La maestra como malabarista

La complejidad que atraviesan los docentes que dan clases en pandemia

EFE/Alberto Valdés
EFE/Alberto Valdés

Está parada frente a la escuela, mirando y morando en ella. Se siente como el malabarista que está en la esquina, quien juega con palos con fuego el tiempo que el semáforo está en rojo. Ella se deleita frente al espectáculo de un minuto, pero, a veces, en sólo un instante, los palos se escapan de las manos del artista y caen al suelo; entonces, los levanta y “se levanta” para empezar de nuevo.

Así está ella hoy, como el malabarista que vuelve a juntar y juntarse para la próxima escena, con el fuego aún en llamas, es decir, con las mismas ganas que tenía cuando se recibió, con la misma pasión que enciende año a año, pero, a su vez, rearmando la acción en otras condiciones, las actuales, que la hacen posicionar de otra forma. Como el hábil artista, quien sabe que si se cansa, tendrá que buscar otras estrategias para lograr los mejores resultados, pone el cuerpo a cada momento para que un otro, los niños y niñas que tiene en su aula, disfruten del espectáculo.

La pensadora brasileña Suely Rolnik refiere a Penélope y Ulises como las dos caras de un espejo: la de la eterna permanencia y la del eterno retorno o huida. Un siempre irse para volver y un siempre estar para añorar. Cada uno de ellos hace puerto en la figura del otro sin poder salir de la simbiosis que provoca este doble juego. En esta metáfora, ninguno, ni el que se va ni el que se queda, puede armar otro juego. Están atrapados en un territorio eterno y padeciente.

Sin embargo, huir no es la salida a esa encerrona. Podríamos confiar en Deleuze, quien propone líneas de fuga, aquellas que permiten salir de un territorio saturado de sentido, opaco, cerrado, aquellas que ayudan a desterritorializar. Y, a diferencia del movimiento de la huida que no arma nada excepto el ya no estar, la fuga será en pos de un nuevo territorio; territorio que seguramente en algún momento también se saturará pero mientras tanto funcionará como refugio o como amparo.

Ese es hoy el terreno fangoso donde se encuentran maestros, maestras y profesores de niños pequeños, de adolescentes agobiados por los males de época o de adultos que buscan en una carrera una luz esperanzadora; así están los docentes que ponen a prueba todos sus saberes, que intentan lo nuevo y aprenden de sus fallidos, quienes son cuestionados por querer dar clases presenciales o por elegir cuidar al otro y defender la virtualidad.

Ya no hay certezas, pero muchos no lo saben. No lo saben los padres y madres que insisten en dejar a sus hijas e hijos en la puerta de la escuela como si allí se les garantizara el saber en su totalidad, ni siquiera lo saben los maestros y maestras que creen y confían en la escuela como espacio de aprendizajes múltiples, pero también como lugar riesgoso para la salud comunitaria.

En ese marco, en esa confusión que nos embarga a todos y todas, es necesario romper con algunas certidumbres, la de creer que el trabajo y la institución escolar siguen siendo los organizadores de la vida cotidiana de la sociedad, por ejemplo. La pandemia global desbarató hasta lo más rígido y certero y nos dejó a la intemperie con muy pocas convicciones y muchas dudas.

Quizás se trate de pensar otras formas de vivir, de organizarnos y rearmarnos de manera diferente como comunidad. Quizás se trate de ir escribiendo cada uno su propio mapa o de andar caminos de acceso a experiencias que habiliten, que rompan con viejas estructuras y sean el clivaje para nuevos modos de estar en el mundo, de pensar en un nuevo Nosotros, a sabiendas que la tarea es solitaria, aunque no desolada porque siempre habrá alguien que nos ayude a encender el fuego.

La autora de doctora Ciencias de la Educación y profesora universitaria