La política argentina debe salir de la trampa de Cristina y Macri

El peronismo si no logra sacarse de encima al kirchnerismo dejará de pertenecer al mundo de la política. El PRO pareciera sufrir una crisis parecida

Mauricio Macri y Cristina Kirchner
Mauricio Macri y Cristina Kirchner

Veo a amigos mayores, muy, a quienes hijos o nietos exigieron no salir para evitar riesgos y eso me enoja. Resulta una patética imagen del capitalismo: acumular lo que nunca podremos gastar. ¿Qué guardaríamos, qué ahorraríamos, qué conservaríamos para cuál después? No digo vocación suicida, hablo del miedo, ese límite que no debería tener vigencia cuando se superó por mucho el promedio de vida de cada quien para gozar. Un vino, un amigo, un diálogo, recuerdos. El virus no puede matar los sueños, al menos eso, a todo lo demás ya lo dominó hace meses.

El adentro de la política habita en el afuera de la sociedad. La sensación es cada vez de mayor distancia, de una perversa lejanía. Unos debaten sobre el poder y los otros sobre la mera sobrevivencia. La ambición es un mundo puro y duro que nada tiene que ver con los habitantes de la necesidad. Sobre la urgencia del carenciado y sobre su diaria desesperación, se instalan las luchas de los otros, los que habitan la riqueza forjada -entre otras causas- con la excusa de resolver falencias ajenas. Es demasiado perverso este transitar la abundancia de los que prometieron ponerse al servicio de la necesidad. Lastiman e indignan, debaten sobre un poder que nada tiene que ver con aquellos que los votaron.

La política participa de los interesados en negar el origen del conflicto. La concentración de la riqueza va lentamente erosionando y destruyendo a los restos de la clase media que todavía logra sobrevivir. El capitalismo en serio, el productivo, supo enfrentar y prever los conflictos, impedir la concentración que termina con la vida del pequeño y mediano productor y comerciante, que no deja espacio para la creación de la iniciativa privada ni la vigencia de la diversidad propia de toda identidad cultural. ¿Qué porcentaje de una sociedad es libre de crear, en cualquier espacio y profesión, pasión o vocación? ¿Cuántos quedan reducidos a la obediencia al poder del vencedor? Hablan de una libertad de instituciones olvidando que la necesidad, con su rostro de hereje, convierte el derecho a elegir en una burda expresión de un derecho que la distancia económica hace tiempo ha conculcado. Condenamos a Cuba y Venezuela, de sobra lo merecen, nuestros caídos no deben tener demasiadas razones para diferenciar la dimensión de la opresión. La miseria de los que votan cada tanto no debe ser percibida con diferencias a la de quienes dejaron de hacerlo hace tiempo. Difícilmente se diferencien por la vitalidad de la esperanza.

Aparecen opciones modernas, sin contenido ni propuestas, o, mejor dicho, plagadas de propuestas que nada tienen que ver con lo real, con ese duro elemento que define a una sociedad como es la distancia entre pobres y ricos que en nuestra realidad se ha vuelto desmesurada y no detiene su perverso crecimiento. Confrontar con los intereses de los nuevos ricos desde las ideas conduce a un seguro transitar por la clandestinidad de los debates políticos, ellos hoy sólo hablan de los impuestos que parecieran molestar a los triunfadores.

Me molestan como a muchos las limitaciones que algunos gremios de la educación les imponen a las clases presenciales, pero luego recuerdo que en mi infancia los maestros pertenecían a la clase media en ascenso y hoy habitan una clase baja que no termina de encontrar el piso a su caída. Es complicado entonces exigir cuando lentamente fuimos degradando su lugar en el respeto de la sociedad.

La vitalidad de las instituciones se expresa en la capacidad de superar sus enfermedades. El peronismo si no logra sacarse de encima al kirchnerismo dejará de pertenecer al mundo de la política. El PRO pareciera sufrir una crisis parecida, Mauricio Macri tenía prohibido un solo error, y era devolverle el poder a Cristina. Y vaya si lo logró, ahora esa moderna fuerza insiste en su propio fracaso, arrastrando en su subconsciente la culpa de un anti peronismo cerril que le devuelve a su enemigo la posibilidad de continuar en vigencia. Dos fracasos asociados, los votos que Cristina pierde, Mauricio se los devuelve y viceversa. Queda claro que tanto la pobreza como el endeudamiento -ambos males- habitan los dos partidos, solo debatimos dimensiones y velocidades, la decadencia es compartida. Y de eso no se habla.

La verdadera política se ejerce en defensa del ciudadano y de la sociedad. Hace años que nuestros gobernantes están al servicio de los intereses particulares que normalmente comparten y el resultado está a la vista. Asombra cuando los medios hablan de “cajas” como si existieran en el Estado lugares codiciados por la riqueza que contienen. Los proyectos de ayer serían las cajas de hoy. Ese egoísmo describe la degradación de lo colectivo.

Cambió el gobierno de Estados Unidos, el mensaje oficial emitido por nuestro país asombra por su bajo nivel de comprensión de cuál es el lugar que ocupamos. Y más aún, el que ocupa la política exterior en una sociedad madura. Felicitar criticando al anterior es imaginar que compartimos un proyecto, delirar con la pretensión de proponer una mirada al mundo que en rigor no logramos convertir en válida ni siquiera para nuestra sociedad. Triste fracaso que alguno de sus actores imagina exitoso, excesos de soberbia que desnudan la dimensión de la propia mediocridad. En las naciones serias ni siquiera los cambios de gobierno con exceso de cuestionamiento alteran el rumbo de su patriotismo.

Describir la realidad con el pesimismo que merece obliga a proponer un espacio de esperanza. Rescatar al peronismo no puede ser una tarea a realizarse desde las filas del PRO, lo mismo pasa con el radicalismo. Urge salir de la trampa entre Cristina y Macri. Lo nuevo hoy no puede ser el fruto de lo que probadamente fue un fracaso. Necesitamos una nueva fuerza política que contenga lo mejor del peronismo, del radicalismo y del liberalismo, una o más propuestas dignas de ser votadas. Ese es el desafío, que no será jamás el fruto amargo de alguna burocracia rentada. Cruzar el desierto del fracaso obliga a una apuesta digna de cierto heroísmo. Lo necesitamos con urgencia, hasta ahora no ha aparecido.

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