Sin vacunas no hay futuro

En pleno año electoral, el Gobierno deberá afrontar tres desafíos interrelacionados: conseguir más dosis, contener la inflación y reactivar la economía

Vacunatorio montado en el estadio de River
Vacunatorio montado en el estadio de River

El comienzo del año electoral encuentra al Gobierno frente a algunas apremiantes urgencias: conseguir vacunas para aplicar cuanto antes, mantener la economía activa y contener la inflación. Estos desafíos están insoslayablemente relacionados.

Sin vacunas, no hay futuro. Suponer que la economía puede despegar sin atajar el avance del coronavirus, de comportamiento hasta aquí impredecible, es desconocer la cruda realidad.

La falsa opción entre la vida y la economía, que fogonea la grieta durante el 2020 y que fue el argumento presidencial para mantener la cuarentena eterna, es ya un debate que atrasa.

Sin ninguna posibilidad de que el Gobierno pueda imponer nuevas restricciones a la circulación ni confinamiento alguno, no solo por la resistencia y fatiga social, sino también por la imposibilidad de financiar un eventual parate con IFE, ATP o plan alguno, el problema se desplaza a los sectores de la producción y el trabajo.

Las noticias que llegan de Europa dan cuenta del avance de variantes no necesariamente más letales pero exponencialmente más contagiosas.

La irrupción de estas nuevas cepas no solo están colapsando los sistemas sanitarios y amenazando la vida, sino que están sacando forzosamente del mercado de trabajo a la gente que debe cumplir períodos de aislamiento sea por positividad como por contacto estrecho.

La UIA ha llevado al ministro de Trabajo Claudio Moroni su preocupación en torno a estos temas. El reclamo del entramado industrial esencial apunta a incluir cuanto antes a los trabajadores de sus plantas en los cronogramas de vacunación. Quieren adelantarse al curso de los acontecimientos.

Los datos estadísticos relacionados con el ausentismo COVID dan cuenta de una baja constante promedio de un 20% del personal de nómina en tareas presenciales. Son porcentajes que incluyen a quienes están eximidos de incorporarse en razón de pertenecer a grupos de riesgo así como a los que deben confinarse por la aparición de síntomas o por ser contacto estrecho de quienes hayan contraído la enfermedad.

No son pocas las líneas de producción que deben cancelar intempestivamente turnos completos al detectarse un caso en los rastreos diarios.

Un hombre se somete a un hisopado en la ciudad de Buenos Aires
Un hombre se somete a un hisopado en la ciudad de Buenos Aires

En rubros en los cuales los procesos no pueden detenerse se ha comenzado a contratar planteles suplentes para cubrirse en la emergencia. Este tipo de eventos no solo encarece los procedimientos, con su correspondiente traslado a los precios finales, sino que complica muy especialmente a los exportadores que no logran cumplir sus plazos de entrega perdiendo posiciones en los mercados.

Algunos grupos industriales participan con mucho pudor en un debate que tiene connotaciones económicas y éticas. Exploran la posibilidad de comprar de manera privada lotes de vacunas para inmunizar a su gente.

Son varios los Gobernadores, quienes, frente a las dificultades que declara el Gobierno nacional para negociar con algunos laboratorios están pensando en gestionar sus propios stocks. Nada de esto parece viable en el corto y mediano plazo.

Los Estados Nacionales monopolizan la compra de insumos y la organización logística de las campañas de inmunización, aquí y en el mundo. Hay sobradas razones para que así sea.

Asegurar una distribución equitativa del antídoto dentro de un marco de prioridades y evitar una interferencia en los mercados que produzca distorsión en el precio internacional de las dosis es clave. Quienes siguen de cerca el tema aseguran que faltan varios meses para que la comercialización de las vacunas pueda salir del control absoluto de los gobiernos para abrirse a la demanda de los privados.

Las dificultades en la producción, la complejidad de la distribución y la dispersión de precios está ya generando situaciones de extrema tensión en los mercados internacionales. Hoy manda la escasez. Los laboratorios no dan abasto para producir lo ya comprometido. Más temprano que tarde esto nos terminará afectando.

Los dichos de Ginés González García en el Congreso de la Nación, quien anunció para junio la “inmunidad de rebaño”, fueron tomados por los legisladores como de quién viene.

Todos los consultados coinciden en que nuestro inefable Ministro de Salud se sobrevende. No lo encuentran creíble. Sostienen que no solo hizo las cuentas a la ligera al garantizar la disponibilidad de 61 millones de vacunas ya compradas, sino que ni siquiera supo explicar si habla de dosis o vacunas completas. Sostienen que no se maneja con una planilla de cálculo sino con una libreta de almacenero.

En cualquier caso aseguran que, aún si se concreta lo anunciado, no hay manera de cubrir al 75% de los argentinos, un porcentaje necesario de gente inocular para llegar a la ansiada meta tan livianamente anunciada.

Todos ponen en duda que las vacunas de las que el bueno de Ginés dice disponer para sostener el plan de inmunización lleguen en tiempo y forma. Hay mil cuestiones que lo exceden. No todas tienen que ver con nuestras dificultades de cabotaje.

Los especialistas aseguran que para lograr la inmunidad nacional hacen falta no menos de 80 millones de dosis. No es fácil conseguirlas en un momento de extrema tensión en el que los estados económicamente más poderosos sostienen una tremenda puja con los grandes laboratorios internacionales que lideran los procesos de producción.

Los países ricos se han garantizado provisión de dosis suficientes y prioridad en el suministro por encima de las necesidades puntuales de su población. Lo han hecho de manera anticipada y haciendo pagos de miles de millones para sostener las investigaciones y producción a riesgo de las distintas vacunas.

Lejos de encaminarnos hacia un mundo más solidario, las desigualdades económicas y sociales se han profundizado de manera dramática en los últimos meses. El mercado sigue mandando.

A eso hay que sumar las dificultades técnicas y logísticas propias de cada vacuna. En el caso de la Sputnik V, la producción de la segunda dosis es más lenta que la primera en razón de que el cultivo del adenovirus que la compone es más complejo.

Las desinteligencias que nos privan del acceso al producto de Pfizer-Biontech, una causa que parece perdida, podría augurar también futuras complicaciones.

Las vacunas generadas bajo la tecnología de los ARN mensajero, el caso de las de Pfizer y Moderna, pueden adaptarse mucho más rápidamente a las correcciones que demandará la resistencia que presentan las nuevas cepas.

El tiempo y la complejidad para este tipo de ajustes se presentan mayores en los desarrollos basados en adenovirus. Por el momento no se han reportado casos de ostensible resistencia a los productos que hay en el mercado pero la amenaza de que ocurra mantiene en situación de alerta máximo a quienes siguen la trazabilidad de la eficacia en los ya inoculados. Las ampollas provenientes de Rusia y China se alistan en esta serie.

Los argumentos del Ministro en el sentido de que las exigencias presentadas por los negociadores de Pfizer Biontech son absolutamente inaceptables dejaron perplejos a los legisladores. La idea de que las condiciones que impone el laboratorio ponen en riesgo nuestra soberanía suena tanto o más extravagante que suponer que el peso de la palabra “negligencia” en un contrato pueda dejarnos afuera del acceso a la vacuna.

Es probable que a la torpeza en la negociación se haya sumado la escasez de recursos económicos, algo que quedó claro pasó en los acuerdos con la iniciativa COVAX, pensada para los países periféricos, que demanda fondos frescos por anticipado y del que, cuando nos toque, recibiremos solo 9 millones de dosis. La cuestión del costo no es menor en el caso de la vacuna china de Sinopharm. Una negociación que continúa abierta de gobierno a gobierno y podría acercar alguna buena noticia.

La publicación en la revista The Lancet de los resultados de eficacia en Fase III de la vacuna rusa desató un vendaval de agravios y reconvenciones.

“Es un mal día para los odiadores”, festejó en las redes el Frente de Todos. La fuerza de choque K, siempre lista para confrontar agresivamente con la oposición política confunde los movimientos terraplanistas con los que simplemente venían demandando documentación confiable acerca de los alcances y efectividad de una vacuna que aún no recibió la validación en emergencia ni de la FDA y ni la EMA, las agencias de control de drogas y medicamentos más prestigiosas del mundo.

“La mejor vacuna es la que te puedas dar” sostienen, no obstante los especialistas que logran ubicarse más allá de cualquier connotación ideológica o geopolítica. El tema es que por el momento la única vacuna con la que efectivamente contamos no está fluyendo.

También están los que señalan que una cosa es la vacuna y otra la vacunación. El proceso de inmunización masiva en un contexto de emergencia y pandemia como el que vivimos demanda una logística y planificación de precisión matemática, algo de lo que también estaríamos careciendo.

La utilización político electoral de estas tragedias colectivas solo sirve para embarrar la cancha. Algo muy peligroso en este contexto.

La vacunación en el espacio público de la dirigencia política y los pretendidos referentes de la cultura es un disparate que no admite análisis alguno cuando no se ha logrado aún vacunar ni siquiera a la primera línea del personal de salud. Una desmesura condenada en todo el mundo.

Está claro que solo el acceso a la vacuna no resuelve los problemas de la economía.

Combatir la inflación parece aún más difícil que contener al virus. Las recetas que se intentan aplicar son de cortísimo vuelo y es probable que solo sirvan para retrasar el estallido una bomba de tiempo.

Con el IPC por sobre el 4% y un retraso denunciado por las empresas productoras de alimentos del orden del 35% en los precios de los productos, pretender moderar la suba con control de precios, “precios cuidados” y el “deslistamiento” muy discrecional de productos no esenciales es puro voluntarismo. Son herramientas y estrategias de corto vuelo que difícilmente podrán ayudar a sostener el poder adquisitivo de los salarios absolutamente retrasados en el contexto de la pandemia. Solo el congelamiento de tarifas con sus correspondientes subsidios permitirían sostener encorsetado el Índice de Precios hasta la sacrosanta fecha electoral. Una herramienta que garantiza gravísimos efectos colaterales. Un remedio que ya conocemos por su concentrado nivel de toxicidad.

La idea de fortalecer la demanda interna mediante un acuerdo de precios y salarios viene lenta. La convocatoria a un encuentro para habilitar el debate se anuncia para la próxima semana pero todavía no está oficializada. La solución de los problemas que nos urgen se hace esperar.

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