La fábrica de pobres

El Gobierno debería asumir los riesgos políticos de tomar las decisiones que nos saquen de esta tendencia involutiva, y así evitar que mañana todo esté peor que hoy

Alberto Fernández y Cristina Kirchner
Alberto Fernández y Cristina Kirchner

La columna vertebral de la primera mitad del año estará definida por la negociación con el FMI y todas sus implicaciones políticas, electorales, económicas, sociales e internacionales, por las cuales, como en el esquema de Ishikagua de “espina de pescado”, habrá que ver cómo cada acción/reacción de esta negociación afecta y es afectada en los diferentes ámbitos mencionados.

Si bien el FMI entiende que es un año electoral, una elección de medio término no tiene la envergadura estratégica que sí tendría una presidencial para ser considerada en los posibles cambios que se le pueda inducir al proceso de negociación. Pero esas elecciones, para el ministro Guzmán y para el presidente Fernández, presentan un manejo del equilibrio entre lo interno (Cristina y las elecciones) y lo externo (FMI).

Y no es que para el presidente no sean importantes las elecciones; lo que ocurre es que debe manejar unas medidas necesariamente impopulares en ese ambiente electoral. Para Cristina tiene prioridad lo electoral hasta el punto que (según se desprende de su pasado, su libro y sus declaraciones) estaría dispuesta a sacrificar la negociación con el Fondo, y hasta usarla en su beneficio para aglutinar unas bases que no la están pasando bien, y que encuentran en el gobierno al único responsable. Bueno, si se cayera la negociación, el FMI pasaría a ser el responsable necesario a corto plazo, descomprimiendo la presión sobre el gobierno. Aunque a mediano plazo, la no negociación con el Fondo dejaría al descubierto los problemas reales y de fondo que siguen allí omnipresentes.

El tema de la inflación estructural, el déficit congénito en el presupuesto, las tarifas de los servicios públicos, los controles intervencionistas, la inversión en energías primarias, gasoil, nafta y gas, y el tamaño excesivo del Estado, más el tema de los jubilados versus los bonos y los planes para los que no trabajan ni trabajaron (pues ambos salen del mismo fondo), son temas que podrían entrar en una ruta de solución si se trabaja de la mano con el Fondo; y podrían alejarse y empeorar si la negociación no prosperara.

Hoy, más que nunca, la peor amenaza del Presidente la tiene en su Vicepresidente, quien seguirá manejando la situación desde las sombras hasta que pase esta elección. Luego, todo indica que participará mucho más activamente, ahora sí, imponiendo de manera abierta su línea, sus ministros y funcionarios; y en general retornaríamos a la “verdadera Cristina”, que es la que dejó el gobierno en el 2015. Y si esto ocurre así, ya todos sabemos cómo continúa la historia, pero ahora con las lecciones aprendidas de la elección que perdió con Macri: una experiencia que no permitirá que se repita, o al menos hará su mejor esfuerzo para ganarla… Ya sea ella como candidata, ya sea Máximo… O hasta podría ser un Alberto ya cristinizado.

Político

Hablar de macrismo no significa hablar de Macri, cuya valoración positiva es baja (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)
Hablar de macrismo no significa hablar de Macri, cuya valoración positiva es baja (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)

Hoy el país cuenta con una oposición unificada, que todo indica que ya superó el 41 por ciento con el que dejó de ser gobierno. Aún no está clara esa cuantificación, pero aquellos que castigaron a Macri votando por Alberto ya deben haber entendido que no tuvieron una visión clara de lo que se les vendría encima, y deben haber vuelto al redil. Tampoco está claro si esa migración pudo haber cambiado la correlación de fuerzas y que ahora el oficialismo pueda ser minoría (aunque Cristina pueda mantener intacto su caudal de votos propios). Estamos a ocho meses de tener una primera lectura, con las PASO, que si bien son regionales y por pocos escaños, podrá ser tomado como un plebiscito de la gestión de la dupla Alberto-Cristina.

El gobierno debe lograr en el tiempo que queda para agosto primero, y para octubre después, revertir una matriz negativa de gestión, complicada por un manejo discutible de la pandemia. Hasta es posible que se pueda usar la vacuna como un paliativo político, que logre mitigar el daño.

El campo de batalla del gobierno, y ya con miras a las presidenciales, está en la provincia de Buenos Aires, y en especial en el principal distrito electoral, que es La Matanza. Con Máximo liderando al peronismo de esa provincia –algo impensado un par de años atrás- y con la Cámpora en La Matanza, debería ser posible que logre sus objetivos de medio término; pero si no los lograra, como ocurrió con Cristina y Esteban Bullrich en su momento, entonces la presidencial se les volvería más compleja, y no les quedaría más remedio que radicalizarse para consolidar al kirchnerismo como bloque homogéneo dentro del peronismo. El hecho de que Máximo acceda a la presidencia del peronismo local no significa que todos los peronistas lo votarán. El kirchnerismo sigue siendo una variante no muy querida entre los peronistas.

La oposición, por su lado, ha identificado el mismo campo de batalla, y si bien en La Matanza sus chances son limitadas, en la provincia son un poco mejores; eso si ponen a sus mejores cuadros como candidatos. Lilita es una carta fuerte, capaz de hacer los milagros que hizo en su participación anterior en la ciudad de Buenos Aires. La oposición, el macrismo, tiene la oportunidad de capitalizar las debilidades de la lucha intestina en la coalición de gobierno y, sin tener que mostrar resultados de gestión en esos temas, tomar una ventaja. Aunque hay que estar claros: la vitrina pública que significa la jefatura de la CABA les da muchos beneficios, en el sentido que Larreta es el político con mayor aceptación del país, y con un rechazo razonablemente mejor que el de los oficialistas.

Hablar de macrismo no significa hablar de Macri, cuya valoración positiva es baja, no solo por los coletazos de la manera en que tuvo que entregar el poder, sino principalmente porque aún no ha hecho campaña, que en general se convierte en el milagro de poner en perspectiva todo lo bueno que hizo en su gobierno, algo que todavía la oposición, a lo mejor por las disputas internas por la preeminencia, no ha explotado. Pero más pronto que tarde tendrá que hacerlo, tal vez no para las de medio término, pero sí casi con seguridad tendrá que hacerlo para las presidenciales, así Macri no sea el candidato.

Social

La sociedad está cansada de tanto gobierno y tan pobres resultados (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)
La sociedad está cansada de tanto gobierno y tan pobres resultados (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)

La pandemia ha hecho perder ángulos de la lectura social del país. Ya dejamos de ver a la pobreza, al desempleo, al impacto sobre la educación y en general a la inflación como fenómeno social. Y cuando dejamos de hablar de la pandemia, lo que nos queda es la inflación, por lo que la sociedad está cansada de tanto gobierno y tan pobres resultados.

Según un estudio de la Universidad de San Andrés, los principales problemas de los argentinos son la inflación (54%), inseguridad (40%) y desempleo (36%), dejando atrás a la pobreza (26%), que en términos sociales debería ser lo más importante, pues, medida en ingresos, subió del 40,8% al 44,2%, llegando a 18 millones de personas, dos millones más que en 2019, para un total de 5.500 pobres diarios adicionales, convirtiéndonos de esta manera en una fábrica de pobres.

De alguna manera, tanto la inflación, como la inseguridad y el desempleo tienen mecanismos conocidos (así no se los utilice) para ser mitigados; mientras que la pobreza, al tener componentes estructurales muy sólidos, parece difícil de revertir. Porque al decir que es una pobreza de ingresos, pareciera que con solo aumentar el ingreso la pobreza desaparecería. Esto no es así, pues se producen anclajes como el tipo de vivienda, la falta de servicios y la dificultad de acceso a la educación y a la salud, que hacen que una vez que alguien se convierte en pobre, solo la siguiente generación podría hacer algo para cambiar su estatus socio económico. Hoy la inercia nos lleva a que mañana haya 5.500 nuevos pobres, y no al revés.

Económico

(REUTERS/Agustin Marcarian)
(REUTERS/Agustin Marcarian)

Los problemas económicos que enfrenta la Argentina no son nuevos, sino que son una repetición modernizada de los que tuvimos en al menos 75 años. Déficit fiscal, brecha cambiaria con el dólar, controles de precios y de tarifas, endeudamiento externo, excesiva presión tributaria, exportación de productos con baja agregación de valor, país eminentemente agrícola e incipientemente industrial (estos dos últimos calzan en la definición de la Cepal de los años ’60), con limitaciones para el autoabastecimiento petrolero y energético, dependientes de Brasil, y echándole la culpa a los demás de nuestros problemas, especialmente a EEUU, y al FMI. Y el pueblo siempre diciendo que “la plata no alcanza para nada”.

Hubiera sido interesante arrancar este año con una visión diferente, “fuera de la caja”, que nos creara la expectativa de que las cosas pudieran mejorar. Pero eso no pasará, porque “más de lo mismo, necesariamente, conduce a más de lo mismo”.

Internacional

La política exterior no ha mantenido una línea uniforme hasta el punto de que no queda claro cuál es la política exterior (EFE/ Miguel Gutiérrez)
La política exterior no ha mantenido una línea uniforme hasta el punto de que no queda claro cuál es la política exterior (EFE/ Miguel Gutiérrez)

Los países relevantes para Argentina en este 2021 serán Venezuela, por el espejo negativo del rumbo de la gestión de gobierno; Uruguay por el vecino incómodo que, independiente del menor tamaño, comparativamente cada cosa que hace su gobierno se convierte en lo que “debió haber hecho Argentina”; Brasil, como el hermano mayor del cual dependemos, pero que nos trata con desdén y cierto desprecio; y EEUU, como el marcador crítico que pudiera aliviar muchos de nuestros problemas pero que ideológicamente está en las antípodas de una parte relevante la coalición de gobierno.

La política exterior no ha mantenido una línea uniforme hasta el punto de que no queda claro cuál es la política exterior. Se fue dando una suerte de caso a caso, situación a situación, cada evento en su propio contexto y sin solución de continuidad. Temas muy importantes para nosotros, como Mercosur, quedaron en un segundo plano, y temas poco relevantes, como el traspaso de gobierno en Bolivia, cobraron un peso inusitado. Y entre esos casos, la inmanente Venezuela, que le ha traído al gobierno más problemas internos y externos que algún remoto beneficio.

Lo de la falta de una línea uniforme puede ser perfectamente atribuido a la pulseada interna en la coalición de gobierno, que hace pensar que ya no continuará y que, en algún momento del año, se impondrá el kirchnerismo y la línea política dejará de ser basculante para radicalizarse hacia la izquierda aislacionista. Y tendremos que vivir con eso. Porque el cerco autoimpuesto, con vecinos con los que no congeniamos, se profundizará, y ni siquiera la Bolivia de Evo romperá ese cerco, porque ahora es la Bolivia de Arce.

Recomendación

El presidente, Alberto Fernández
El presidente, Alberto Fernández

—Al Gobierno, que asuma los riesgos políticos de tomar las decisiones que nos saquen de esta tendencia involutiva, por la que mañana siempre todo estará peor que hoy. Y eso solo se logrará con medidas concretas que toda la gente entienda y no vía hipérboles para iniciados-

—A la dirigencia de la oposición, que trabajen desde las bases en los distritos más críticos para asegurar una mejor presencia en el congreso, y que tomen consciencia de que Cristina, esta vez sí, va por todo.

—A los empresarios, que no pierdan la referencia con el dólar en sus estados financieros, pues será la única forma de anticipar sustentabilidad y asegurarse que no están perdiendo plata

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