Encrucijada ideológica terminal

Populismo y nacionalismo se mezclan hasta confundirse, ya que son parte inescindible de la mancha totalitaria que se expande en nuestros tiempos. Sin embargo, el liberalismo está emergiendo con inusitado vigor y fuerte pragmatismo en este nuevo milenio

Residiendo en el puerto de Valparaíso, Alberdi tomó conocimiento de que Urquiza había sepultado la tiranía rosista en la batalla de Caseros el 3 de Febrero de 1852. Profundamente conmovido y eufórico por este nuevo escenario político escribió en pocas semanas de afiebrado trabajo nocturno, su obra más conocida: “Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina”, y al año siguiente publicó su nuevo libro, el “Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina”. Todavía nuestra Nación se encontraba dividida, con sede gubernativa en la ciudad de Paraná y la poderosa y secesionista provincia bonaerense, con su gobierno establecido en la ciudad de Buenos Aires.

En la Introducción de este último libro, el autor indica que “la Constitución Federal Argentina contiene un sistema completo de política económica, en cuanto garantiza, por disposiciones terminantes, la libre acción del trabajo, del capital y de la tierra, como principales agentes de la producción. Ratifica la ley natural de equilibrio que preside el fenómeno de la distribución de la riqueza y encierra en límites discretos y justos los actos que tienen relación con el fenómeno de los consumos públicos…”

Corolario necesario del derecho al trabajo son la libertad personal, opuesta al trabajo esclavo y la igualdad de derechos. El gran tucumano considera que el derecho al trabajo está íntimamente ligado al derecho que tiene su titular de usar y gozar de su producido, lo cual los transforma en un solo derecho, considerado bajo dos facetas inescindibles. Con meridiana claridad explica que “garantizar trabajo a cada obrero sería sin embargo tan impracticable como asegurar a todo vendedor un comprador, a todo abogado un cliente, a todo médico un enfermo, a todo cómico un auditorio por más mediocre que sea. La ley nunca podrá tener ese poder, porque otorgaría a unos lo que quitase a otros, repugnando al sistema de libertad y de propiedad consagrado en la Constitución”. La mayor sabiduría de la Constitución está en haber hecho del trabajo y de la industria particular, un derecho civil común a todos sus habitantes.

En definitiva, las democracias como hijas directas del extraordinario legado de la Ilustración, teniendo en cuenta el ideario liberal representado en su génesis más profunda, o sea el respaldo ideológico a la República manifestado por la tolerancia, el pragmatismo y el pluralismo político, donde las ideas sociales y políticas diferenciadas, incluso las opuestas, pueden coexistir y competir por el poder político siempre sobre la base innegociable de los principios fundamentales del liberalismo, que incluyen además, el libre albedrío, el racionalismo y finalmente, el rechazo a todo dogma.

En la vereda opuesta se encuentran el marxismo y el nacionalismo. En estas breves líneas haremos una breve referencia a esta última doctrina a la cual Norberto Bobbio, eminente filósofo, jurista y politólogo italiano, manifestaba “detestar con toda su alma”. Con esta afirmación es posible introducirse en una de las problemáticas más relevantes del nuevo milenio, cuando presenciamos un resurgimiento de formas inéditas de racismo que pensábamos definitivamente sepultadas en 1945 con la derrota incondicional del nazismo y el suicido del gran responsable del Holocausto, Adolfo Hitler. Este renacer de las ideas totalitarias, compartidas sin excepción por el marxismo, las podemos condensar en: xenofobia, fundamentalismo, esencialismo y exclusión, con el agravante que los ideólogos del nacionalismo vernáculo se encuentran camuflados con seudo tintes conservadores y peor aún, tratan de infiltrar al sistema liberal, que se basa en la efectiva división de poderes, la plena vigencia de los derechos individuales, todo ello enmarcado en sólidos estados de derecho.

Por lo tanto resulta necesario construir enfoques alternativos para analizar estos viejos-nuevos problemas. El oscurantismo que representan los dogmas, herencia de la siniestra Edad Media y su correlato, las verdades absolutas y el fanatismo están en la base de las distintas formas de segregación que se desarrollan en nuestros tiempos. Estas exclusiones hoy constituyen nuevas formas de autoritarismo, tanto la segregación y la discriminación como el racismo y la marginación representan formas extremas de intolerancia cultural. Con el término “racismo” se hace referencia a un conjunto de teorías y comportamientos fundados en una doble suposición: 1) que las manifestaciones culturales y las acciones históricas de los hombres dependen de la raza, y 2) que existe una raza superior a la cual corresponde la función de dominio sobre otras razas inferiores, es decir, el resto de la humanidad.

El racismo, reflotado ahora como supremacía blanca, en cuanto comportamiento, se funda en exigencias de naturaleza irracional, se basa en esquemas mentales patológicos, rígidos, propios de sicópatas. En este escenario, la abominable discriminación y segregación de individuos y grupos sólo por el simple hecho de pertenecer a una determinada categoría social, religiosa, lingüística o étnica, se asocia indisolublemente a la exclusión y al rechazo de la alteridad.

Vemos entonces que populismo y nacionalismo se mezclan hasta confundirse ya que son parte inescindible de la mancha totalitaria que se expande sin solución de continuidad pues representan el producto de las mismas desventuras del lenguaje y de las pasiones humanas, los mismos vergonzosos derivados de términos nobles: ciudadanía y Nación. A partir de fines del siglo XVIII, la Nación y el pueblo han sido sinónimos para los fundadores de los regímenes representativos de los que han surgido las actuales democracias y lo siguen siendo en la medida en que las dos nociones modernas de “nacionalidad” y de “ciudadanía” se vinculan necesariamente al principio de la “soberanía popular”. De ahí se concluye necesariamente que el oprobio que pesa tanto sobre el populismo y nacionalismo se justifica respecto de las mismas manipulaciones del discurso político.

La explicación que apreciamos es simple: el nacionalismo no entiende razones porque no es una doctrina racional sino una ideología sustentada en las raíces más primitivas de lo humano: el instinto gregario, el odio a los que no piensan como ellos, a los que tienen otra lengua, otra religión, el miedo a la libertad, a la responsabilidad que conlleva la soberanía individual. Esa es la razón por la que algunos aprendices de políticos que se esconden generalmente bajo las máscaras rimbombantes de grandes pero fracasados estrategas, son seres hambrientos de poder para usufructo personal, que ven confabulaciones y campañas permanentes contra ellos, demostrando sin dudas serios desequilibrios sicológicos y se valen de ideologías no democráticas para alcanzar sus fines: se trata de un material combustible que puede peligrosamente arrasar fácilmente las defensas racionales de una comunidad determinada.

Sin embargo, el liberalismo está emergiendo con inusitado vigor y fuerte pragmatismo en este nuevo milenio ya que es presente y, fundamentalmente, futuro, siendo nuestro mayor desafío regarlo con auténtica pasión para que florezca definitivamente y vuelva con energía renovada para felicidad de todos los habitantes del planeta.


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