Las instituciones y las leyes de la confrontación

El desafío está más allá de la pequeñez de la grieta. Si se imponen los que no le tienen miedo a la foto ni a la postergación, los que hacen política, habrá futuro

Máximo Kirchner, Sergio Massa, Eduardo de Pedro, Axel Kicillof y Cristian Ritondo
Máximo Kirchner, Sergio Massa, Eduardo de Pedro, Axel Kicillof y Cristian Ritondo

Algunos integrantes de la oposición visitaron la Casa de Gobierno, hubo una foto y varios “periodistas militantes” del campo opositor denunciaron que habían caído en una trampa. ¿Cuál sería la trampa? Pareciera que la foto refleja una democracia inexistente, eso es cierto, lo cual no limita el valor del gesto que serviría a la mejora del diálogo entre adversarios. Claro que, si se percibe al otro como simple enemigo, se elimina el valor y el sentido de los gestos.

Luego el Gobierno intenta postergar por algún tiempo las elecciones, debatir por la pandemia la vigencia de las PASO y todo dentro de la lógica democrática, aparentemente sería por fuera de las leyes de la confrontación.

Es complicado entender a veces al Gobierno y otras, a la oposición ya que en nombre de las instituciones se busca instalar normas que transitan muy por fuera de las mismas. Vieja propuesta, todos los golpes derrocaron la democracia en nombre de las libertades, el pluralismo y todo aquello que se ocupaban en destruir. Y siguen las firmas -basados en la más absoluta convicción que comparto- asegurando que el Gobierno no tiene posibilidades de mejorar la economía, con esa señal quieren impedir que postergue las fechas.

El Gobierno lo explica basado en un hecho real que es el contagio y en cierto absurdo como la espera de mejoras mientras que la oposición se niega a aceptarlo aun cuando, de ser coherentes, ganarían votos con la postergación. Si están realmente convencidos que la economía empeora, la oposición sería beneficiada. El Gobierno necesita seducir, sin embargo, el nuevo ministro de Justicia es sólo digerible por fanáticos, pareciera que les sobraran los votos.

La Casa Rosada se interesa mucho más en la Justicia, problema de la dirigencia, que en la economía, problema del ciudadano. Espanta por igual a peronistas y a votantes mientras la oposición se ocupa de expulsar el sentido común, ambos apuestan a los halcones.

Algunos peronistas en nombre de “la República” invitan a construir una alternativa en la oposición, como si encontraran en ella supuestas virtudes que el Gobierno no supo desplegar. Conclusión, el peronismo sería republicano si se pasa al campo opositor porque la situación de los políticos es tan dependiente del sostenimiento económico que sólo pueden oficiar desde uno de los dos sistemas instalados, gobierno nacional o alternativa provincial. La idea de una síntesis superadora no existe hoy en el horizonte de una dirigencia que efectivamente, se ha vuelto absolutamente profesional. Sin cargos no hay propuestas, sin nombramientos a la vista no existen posibles militantes.

La modernidad impone criterios, si uno imagina tener algo que decir y proponer, la pregunta de rigor surge en el acto, “quién te financia”. Esa simple pregunta contiene la negación del idealismo que debe llevar toda propuesta pensada para cuestionar el orden instalado. Se discute con pasión el pasado tratando de aplicar los mismos tristes criterios que al presente, algunos reivindican la guerrilla desde unos supuestos derechos humanos que jamás pensó respetar y otros, el mismo golpe de Estado, desde una propuesta económica que solo trajo pobreza y una enorme distancia injusta y perversa entre vencedores y vencidos.

Hace décadas que sufrimos la inflación, pero sólo desde las privatizaciones se impulsó el endeudamiento. Ambos males son esencialmente diferentes y el absurdo supuestamente ideológico de “terminar con la sustitución de importaciones” sólo genera deuda y es sostenible mientras aquellos que se enriquecen intermediando o vendiéndonos sientan posible el acto de financiarnos la demencia. Cada quién puede comprar aquello que está al alcance de sus recursos, luego estará obligado a generar su propia riqueza, no se inventó el supuesto “milagro del mercado” que nos permita adquirir aquello que no estamos en condiciones de financiar.

La destrucción de nuestro sistema productivo y las privatizaciones, ese invento liberal que surge en la dictadura y se continúa en democracia, es insostenible. Solo habrá salida si reconstruimos un Estado que financie la iniciativa privada de los pequeños y medianos productores y ponga un límite al poder financiero que hoy es demasiado más poderoso que el mismo poder político.

El error del Gobierno es proponer un ministro de Justicia que pretenda manejar aquello que esencialmente debe ser libre. El error de la oposición es creer que tener diálogo es caer en la trampa o ejercer una traición. El error de quienes dicen gestar el peronismo republicano es hacerlo bajo el paraguas y la financiación del adversario, como si para rescatarlo hubiera que convertirlo en una simple columna del ejército enemigo. Pasarse de bando con armas y bagajes, que de eso se trata.

El desafío está más allá de la pequeñez de la confrontación, la denominamos grieta o propuesta de guerra civil. Si se imponen los que no le tienen miedo a la foto ni a la postergación, los que hacen política, habrá futuro. Cuesta entender si quien más se equivoca es el Gobierno o la oposición, sólo podemos medir la dimensión de la desesperanza, esa expresión ineludible de toda dirigencia política que se ha transformado en triste burocracia.

Sin síntesis superadora no hay patria, sin convivencia democrática no hay destino. Repetirlo puede resultar reiterativo, asumirlo debería volverse imprescindible. El futuro común está más allá de gobierno y oposición, el surgimiento de lo nuevo es el único desafío válido, lo demás ya sabemos de qué se trata. Solo la denuncia y la provocación convoca audiencia y la consecuencia es tan solo el disfrute del vértigo de la caída. Asumamos que las consecuencias son dolorosas. La sensatez es menos seductora pero permite mejorar. Deberíamos ingresar al aburrido espacio de la cordura. La necesidad que tiene cara de hereje nos lo está imponiendo.

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