Las peligrosas interpretaciones del pasado

Perón dejó un legado pacificador opuesto a la guerrilla, que hoy algún extraviado reivindica

Héctor Cámpora y Juan Domingo Perón
Héctor Cámpora y Juan Domingo Perón

El General Perón volvió para pacificar, más allá que algún imbécil repita aquello de “al enemigo ni justicia”, olvidando que entonces habían bombardeado la Plaza de Mayo.

Sacar las palabras del contexto histórico en que fueron emitidas marca perversión, estupidez y casi siempre ignorancia. La historia se toma desde donde la heredamos; entre el Mercado Común Europeo y la Segunda Guerra Mundial hay una distancia infinita, no mayor a la que existe entre la Argentina de la década de los setenta y la actual.

El Perón que importa se abraza con Ricardo Balbín, con Solano Lima, con Arturo Frondizi, con los Demócratas Cristianos y los Socialistas, una convocatoria a la unidad nacional que jamás pudimos repetir. Y juntos enfrentan a la dictadura militar y a la izquierda mediocre y suicida hoy travestida en “derechos humanos”.

Perón nos deja un legado pacificador opuesto a la guerrilla, esta triste mediocridad ambiciosa que hoy algún extraviado reivindica. Primero, Cámpora se equivoca y mucho al entregarle a la izquierda responsabilidades que no le correspondían. Ezeiza es la matriz del fracaso. Gobierna Cámpora, en Provincia, Bidegain, todos los cargos en manos de la izquierda y el palco copado por la derecha.

Lo debatimos dos días antes con Paco Urondo, un gran poeta militante de Montoneros. Firmenich, ese gran fracasado de dudosa pertenencia, prefiere que la guerrilla sea “pueblo” y no poder. Perón les entrega el poder y ellos, en su demencia, eligen ser pueblo, cosa que jamás serían. Renuncian a su responsabilidad. Se niegan a tomar el palco o defenderlo con las fuerzas del orden que de ellos dependen.

Esa misma mañana discutí personalmente con Galimberti, estaban convencidos que la democracia era tan solo una etapa pasajera. Perón había apostado a recuperar la generación, convencido que al entregarles el poder del Estado abandonarían la violencia.

Ellos fueron a la confrontación impidiendo el encuentro entre un pueblo y su Líder, iniciando su combate contra los humildes. Desde ese momento y la caótica salida de los presos, Perón inicia su distanciamiento con Cámpora y Montoneros. Y desde ahí la guerrilla va a retornar a sus ataques y asesinatos que culminan en el más atroz, el de José Rucci, ataque personal al General.

En el Congreso del Teatro Cervantes intentamos elegir la fórmula con Ricardo Balbín de vice para consolidar el acuerdo político. Los sindicatos junto con la vieja burocracia del peronismo, frente a la indiferencia de la juventud, imponen a Isabel. Cuando Ferdinando Pedrini, presidente del bloque de diputados, regresa al Congreso después de visitar al General, nos cuenta asombrado “le dijimos la fórmula, se paró, se agarró la cabeza y nos dijo, al nepotismo se lo combate hasta en el África”.

Estaba grande y le había fracasado la juventud, esos imberbes que jamás entenderían nada, ni siquiera hoy. Jornada triste, Norma Kennedy gritaba el nombre de Isabel mientras casi nadie la acompañaba. Discutí con los sindicalistas que tenían poder, cómo olvidar su respuesta: “Si el Viejo elige a Balbín y se muere qué hacemos”.

Tardaron una semana en convencerlo. El viejo peronismo nunca asumió como propio el encuentro político y compartir el poder del Estado. Elegían a Isabel para imponerle un límite por derecha al gran acuerdo. Luego vendrían las muertes en manos de la guerrilla –muchas- y las respuestas, que siempre surgían del sector atacado. Esta simplificación de que ellos mataban un sindicalista o un político y sólo les respondía las tres A es otra deformación del pasado. Asesinaban y les contestaban los agredidos. Con el paso del tiempo, esa venganza tuvo expresión en el mismo gobierno, pero no fue la única y apareció como respuesta, no como intentan ellos deformar.

Cámpora jamás entendió su tarea, Perón no imaginaba que un odontólogo conservador de San Andrés de Giles se dejara seducir por la mediocridad de la guerrilla. Y ni hablar de quienes lo toman como ejemplo, alguna limitación expresa el mismo hecho de elegirlo.

Isabel fue una digna presidenta, pero fui parte del juicio político a López Rega al que logramos expulsar, aunque ya era tarde. Fui secretario del Grupo de Trabajo, integrado por una treintena de diputados que intentaba evitar el golpe, enfrentando a los oficialistas que nos llevaban al fracaso y terminé en el exilio. Quizás ya nadie podía impedir el golpe.

La guerrilla en su suicidio le daba razones a la derecha para justificar su ignominia y la derecha peronista deformaba desde el mismo gobierno el legado del General. El abrazo con Balbín era el eje político de esos tiempos y lo digno de ser heredado. No lo entendió la guerrilla suicida, mediocre y fracasada, ni la derecha oficialista que inició luego, traicionando el pensamiento que decían representar la destrucción de la sociedad integrada que conservadores, radicales y peronistas habían forjado, con un dos por ciento de pobreza y sin miseria.

Tras la muerte del General surgieron los liberales de mercado, siguieron con Martínez de Hoz, con Cavallo, con Menem y con los Kirchner. Ni hablemos de Macri. Ese economicismo colonial destruyó la argentina y la convirtió en una fábrica de pobres. Cámpora, Isabel, López Rega y la guerrilla arrastran su culpa, aun cuando Isabel merece respeto por la dignidad con que continuó su vida personal. Tiempos en que vivíamos una democracia integrada y no como hoy, una triste plutocracia que nos degrada. En esa tragedia, Balbín fue más coherente que los nuestros. Tiempos en que las ideas eran todavía más importantes que los negociados, tiempos pasados. Esa es la historia, el resto es tan solo deformación de comerciantes.

Seguí leyendo:


Últimas Noticias

MAS NOTICIAS