escribe que la potestad de los reyes se basaba en que todo rey pasado o futuro es descendiente directo de Adán, el primer hombre sobre la Tierra, y en consecuencia el Rey es una autoridad paternal, es el padre de los súbditos. “¿Acaso no encontramos que en toda familia el gobierno de uno sólo es lo más natural?”, dice el autor. La razón última de la legitimidad no parte entonces de lo que haga o no el monarca, ya que ningún grado de incumplimiento de sus presuntas obligaciones puede afectar la legitimidad de su gobierno, dado que el individuo ya nace sometido al poder real, como el niño nace sometido al paternalismo.

Locke se opondrá a la idea de que el rey es un padre para los súbditos y también dirá, de manera bastante moderna, que el poder paternal es en realidad poder parental (ejercido por padre y madre) y que las potestades parentales tienen sentido como contracara de los derechos del hijo -Bobbio señala que, con Locke, el derecho del padre pasa de estar primero, a estar segundo-. Locke desarma con precisión dos grandes ideas de la época: suponer que el poder paternal era irrestricto, haciendo del padre un rey y, sobre todo, confundir al poder político con el poder paternal, haciendo del rey un padre.

Mucho más acá en el tiempo, a principios de siglo el Nobel James M. Buchanan auguraba en un paper de alarmante título (Afraid to be free: Dependency as desideratum) que “aunque las ideas colectivistas han caído en el descrédito en todas partes, sobrevivirán y se extenderán en el nuevo siglo”. “Ese sombrío la perspectiva se avecina, no porque el socialismo sea más eficiente o más justo, sino porque cede el control de sus acciones hacia los demás les permite a las personas escapar, evadir e incluso negar responsabilidades. La gente tiene miedo de ser libre; el Estado se encuentra in loco parentis”.

In loco parentis es una locución latina que significa en lugar de los padres. Muchos ciudadanos tienen, como bien señala el economista de Virginia, una tendencia a requerir del Estado el trato que un niño espera de su padre y madre: que lo cuide, que lo guíe, que le inculque valores, que le diga qué hacer y qué no, que lo sostenga cuando le vaya mal y le diga que al final del día todo estará bien.

Esta idea es deprimente, pero ¿no es al menos parcialmente cierta? ¿No hay una confianza (¡un sentimiento!) en el Padre Estado? ¿No es nuestro miedo, acaso creciente, a las consecuencias de la libertad y el mercado lo que nos lleva a demandar políticas paternalistas? “El socialismo, como una ideología coherente, ha perdido la mayor parte de su atractivo. Pero en un sentido más amplio y en una perspectiva histórica integral, durante el transcurso de dos siglos, el Estado ha reemplazado a Dios como el padre-madre de último recurso, y las personas exigen que este papel de protectorado sea satisfecho y amplificado”, advierte Buchanan.

A los seguidores de corrientes liberales nos resulta chocante que la sed por mayor libertad no sea tan universal como suponemos y como la mayoría de nuestros autores asumen. Existe, mal que nos pese, una demanda de abajo hacia arriba de que el Estado nos guíe, cuide, reduzca incertidumbre y morigere el estrés de tomar decisiones y asumir costos de oportunidad. Esta demanda por paternalismo alimenta al siempre dispuesto ímpetu del burócrata por decirnos qué hacer. Win-win situation para ciudadanos con vocación de ovejas y funcionarios con vocación de pastores.

“¿Cómo es que obviamos la cuestión de la demanda?”, se pregunta Buchanan. Esta tendencia “ha sido relativamente descuidada tal vez porque los liberales hemos tratado de ver el panorama general”. “Han asumido que, siendo otras cosas iguales, las personas desean tener la libertad de tomar sus propias decisiones, de ser libres de coacción por otros pero no han hecho suficiente hincapié en el hecho de que la libertad conlleva responsabilidad. Y parece evidente que muchas personas no quieren asumir la responsabilidad final de su propio comportamiento. Muchas personas tienen miedo a ser libres”, dice.

En el medio, los liberales miramos preocupados. Si la responsabilidad individual pierde adeptos, la libertad correrá su misma suerte. No son pocos los ciudadanos que creen que vale la pena resignar libertad si al mismo tiempo se ven aliviados de un poco de responsabilidad individual. ¿Acaso en la idealización de la infancia, tan de moda, o en la supuesta sabiduría del niño interior no anida la añoranza de un tiempo en el que no había responsabilidades? ¿Acaso no son muchos quienes extrañan la época en la que tenían adultos que tomaban las decisiones difíciles por ellos, que se encargaban de solucionar los problemas que pudieran surgir?

Libertad sin responsabilidad. Ese parece ser el deseo. Y, si no se puede, que sea menos la libertad siempre que así bajemos la responsabilidad. Frente a esto, los gobiernos se frotan las manos.

Es en este sentido que Alberto Fernández puede decirle a la sociedad, con total desparpajo, que él se considera “el papá que le dice al nene que no se asome a la ventana, porque tiene miedo que se caiga”. Él es el padre que sabe mejor que los ciudadanos, siempre incapaces, irracionales, infantiles. Una cabal expresión de paternalismo que debería resultar insultante para todo adulto, en tanto adulto, sea cual fuera su paladar ideológico. Pero, como se ha dicho, acaso la mayor parte de la gente busca en el Estado justamente eso: un padre de reemplazo, un macho alfa a quien seguir, un dios pagano. Allá ellos.

Yo, liberal.

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