Aporofobia argentina: el rechazo a los pobres y la ruleta rusa de la vacunación

El escándalo por la inmunización de los amigos del poder es sólo un indicador más de la degradación moral de nuestros dirigentes

Cristina Kirchner al recibir la primera dosis de la vacuna Sputnik V (Twitter: @CFKArgentina)
Cristina Kirchner al recibir la primera dosis de la vacuna Sputnik V (Twitter: @CFKArgentina)

La respuesta a la pandemia fue en 2020 todo un desafío para los liderazgos políticos. En 2021 las consecuencias de las decisiones tomadas en el pasado nos colocan frente a una maratón dolorosa de problemas por resolver.

El “vacunagate” fue un duro golpe en la cara para todos y todas, con graves consecuencias que se verán con el correr de los días, en tanto aumenta el nivel de indignación en toda la población a la vez que se conocen los nombres de los privilegiados en saltearse la espera.

Interín discurra el calendario electoral se repetirán los clichés de estilo en los años impares, procrastinando la atención de la población carenciada. Valen sus votos, ni su futuro, ni su derecho de acceder a la vacuna importan en un sistema donde la prebenda es la regla de los que tienen el control político de la vacunación.

El nuevo estatus social de “vakunado”, al cual funcionarios, amigos del poder y sindicalistas accedieron por los privilegios que concede la dirigencia actual, es un indicador más de la degradación moral de nuestros dirigentes, que no tienen el prurito de respetar ni siquiera sus propios planes de vacunación.

Lo más grave aún es que faltan vacunas a consecuencia del fracaso en la gestión para su provisión en tiempo y forma. No alcanza lo que hay ni lo que está por venir. Se juega a la ruleta rusa con la vida y la muerte de toda la ciudadanía.

Con este escenario por delante, las promesas son, por mucho, mayores que los hechos. La falta de solución de los problemas de esa inmensa mayoría de argentinos carenciados importa rechazarlos, ignorar su condición actual, a la vez que se los excluye de la prioridad en la vacunación. Solo se necesitan sus votos, y para eso alcanza con las promesas.

La asistencia estatal no significa ayudarlos, sino reconocer que se fracasó en proporcinar un trabajo digno y colocarlos en una posición mejor, a la vez que los vacunatorios militantes son un claro ejemplo de un sistema decadente y fracasado que se utilizan como punta de lanza de los relatos infames de la política de turno.

Caminar hoy por cualquier barrio -no importa si es en la ciudad de los helechos con luz y agua o del interior profundo del país- permite ver esa realidad que se pretende ocultar con relatos protervos de nuestra dirigencia. El país está roto y sin recursos.

La cuarentena causó estragos. Miles de locales cerrados, Pymes que ni siquiera llegaron a quebrar, desaparecieron de la faz de la tierra con incontables puestos de trabajo que se esfumaron. Manos que se extiende por doquier buscando una limosna, más un largo etcétera de ejemplos tan brutales como salvajes y tristes.

Adela Cortina Orts (1947), filósofa española, catedrática de Ética de la Universidad de Valencia, acuñó el concepto de aporofobia para referirse al odio y rechazo hacia la pobreza y las personas pobres. En 2017 publicó la obra Aporofobia: el rechazo al pobre, de lectura indispensable.

Aporofobia es un término nuevo y en cierta forma revolucionario. Recién en 2017 pasó a formar parte del Diccionario de la Lengua Española, y fue la palabra del “año” ganándole en la pulseada a Bitcoin entre otras (toda una paradoja).

Pareciera que nuestra clase dirigente no puede ponerle un nombre adecuado a su logro más perdurable (tristemente) que es la acumulación de pobres que padece nuestra nación. Sin esperanzas y sin vacunas a la vista. Ese nombre es entonces “aporofobia argentina” que no significa el rechazo a los pobres, sino la acumulación desmedida de pobres a consecuencia del fracaso de las políticas de Estado.

La aporofobia argentina es el “rechazo” a los pobres, pero el rechazo entendido en su falta de inclusión en un nivel de vida digno. Se rechaza a los pobres al no sacarlos de su pobreza. Al no darles los medios necesarios para obtener un empleo digno en lugar de la dádiva estatal, a la vez que se los descarta en las prioridades de la vacunación. Un día en sus vidas, es un día más jugando a la ruleta rusa de la vida.

Desde 1945 en adelante, tuvimos un viaje en el tiempo que va desde la ética de la política a la cosmética del fracaso. Nos hemos convertido en una nación rica en pobres, y a la vez pobre en cantidad de vacunados. Pensar que nos comparamos con Chile en los inicios de la cuarentena dura. Una lástima que hoy no podamos hacer lo mismo con la cantidad de vacunados.

La causa principal de la aporofobia argentina se relaciona directamente con en el asistencialismo del estado, que sirve a la vez como elemento servil del clientelismo político. Somos, en esto, la rana que se hierve a fuego lento.

Se nos prometió una rápida vacunación, pero no se da en los hechos. Promesas y más promesas es la receta electoral de moda. Solo cosmética barata que “separa” tres mil dosis de la vacuna para jugar a la ruleta rusa con los amigos de turno.

La transformación aporofóbica que ha sufrido nuestra nación, desde 1885 donde éramos la primera potencia del mundo, hasta la fecha, es digna de una metamorfosis de Kafka. La degradación de las promesas electorales son la llama del fuego de los restos morales de lo que una vez fue una Argentina rica y próspera.

El vacunatorio para todas y todos no puede ser militante. En nuestra política, la ética termina siendo pura cosmética. Para entender en su real dimensión la aporofobia argentina hace falta una mirada lúcida sobre los carenciados, esos que se les ha quitado la esperanza de un futuro mejor.

La falta de coherencia abunda. El impuesto a los ricos se contrapone con la ausencia de una disminución en las dietas de la “clase” dirigente. La elección de los vacunados, poniendo a la política por delante de los trabajadores es otra muestra más de la cosmética nacional y popular. Así no.

Una sociedad próspera es una sociedad que se toma en serio los valores sociales por encima de los individuales, donde la igualdad social no se predica (cosmética), se ejecuta con políticas duraderas en el tiempo (ética). Las políticas de estado tienen que tener un “para qué”, una finalidad, un rumbo determinado. Su ausencia es lo que nos aleja de los mejores países del mundo y nos convierte en una aldea pobre que mendiga por el mundo las dosis de vacunas que no ha sabido conseguir.

La pandemia puso sobre la mesa la totalidad de los problemas de gestión política que tenemos, por caso las complicaciones para conseguir una suficiente provisión de vacunas, lo que nos lleva a un camino de suma complejidad y cuesta arriba, vacunatorios vip mediante. La maratón será larga y muy dura a la vez que la indignación de la población crece.

La aporofobia argentina se evidencia en este tipo de situaciones que nos convierten en una nación marginal, distópica y poco apegada al cumplimiento de la ley. Somos lo que somos porque votamos como votamos, por eso vamos de fracaso en fracaso.

Adela Cortina afirma que “estas realidades sociales necesitan nombres que nos permitan reconocerlas para saber su existencia, para poder analizarlas y tomar posición ante ellas. En caso contrario, si permanecen en la bruma del anonimato, pueden actuar con la fuerza de una ideología, entendida en un sentido de la palabra cercano al que Marx le dio: como una visión deformada de la realidad…”.

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