Necesitamos superar ambas opciones del fracaso

Durante los últimos 45 años todo fue fracaso. Muy poco es digno de ser recuperado, y ese poco esta diseminado entre las distintas experiencias

Alberto Fernández (Presidencia)
Alberto Fernández (Presidencia)

En ese espejo a veces deformante que es la televisión, cada tanto encontramos diálogos que nos resultan llamativos, que se constituyen en imágenes de una sociedad que fuimos y que hoy nos cuesta recordar. Alguna vez hubo diálogo entre gobierno y oposición o, mejor dicho, entre un periodista del campo opositor y un funcionario. Sentir asombro por que esto haya sucedido es la medida de nuestra actual insensatez, de nuestra impotencia para convivir en democracia. Extemporáneos a tristes y aburridas mesas donde se juntan los que piensan igual para competir en la acusación al responsable de todos los males: unos atacan a Macri y otros a Cristina pero el modelo es el mismo, sólo cambia la imagen del reo. Algún avispado inventó el mote de “periodista militante” como sofisticada manera de expresar “rentado”. Muchos están convencidos, otros se convencen, la pregunta de fondo es ¿Qué le aportan a la democracia? Nada. Los odiadores del pasado reciente como los del presente confuso, se copian, imitan, reiteran, con un fanatismo y una agresividad que poco y nada se corresponde con la debilidad de sus convicciones y mucho menos, con la fragilidad de las causas en juego. Quizás sea eso lo que los obliga a exagerar, un odio fuerte para cubrir la flojedad de las difusas ideas que abrazan. Y se les nota, cuando el agredido se defiende ambos desnudan una bronca que aspira a ocupar el lugar de una propuesta. Acusan con decisión y reiteración, proponen poco para sustituir lo que denuncian. Se trata de una tragedia a dos voces, unos que defienden dogmas golpistas de ayer y los otros que repiten delirios. Dos variantes del éxito que agreden al resto de la sociedad. Se achacan delitos como si alguno estuviera libre de pecado y en condición de arrojar la primera piedra. Mientras tanto, deuda y miseria son las únicas cifras que crecen marcando el hundimiento colectivo.

El gobierno había batido récords de cuarentena, falencia en la compra de vacunas y daño excesivo en la educación. Inmovilizados y sin clases presenciales batimos tristes récords sin logro alguno. Cada vez que nos quisieron comparar con otra sociedad debimos retroceder carentes de verdad y de razones sostenibles. Existen sindicatos docentes que se convierten en más importantes que la urgencia de educar. Hasta hace tan solo cinco décadas fuimos dignos de imitación y admiración, hoy damos pena, quienes nos gobiernan nada aprendieron de nadie, ni del peronismo al que dicen pertenecer ni del progresismo que creen representar. Con la eliminación de las clases presenciales definen hoy un trágico proyecto que no solo degrada el presente, sino que además nos deja carentes de futuro. Los números de la pobreza hacen de la educación el único recurso integrador. La educación pública, ese pilar de nuestra sociedad que durante décadas nos llenó de orgullo, hoy termina expulsando hacia la enseñanza privada a demasiados, hasta a los solventes que ayer se jactaban de recibir lo público y que en el presente intentan desesperados huir de esa trampa.

Necesitamos superar ambas opciones del fracaso, no tenemos en los últimos cuarenta y cinco años logros de ningún tipo, gobiernos que nos hayan beneficiado y merezcan en consecuencia ser convertidos en fuerza política. Todo fue fracaso, muy poco digno de ser recuperado, y ese poco esta diseminado entre las distintas experiencias.

Debemos, necesitamos refundar la política, superar esta concepción tribunera que hoy nos enferma. El Gobierno no logra entender el momento, la crisis en que estamos inmersos. Sus últimas medidas no encuentran solidaridad ni de sus propios gobernadores, quedan como oscura muestra del conflicto con la Capital, triste y absurda concepción de la política como eterna necesidad de un enemigo. Las crisis exigen talento y grandeza y suelen dejar al desnudo su ausencia.

Agoniza un derrotado pasado que es presente, no asoma todavía la opción que nos permita recuperar la esperanza. No surgirán líderes, no los hay, solo tenemos a nuestro alcance la construcción de un grupo que nos devuelva el imprescindible sueño del futuro. Cuando no hay esperanza no hay vida, estamos obligados a gestar una opción, una salida a este laberinto de la nada que habitamos. Podemos, debemos, no hay otra salida. Recordando a Ortega y Gasset, “argentinos a las cosas”.

Y transitar el más complejo de los desafíos, gestar una alternativa y defender la democracia. La mediocridad gobernante lo vuelve complejo, es entonces cuando debemos apelar a la madurez y lograr el milagro de sostener las instituciones pese a los errores actuales a partir de la opción futura. Es necesario, es difícil, es posible y no hay otra salida. Mientras no surja una opción de esperanza no tiene sentido la crítica. Sepamos gestar la salida, la historia nos invita y nos obliga. Hay una sola manera de defender las instituciones y pasa por recuperar una opción de futuro.

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