Los desafíos de la Argentina y el rol de los intelectuales

Sin un claro entendimiento respecto a lo que está sucediendo y el esfuerzo necesario para imaginar posibles salidas estaremos por siempre condenados a vivir en la inmediatez

Beatriz Sarlo
Beatriz Sarlo

Como resultado de las denuncias de Beatriz Sarlo sobre el programa de vacunación, comenzó a discutirse el rol de los intelectuales. Mi primera reflexión sobre el tema es que este rol es muy limitado. Hay intelectuales, pero son pocos y carecen de la influencia que tuvieron en el pasado.

¿Porqué? Planteo algunas hipótesis. La primera es el crecimiento de la hiperespecialización en la academia. La tendencia a subdividir al infinito las temáticas de estudio promueve la aparición de especialistas capacitados para resolver problemas específicos, pero sin la voluntad (y muchas veces la capacidad) para analizar a su sociedad y lo que sucede en el mundo. En las universidades no se suele premiar a quienes hablan sobre “generalidades” y menos si lo hacen en los medios de comunicación o a través de las redes sociales.

A este fenómeno debemos sumarle la cultura de lo políticamente correcto. Esta impone restricciones a la libre expresión debido al temor que genera el posible ostracismo académico y social que sufrirán aquellos que se expresen de forma distinta a lo que establece la norma. Como consecuencia, en numerosos países comenzamos a observar una menor diversidad de ideas.

Por supuesto, esto no significa que no existan académicos capaces de influir en el debate público. Algunos de ellos son Thomas Piketty, Francis Fukuyama y Yuval Noah Harari, pero ninguno ejerce la influencia que en su momento tuvieron pensadores como John Maynard Keynes, Milton Friedman o Max Weber.

Tampoco encontramos grandes novelistas capaces de utilizar la ficción para retratar a sus sociedades, como hicieron Honoré de Balzac a principios del siglo XIX y Mario Vargas Llosa en los 1960, o los conflictos existenciales que enfrentan los individuos, como hizo en su momento Fiódor Dostoievski. Una excepción es la de Michell Houllebecq, novelista francés que además de sus cualidades estilísticas ha logrado describir al individuo actual y cuestionar algunos aspectos de la vida contemporánea.

La política tampoco parece promover el pensamiento estratégico. Tomemos el caso del conservadurismo. Hace algunas décadas sus gobiernos contaban con figuras como Charles de Gaulle y André Malraux. Hoy los conservadores populares, que lideran numerosos países, ya no cuentan con esta riqueza intelectual. Algunos de ellos incluso denuncian el trabajo intelectual de los especialistas. Asimismo, algunos sectores de la izquierda no parecen valorar la libre discusión de ideas y han optado por imponer su agenda tanto dentro de las instituciones culturales (universidades, medios de comunicación, etc.) como en la sociedad. Dado este panorama, no debe sorprendernos el empobrecimiento del debate político.

En el caso de nuestro país, a los desafíos ya descritos debemos sumarle el hecho que los intelectuales argentinos suelen limitarse a opinar sobre temas de coyuntura. Carecen del espacio o de la voluntad para plantear un análisis crítico sobre las causas de nuestra decadencia y los caminos que podríamos tomar para revertirla. La mayoría son seguidores, no líderes. Esto último claramente contrasta con lo que sucedió en otros períodos de nuestra historia.

Recordemos a Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi. Sin sus escritos difícilmente hubiese existido la generación del 80, principal responsable de transformar a la Argentina en un país avanzado. Más recientemente, Juan Domingo Perón y Arturo Frondizi también se tomaron el tiempo para reflexionar (y escribir) antes de actuar en política. Sabían que, sin una clara visión de país, el accionar de cualquier político puede volverse errático y carente de rumbo.

Los desafíos por delante son enormes. Entre estos se encuentran los conflictos geopolíticos y la ansiedad que genera en millones de individuos los cambios de valores (en algunos casos positivos, en otros preocupantes) y las nuevas formas de trabajo. Sin un claro entendimiento respecto a lo que está sucediendo y el esfuerzo intelectual necesario para imaginar posibles salidas estaremos condenados a vivir en la inmediatez. ¿Cómo producir este cambio? En parte creo que la respuesta se encuentra en el pluralismo y en el respeto por quienes piensan distinto.

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