¿Soy racista?

Los argentinos son racistas, pero no lo saben

Así fueron los últimos minutos de George Floyd, según muestran los videos y los documentos recopilados

No es solo el asesinato en cámara, casi en vivo y en directo, de George Floyd. El es sólo el último en una larga -demasiado larga- lista de injusticias.

El caso lo conocen todos, no hablaré de eso. Ni tampoco de las marchas, algunas que terminaron en vandalismo y destrozos, aunque ese no era el propósito ni la intención de organizadores y participantes.

Hablaré de lo que tengo más cerca. De una amiga a quien llamo “mi hermana” y quien tiene la piel oscura. Esta triste y asustada pensando en su futuro. O de otra amiga, Laura, blanca ella, quien adoptó a un niño en Addis Abeba, capital de Etiopía y que hoy crece en el estado de La Florida. Tiene 10 años.

Vi un video (uno de tantos) sobre un padre afroamericano enseñando a su hija de unos siete años a sobrevivir. El le decía: “¿Que tienes que decir frente a la policía o a extraños?”. Y la pequeña levantaba sus bracitos en el aire mientras decía: “No estoy armada, no quiero causarte daño, por favor no dispares, por favor no me mates”.

Si no se te llenan los ojos de lágrimas o no se te pone la piel de gallina leyendo eso, creo que no entendiste la situación, no comprendiste la dimensión del problema… O simplemente eres parte del problema.

George Floyd tenía antecedentes criminales. Estuvo en la cárcel. No era un ángel bajo ningún concepto. Pero tampoco merecía morir asfixiado bajo la rodilla de un policía mientras estaba desarmado y esposado en el suelo, con otros tres policías participando activamente en vez de salvarlo. Todos fueron despedidos de su trabajo y han recibido cargos criminales. Quizás haya justicia, pero Floyd no volverá a la vida.

Estos hechos que se repiten en distintas ciudades y estados, dejaron al descubierto un tema muy profundo. El racismo nunca dejó de existir en Estados Unidos.

El agravante es que después de ocho años de tener un presidente afroamericano, el siguiente ocupante de la Casa Blanca exacerbó el sentimiento racista latente en cierto segmento de la población. Con mensajes sutiles y no tanto, con dichos y correcciones, utilizando el famoso “me sacaron de contexto” o el “no entendieron que era una ironía”, sumada a una gran cantidad de falsedades y mentiras, ha dado permiso a los instintos mas básicos de la población que lo sigue, con guiños del tipo de calificar de “gente fina” a un grupo de neonazis que gritaban públicamente “los judíos y los negros no nos reemplazarán”, mientras vestían ropas con cruces esvásticas sin pudor alguno.

Según fotos de archivo, el padre de Trump era miembro de la siniestra organización KKK (Ku Klux Klan) que aterrorizó y mató a muchos miembros de la comunidad negra desde su inicio en 1865 hasta los años ’50 y ’60. Y también a blancos activistas por los derechos de las minorías. A ese tiempo se refiere MAGA (Make America Great Again [Hagamos a América Grande Nuevamente]). A regresar al tiempo en el cual sólo los blancos dominaban el poder.

Trump mismo y el padre de su yerno Jared Kushner, fueron acusados de discriminar a personas afroamericanas por no permitirles alquilar en sus numerosas propiedades. En sus solicitudes figuraba una sospechosa letra “C” (por colored o “de color”), y así evitaban tenerlos de inquilinos, lo cual es ilegal.

Lo que pasa en el gran país del norte no es nuevo. Pregunten a cualquier afroamericano si ha sentido la seguridad que tiene un blanco al entrar a un restaurante, una tienda, caminar de noche, etc. Sufren del llamado “profiling”. Solo por su color de piel, ya son sospechosos de algo. Son vigilados, perseguidos y discriminados.

Hace unos días me invitaron a hablar de la realidad de lo que se vive en EEUU para un programa argentino. Casi me desmayo cuando escuché a los panelistas, antes de mi entrada al aire. Hablaban con un abogado de raza negra. Nicanor Laurent.

Me resultó ofensiva la forma en la que los panelistas le hablaban, descalificaban su opinión y su punto de vista. Nadie que no sea negro puede saber lo que se siente serlo. El conductor hábilmente intentó dejar en claro que sí, que los argentinos sí son racistas, pero no lo saben.

Usan habitualmente expresiones del tipo “un negro de m…” para referirse a cualquier persona con la piel un poco más oscura o rasgos menos europeos. Y otras peores. Y lo mismo sucede en otros países latinoamericanos. Aún aquellos que, a diferencia de Argentina, tienen una población más mezclada. Como regla general no hay negros en lugares prominentes de poder. A ningún nivel: ni en la política, ni en el mundo empresario, las artes o las ciencias.

La próxima vez que contestes con un automático “no soy racista”, medita profundamente al respecto. Quizás es mejor decir “creo que no soy racista, pero seguramente tengo aún mucho que aprender”.

Ya es hora de que el mundo evolucione. No podemos esperar más.