Al reencuentro del votante desilusionado

Las elecciones legislativas no se definirán únicamente por los votantes indecisos sino por la capacidad de reafirmar a los electores que otrora se habían inclinado por cada espacio y hoy están disconformes

Alberto Fernández, durante la campaña electoral de 2019
Alberto Fernández, durante la campaña electoral de 2019

En estas últimas semanas del receso estival, previas a comenzar el siempre más agitado mes de marzo en el que comienzan las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación y el Presidente realiza su tradicional discurso ante la Asamblea Legislativa que marca una suerte de “hoja de ruta” en cuanto a los objetivos de la gestión, han circulado diversos estudios de opinión pública que anticipan lo que sin dudas será un factor clave en el diseño de las estrategias para el proceso electoral en ciernes.

Analizándolas en su conjunto, las encuestas están marcando una tendencia en los electores a percibir que actualmente están mejor que hace un año atrás. Si bien se podría pensar que pocas cosas han cambiado (mejorado) en este año tan particular, y que gran parte de la opinión pública podría volcarse a lamentar lo que fue -y aún es- uno de los tiempos más difíciles para los argentinos, lo cierto es que esta mejora en la percepción nos indica un cierto clima de optimismo que no debería subestimarse. Se trata de una postura que, en vez de mirar hacia atrás, privilegia una mirada hacia delante.

A este fenómeno, que se manifiesta -dependiendo de la encuesta- desde aproximadamente mediados de octubre hasta la actualidad, se le suma otro. Quizás uno que es más importante para la política, ya que habla de ella y no de los electores. Si para medir el fenómeno anterior se le pregunta a los encuestados su percepción en relación a un año atrás, para medir el optimismo, la esperanza, se les pregunta su percepción respecto al futuro. Es en este punto donde aún se puede observar que la oferta política no ha sido (aún) efectiva: si bien los argentinos creen que están mejor que un año atrás, no están siendo optimistas respecto al futuro.

Si tomamos ambos fenómenos podemos concluir en que existen actualmente electores que no se detienen en el pasado, pero tampoco están entusiasmados por el futuro. No caminan hacia atrás, pero tampoco ven aún una salida hacia adelante. En definitiva, son electores a la espera de algo, o alguien, que los movilice en torno a ideas y emociones encarnadas por liderazgos definidos.

El reencuentro con votantes desilusionados

Ir en búsqueda de los electores desilusionados, frustrados y desencantados no es en absoluto tarea sencilla. Cuando una estrategia electoral se plantea conquistar nuevos electores, la mira suele estar puesta en detectar y promover aquellas preferencias, deseos y emociones de los votantes, contrastándolas con las frustraciones y descontentos desatados por otros políticos rivales. En definitiva, de lo que se trata -a grandes rasgos- es mostrarse como garantes de cumplir lo que quieren los electores, y evidenciar a los adversarios como los artífices de las frustraciones y los fracasos. Sin embargo, en estas circunstancias, la particularidad es que la mayoría de los votantes desilusionados son quienes hace pocos meses eran votantes propios y no desilusionados de otros espacios a los que se intenta convertir. No se trata entonces de ir a “cazar” votantes desilusionados sino de reencontrarlos.

Lo curioso de este escenario es que las dos principales fuerzas políticas de la Argentina, es decir el Frente de Todos y Juntos por el Cambio, tienen, casi por igual, una importante masa de electores desilusionados con ellos, sobre los cuales se tienen que concentrar. No es casual, en este escenario, que hayan florecido movimientos y líderes tendientes a buscar interpelar a los votantes convencidos o incluso a radicalizar sus mensajes. Esta contienda electoral no va a ser sólo por el votante del medio, el clásico y siempre decisivo indeciso, el que hoy puede votar un color, y en dos años otro, sino que va a consistir también en reafirmar a los electores que otrora se habían inclinado por cada espacio y hoy están disconformes, apáticos frente a las política en general, y abiertos a otras opciones, aunque más no sea para castigar a quienes consideran responsables de la situación que atraviesan hoy.

Según la tendencia que se venía dando en los últimos años, cada espacio político contaba con una base propia de electores constantes de alrededor de 30 puntos. Es decir, 30% de voto duro solía acompañar tanto al kirchnerismo como al macrismo. Esta base es, como se conoce en la jerga de las campañas, un “piso”, ya que se supone que ese 30% está garantizado y a partir de él se crece. Pero también ocurre que en muchos contextos y dependiendo de una serie de factores, se corre el riesgo de que ese 30% pueda convertirse o acercarse a un “techo”.

Es evidente que la pandemia fue uno de los principales factores que dilató la relación que el gobierno había logrado consolidar con los argentinos durante la campaña electoral de 2019 y plasmado en los resultados de agosto y octubre. Se trata de una tendencia mundial, que no sólo dilató sino que en otros casos anticipó renuncias y derrotas electorales a lo largo y a lo ancho del planeta. Si bien las encuestas no colocan al ejecutivo nacional en una situación tan preocupante en términos electorales, resulta evidente que tanto como su principal adversario político (JxC), el FdT tendrá el desafío de revincularse con sus votantes para suscitar el tan mentado acompañamiento de medio término, que no sólo es clave para transitar la segunda mitad de un mandato, sino también para construir el camino de la continuidad.

Por su parte, la decepción que sienten los electores respecto al espacio de Juntos por el Cambio no tiene que ver ya sólo con el resultado de una gestión, sino con su rol como oposición. Sin dudas la crisis de liderazgo producida tras el final de la presidencia de Macri y su ausencia del escenario público por largos meses, agudizaron esta decepción. Los electores del espacio se encontraron en 2020 sin un espacio de representación que pudiera expresar, por un lado, su descontento con el nuevo presidente y por el otro, el conjunto de valores e ideas que los caracteriza.

Sea como fuese, hoy la desilusión de los votantes respecto a sus representantes es uno de los principales desafíos electorales. Para el oficialismo, el riesgo es que quienes estén desilusionados por una gestión, encuentren seductores a candidatos opositores con propuestas de gobierno más audaces -aún siendo elecciones legislativas-, mientras que para la oposición, que aquellos votantes que ansían una oposición fuerte y definida, se inclinen por candidatos con históricamente menos peso electoral (tanto por izquierda como por derecha), pero sin tapujos para enfrentarse abiertamente al gobierno nacional e, incluso, al conjunto de la clase política.

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