La aplicación de la vacuna contra el COVID debe cumplir con el criterio de igualdad

A la hora de definir quién recibe la inmunidad contra la enfermedad se ignora deliberadamente una de las más básicas e intuitivas reglas de convivencia

Una enfermera prepara la dosis de la vacuna Sputnik V
Una enfermera prepara la dosis de la vacuna Sputnik V

La pandemia a puesto a prueba al planeta. Lo que hasta aquí era habitual sufrió una embestida y el mundo encara ahora el desafío de revisar sus paradigmas, para validarlos o reemplazarlos por otros.

La historia se sigue escribiendo. Este capítulo no ha concluido aún. La ciencia no ha dado su veredicto. A menudo se descubren aristas inusuales de este fenómeno que ha alborotado la dinámica de la rutina global.

La aparición de una crisis, de un evento inusitado, de una catástrofe, ofrece siempre la ocasión de buscar soluciones o maneras de mitigar el impacto invitando a un aprendizaje que sea de utilidad para el próximo reto.

Mientras los mejores, estudian con dedicación el modo de superar este escollo, investigan con ahínco las alternativas óptimas, intentando cometer menos errores para encontrar la salida mas eficiente, otros claudican sin recato alguno mostrando su peor costado.

En este contexto un espectáculo patético se asoma. Cada vez con mayor descaro, en sociedades ya degradadas éticamente que confirman su decadencia, aparecen personajes que reclaman privilegios para si mismos y sus pares, haciendo gala de una desfachatez de magnitudes inigualables.

Explican con absoluta insolencia que “ellos” son indispensables para la comunidad y que todos los demás deben ceder su lugar para que los “esenciales” puedan vacunarse cuanto antes.

La carencia de suficientes vacunas complica el panorama. De hecho, esta inaceptable circunstancia quizás no existiría si todos pudieran acceder a sus dosis en un plazo acotado. La escasez ha dado nacimiento también a estas mezquinas actitudes por parte de tantos.

Lo que indigna, adicionalmente, es que recurren a prerrogativas de origen corporativo. La pertenencia a un grupo determinado es el argumento usado para “adelantarse en la fila” olvidando el criterio de la igualdad ante la ley e ignorando deliberadamente las mas básicas e intuitivas reglas de convivencia.

Lo paradójico es que los “voceros” de esta prédica, se han multiplicado. Primero fueron los trabajadores de la salud, luego los de la seguridad, continuaron los docentes y ahora se suman a mansalva otras actividades como la de los camioneros o los periodistas, entre tantos otros.

Cada uno de ellos explica pormenorizadamente cuan vital es su labor y justifican su supuesta preponderancia amparados en su elevado nivel de exposición sanitaria y la imposibilidad de suspender sus tareas.

Parecen olvidar que el resto de los mortales también debe ganarse el pan y que se exponen a diario al mismo peligro sin “protectores” calificados que los representen. La diferencia entre unos y otros es que las asociaciones son protagonistas del sistema y el resto de los ciudadanos no integran ninguna organización que los aglutine.

Sin duda alguna, la peor de todas es la casta política. Ellos son los que dictan las reglas erigiéndose como “juez y parte”. Sin pudor alguno dictaminan, gracias al poder delegado por los votantes, que son ellos los prioritarios y que deben salvarse antes qué sus representados.

Se condena a un anciano a padecer esta enfermedad para vacunar a un maestro o un chofer joven
Se condena a un anciano a padecer esta enfermedad para vacunar a un maestro o un chofer joven

Una lógica nefasta se impone. Sin empatía y un incomprensible egoísmo los cobardes integrantes de una corporación demandan a sus líderes que gestionen una prebenda, un atajo hacia la inmunización, a sabiendas que así dejan sin cobertura a personas de genuino riesgo, de edad avanzada, inmunodeprimidos, con comorbilidades cuya probabilidad de muerte es superior a la de cualquiera de los descarados que pretenden aventajarlos.

Han quedado al descubierto. Su discurso hipócrita ha chocado con la realidad. Se han llenado la boca por décadas promoviendo la solidaridad y la importancia de pensar en el otro, aduciendo que no tiene sentido el progreso sin una mirada social que contenga a todos sin embargo frente a la emergencia apelaron al “sálvese quien pueda”.

Ese individualismo que tanto critican y atribuyen a sus adversarios ideológicos es el que hoy aplican aplastando a los demás y enrostrándoles la influencia política que han logrado construir para sacar provecho ahora.

Los que aceptan mansamente este presente, los más pasivos, esos que se han resignado ha dejar su legítimo lugar en manos de estos canallas sin corazón, también tienen una cuota significativa de responsabilidad.

Admitir este atropello de las mafias locales con un silencio cómplice o, peor aun, sumándose a la corrección política de esa perversa narrativa utilizada por los crápulas que hablan de salud y educación como sus banderas desconociendo que eso tiene sentido solo si la gente sobrevive a este flagelo, implica también someterse a sus inmorales determinaciones.

Condenar a un anciano, frágil y pobre a padecer esta enfermedad arriesgando su vida siendo que los expertos demostraron las altas tasas de letalidad en ese rango, para vacunar a un maestro, un chofer o un periodista joven es no solo un despropósito sino una inadmisible actitud sobre la que la gente de bien debería reflexionar y actuar con premura.


(*) El autor es consultor en Comunicación y presidente del Club de la Libertad