El dilema del avión sin combustible

Hay debates que necesitan salir del ruido ensordecedor de la politiquería más grotesca. Cuando se trata de la salud de la población, hay que pensar en políticas públicas de largo plazo que tengan el aval, el impulso y el consenso de una enorme mayoría

Un hombre internado por coronavirus en una sala de terapia intensiva (Foto: Franco Fafasuli)
Un hombre internado por coronavirus en una sala de terapia intensiva (Foto: Franco Fafasuli)

“Se debe ser más prudente, cuando el peligro es mayor; siempre se salva mejor andando con advertencia, porque no está la prudencia reñida con el valor”

Martín Fierro

Los modelos matemáticos aplicados a la epidemiología son una herramienta inestimable para comprender las variables que rigen la dinámica de una enfermedad: velocidad de la propagación, población potencialmente vulnerable, momentos de aceleración y ralentización de los contagios, condiciones que potencian la transmisibilidad, impacto de la vacunación en la evolución de la inmunidad definitiva, etc. En 1760, cuando la viruela causaba estragos en Francia, se recurrió a las matemáticas para intentar desentrañar la dinámica de la enfermedad en relación a los tratamientos médicos propiciados en aquella época. Las matemáticas aplicadas a la medicina, entonces, permitieron sistematizar y aportar un paradigma explicativo a variables aparentemente regidas por la sinrazón.

En el caso del COVID, los modelos matemáticos también aportaron elementos para prever la evolución de la tasa de contagio, el impacto en la mortalidad, la delimitación de la franja etaria más comprometida, los factores y contextos que favorecen la circulación viral y tantos otros elementos de interés para la optimización de las decisiones sanitarias. Con una salvedad: la complejidad de este virus novedoso para la Humanidad, sus veloces mutaciones y las sucesivas cepas se han convertido en un fenómeno extremadamente intrincado que ha impedido una correcta sistematización de las variables mencionadas. Es decir, las proyecciones sobre la evolución de la enfermedad se han vuelto imprecisas y falibles. Ello nos impide afirmar con contundencia si la enfermedad se apaciguará el próximo mes o si, por el contrario, seguirá creciendo. En términos prácticos esta incertidumbre nos lleva a formular la siguiente pregunta: ¿cuáles son las medidas sanitarias correctas para el mejor resguardo de la vida, la salud y la convivencia de nuestra propia comunidad?

Básicamente hay dos escenarios. El primero refiere a una baja de la tasa de contagios que lleva a liberar camas de terapia intensiva, mientras avanza la vacunación y la inmunidad se multiplica en la población.

El segundo escenario refiere a un aumento o amesetamiento de los niveles actuales de contagio, lo que nos llevaría en pocos días a la saturación de las camas de terapia (hoy casi agotadas en el AMBA) y la imposibilidad de dar tratamiento a los pacientes graves. Ello impediría la provisión de oxígeno a miles y miles de argentinos, generando situaciones dantescas de angustia colectiva, multiplicación de la mortalidad y un fuerte sentimiento de crujimiento de los lazos más sensibles de la vida en común. No hablo de una película de ciencia ficción sino de lo que ha sucedido en otros países no muy lejanos. Así las cosas, la falta de oxígeno tendría un profundo impacto tanto en el sistema de salud público como en el privado, afectando por igual a quienes carecen de obra social como a aquellos que tienen la cobertura más cara. El desborde de camas y la falta de oxígeno se llevaría puesta toda la capacidad de respuesta existente en el sistema de salud.

El país se enfrenta a un dilema similar al del piloto de avión que advierte el encendido de la luz roja de combustible. El avión está a medio camino y sólo tiene disponible la reserva. El piloto saca cuentas tratando de ordenar todas las variables: cantidad de kilómetros restantes para llegar a destino, velocidad del viento en contra, peso transportado en el avión, cantidad de litros de combustible consumidos en las distintas velocidades. Saca cuentas y concluye que puede llegar a destino haciendo un uso racional de cada litro de combustible restante. Claro está que esa compleja ecuación matemática no admite la aparición de ningún elemento imprevisto: un cambio repentino de los vientos, un congestionamiento del tráfico aéreo que dificulte unos minutos el aterrizaje, una lluvia inesperada, etc. ¿Qué debe hacer el piloto? ¿Seguir adelante hasta el aeropuerto de destino, jugando al azar la vida de los pasajeros que transporta? Si es la única alternativa, no hay discusión. Pero la pregunta es: si hay un aeropuerto alternativo a poca distancia, ¿no sería más prudente aterrizar, cargar combustible y luego retomar a todo ritmo el vuelo hacia el punto de destino?

Hay debates que necesitan salir del ruido ensordecedor de la politiquería más grotesca. Cuando se trata de la vida de las personas, de la salud de la población, hay que pensar en políticas públicas de largo plazo que tengan el aval, el impulso y el consenso de una enorme mayoría. La dirigencia tiene que actuar con lucidez, con grandeza y entendiendo que no hay margen para la especulación o el cálculo egoísta.

Cama de terapia intensiva
Cama de terapia intensiva

La pandemia tuvo consecuencias en lo económico y en lo social. Sucedió en nuestro país y en el mundo entero. Por eso es que surge la necesidad de ser cuidadosos con cada medida. Se ha construido una falsa antinomia que nos lleva a elegir infundadamente entre la salud y la economía, entre la vida y la apertura de actividades. Es una falacia, claro está. No hay economía que funcione en el marco de un sistema sanitario que se desborda. Es una verdad de hierro. La falta de camas en el sector privado de CABA genera derivaciones hacia el sistema público de la provincia, y viceversa, agotando la capacidad del sistema y generando un feedback positivo de consecuencias incalculables. Necesitamos tomar las decisiones correctas desde cada una de las jurisdicciones y hacer todos los esfuerzos necesarios para derrotar al COVID.

Si algo tiene de característico el COVID es su espíritu democrático e igualitarista. Golpea a todos por igual y no distingue clases ni condición social, llevándose por igual al presidente de un banco como a un humilde trabajador de la región más inhóspita. Necesitamos disminuir drásticamente el ritmo de los contagios, a la par que seguir adelante con el plan de vacunación.

Nadie sabe con exactitud el comportamiento del virus durante las próximas semanas. Como hombre de ciencia cuesta admitirlo, pues tenemos la necesidad de prever el curso de los acontecimientos y expresarlos en fórmulas precisas capaces de ser validadas en términos teóricos y empíricos. Pero no es el caso. Faltan herramientas para terminar de comprender el funcionamiento y la dinámica del virus.

Si la ciencia aún no puede aportar precisión irrefutable, no juguemos a la ruleta rusa con la vida de nuestros padres, de nuestros vecinos e incluso la propia. No convirtamos cada medida en una polémica interminable que exacerba los ánimos incomprensiblemente. Encontremos una medida sanitaria cuando aún estamos a tiempo de evitar un colapso posible, probable.

Resulta estremecedor escuchar políticos que hablan sin fundamento científico, afirmando dogmáticamente hoy lo que una semana más tarde desmienten con un fervor casi religioso. Atravesamos un cielo cargado de interrogantes y de desafíos. Vayamos entonces con cuidado, sin temeridad, manteniendo un rumbo cierto y con la tripulación plenamente consustanciada con el plan de navegación. El avión surca y transita distintas jurisdicciones que deben actuar mancomunada y armónicamente detrás de un objetivo común: hacer posible la llegada a destino. La torre de control del lugar de despegue y la torre de control del lugar de aterrizaje tienen cadenas de mando diferentes, pero un objetivo compartido. Así debiéramos actuar en nuestro país, entendiendo que más allá de las demarcaciones jurisdiccionales, la Nación es única e indivisible. Estamos cerca de derrotar este flagelo. El mundo fue capaz de desarrollar múltiples vacunas que en otros tiempos hubieran demorado años o décadas en aparecer. La capacidad de respuesta, pese a las pérdidas irreparables, ha sido importante. En nuestro país, con las carencias estructurales que todos conocemos, tuvimos una respuesta que en términos sanitarios sigue siendo eficaz, si consideramos que hemos logrado evitar el colapso del sistema de internación. No estoy jactándome de nada, pues cada persona fallecida es única, irrepetible y condensa una tragedia inenarrable. Simplemente pretendo señalar que debemos seguir cuidando a nuestro sistema sanitario si queremos preservar la vida y la salud de nuestros compatriotas.

La palabra dirigente viene del sufijo di (lo opuesto, lo contrario, lo diverso) y la voz regente (regir, gobernar). Un dirigente es entonces quien puede regir, ordenar, conducir y sintetizar con un sentido de unicidad y armonía aquellos elementos contrarios, diversos y heterogéneos. Un dirigente sintetiza y no divide, armoniza y no desordena.

Es por eso que la política tiene la función de organizar y ordenar, construyendo reglas claras, conocidas por todos, evitando la confusión y la superposición de disposiciones excesivamente detallistas que se desvirtúan en su aplicación práctica. Es difícil decir las escuelas no y las ferias sí, a la noche no y al mediodía sí. Las medidas parciales terminan superponiéndose como parches mal zurcidos, generando en el tiempo negatividades que se tornan disfuncionales. Es necesario una medida que nos permita ganar tiempo, descomprimir el sistema de salud, liberar camas y avanzar en la inmunización vía la aplicación ininterrumpida de vacunas. La contundencia de la medida evitaría discusiones sobre el sentido de restringir esto sí y aquello no, pero además nos permitiría saber de antemano una fecha de inicio y una fecha de finalización precisa y concreta. Los cirujanos preferimos muchas veces una sola intervención de magnitud, pero precisa, certera y con resultados contundentes, que múltiples tratamientos clínicos que terminan generando más dolor y que resultan finalmente menos eficaces.

No pretendo eludir el justo reclamo referido a la cuestión económica. Pero entiendo, también, que hay vasos comunicantes entre lo sanitario y lo económico y social. No es posible una economía vigorosa y dinámica sobre la base de una sociedad estallada en términos sanitarios. Muchos países eligieron la opción de resguardar la economía, en la idea de que su desmoronamiento causaría daños más importantes que los generados estrictamente por el COVID. Sin embargo sucedió todo lo contrario. Ese camino destrozó la economía y se llevó muchísimas vidas humanas. El resultado fue negativo desde cualquier punto de vista. Es muy interesante leer a Laura Carvalho, economista brasileña, que ha escrito y desarrollado esta temática.

Si desde lo sanitario es necesario un período de mayores restricciones, desde lo económico necesitaremos una firme orientación para solucionar la dinámica de los precios, la recomposición de salarios y una puesta en marcha de inversiones dirigidas a lo productivo. Todos sabemos que luego de la Segunda Guerra Mundial vinieron los 30 años “dorados” del capitalismo, cuando el consumo se multiplicó, alentado por el surgimiento de los Estados de Bienestar, generando un enorme salto en la calidad de vida de vastos sectores de la población mundial. Hay que pensar la post-pandemia que está próxima y la necesidad de salir velozmente con un Estado presente, inteligente, capaz de colocar los cimientos de la Argentina que vendrá. El piloto automático no funciona para abordar la pandemia, y tampoco funciona para solucionar lo económico y lo social. Necesitaremos claridad de objetivos, decisiones firmes, políticas públicas vigorosas y un despliegue de la estatalidad en función de poner en marcha un enorme plan de reconstrucción nacional.

El 28 de noviembre de 2016 un avión transportaba hacia Medellín al plantel de fútbol del club brasileño Chapecoense para disputar contra Nacional el partido de ida de la Copa Sudamericana. Durante el viaje se encendieron los sensores que indicaban falta de combustible. El aeropuerto de Bogotá estaba cerca y era posible aterrizar allí. La decisión fue continuar hacia Medellín para evitar contratiempos y desechar un aterrizaje alternativo. Hicieron cálculos y parecía que llegaban con lo justo. El partido nunca se jugó. El avión no llegó porque se estrelló a 13 kilómetros del destino final. Casi llega. Casi.

Y el hecho quedó grabado en la memoria como un triste ejemplo de lo que somos capaces los seres humanos cuando elegimos improvisar, jugando a los dados y desafiando al azar mientras apostamos vidas propias y ajenas.

SEGUIR LEYENDO: