Hebe de Bonafini, ¿Ministra?

Representa la vocería de lo que siente el kirchnerismo duro. Antes, solapado. Hoy bien explícito

Hebe de Bonafini (EFE/Tono Gil/Archivo)
Hebe de Bonafini (EFE/Tono Gil/Archivo)

Imaginar que un ministro tuitee denuncias penales y base sus acusaciones en una encuesta a 2000 personas, sin fuente de realización, raya en cualquier parte del mundo con lo onírico. Menos en la Argentina macondiana en donde eso pasa con Marcela Losardo.

Cuando los (antiguos, es cierto) respetuosos de de la división de poderes no se reponían todavía de los embates incalificables de Alberto Fernández contra la corte porque, según el presidente la semana pasada, “anda mal”, “carece de credibilidad política” y, encima, tiene el problema de ser “autónoma” (sic), su secretaria de estado del área arremetió un sábado a la tarde contra los magistrados. Venales, cómplices de los políticos de turno, arregladores de fallos en canchas de tenis, apresadores de inocentes como Milagro Sala y varios etcéteras. Así fueron calificados por el carril vulgar de Twitter con la firma institucional de la ministra de justicia sostenida con el único dato objetivo de una encuesta de opinión.

De allí, varias derivaciones. Las accesorias: ¿Quién paga esa encuesta? ¿En tiempos de crisis es imprescindible ese gasto? ¿Será cierto que la encuesta se hizo desde la casa rosada y sólo la vieron Alberto Fernández y Gustavo Béliz? ¿La ministra gobierna mirando encuestas? ¿Hay que avisarle de la falibilidad y malicia de las encuestas?

Luego, las derivaciones principales: Marcela Losardo imputa genéricamente delitos. La generalización de los actos y la ausencia de individualización del delito son causal de bochazo para cualquier estudiante de derecho penal. El lunes o el día hábil posterior a este carnaval (hablo del calendario), ¿piensa presentar los pedidos de juicio político con nombre y apellido contra los jueces que ella asegura en Twitter delinquieron, caracterizando el ilícito presunto? ¿No debió haberlo hecho antes? ¿No cree que como abogada proceder así supone torpeza propia por omitir todo proceso institucional?. Una última sospecha derivada queda sin sentido luego de las horas posteriores al clic ministerial. ¿Le hackearon la cuenta de twiter a Losardo? Se ve que no. Porque hasta el propio presidente le dio RT.

Marcela Losardo, una sólida y mesurada jurista, puso en venta estos atributos preocupada por el embate del kirchnerismo duro que clama dureza con los jueces que osaron investigar la corrupción pasada. Sus tuits son, nada más, que una orden de su amigo íntimo Alberto Fernández que busca complacer al ala K de su gobierno. Actuando así, luce más como ministra vicepresidencial que como secretaria de estado del ejecutivo. Tanto en los pasillos de tribunales como en la casa rosada se refieren detalles de la charla entre Alberto y Losardo en la que acordaron este gesto que menoscaba la figura de un ministro de justicia y la propia trayectoria de quien hoy lo ejerce. Son tuits “a pedido”, “para descomprimir”, “para redoblar la apuesta”, se escucha decir en esos lugares. Muy bajo precio, si se piensa con algo más que el chiquitaje político o a los que creen que se puede quedar bien con las convicciones propias y con el deseo de los otros que van por todo.

En verdad, quien mejor expresó uno de los problemas más claros de la gestión de Alberto Fernández fue Hebe de Bonafini: “Señor Presidente. No nos queda claro, por favor explíquenos cómo hace para decirle que sí a todos. Yo pensaba: es como una chica con muchos novios, les dice que sí, que se va a casar con todos. Pero con todos no se va a poder casar. ¿Se va a casar con el más fuerte? ¿Con el que lo amenaza? O se va a poner firme y va a decir que no, que con estos no, que por acá no vamos”, explicó la madre de Plaza de Mayo, refiriéndose a otro tema pero perfectamente aplicable al caso. Si la doctora Kirchner fuera presidenta, Bonafini bien podría ser una de sus ministras. Por la claridad y precisión del mensaje. Quizá lo sea, como Losardo, de hecho. Ministra ad hoc vicepresidencial.

Como no lo es, representa la vocería de lo que siente el kirchnerismo duro. Antes, solapado. Hoy bien explícito. Dos colegas avezadas que se encuentran acreditadas en casa de gobierno sostenían en diálogo relajado que hay dos Alberto Fernández. El que todos quisieran que fuera y el que realmente es. El que recobra el sentido social de un gobierno peronista, el que convoca a todos en este momento de crisis y el que es, que pendula en verba y acción, de un lado al otro sin lograr definición de su ser. Quizá eso expresen los dichos de la imaginaria posible ministra de Bonafini. Sin embargo, para todo hay límites.

Es bochornoso que la palabra presidencial y la de su ministra de Justicia atropellen todo decoro desde el prisma de la división de poderes. Ya se hizo esta analogía pero vale repetirla. Losardo acusa a los jueces basada en una encuesta de credibilidad. ¿Se anima a auto encuestarse y saber qué piensan de ella los ciudadanos que la conocen? El primer mandatario atropella a la corte en los reportajes y no mueve un solo resorte institucional para remediar aquello por lo que se queja. Ahora su ministra tipifica penalmente por Twitter ¿No es mucho? No. Menos en un país en donde servir a dos amos nunca tuvo buen final.

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