Necesitamos una nueva utopía

La Argentina se ha convertido en un país avejentado; cansado y casi sin esperanzas. Y últimamente, en especial los peronistas, nos desmovilizamos mirando hacia atrás

Abogado. Ex ministro de Salud y Ministro de Acción Social de la Nación, y ex vice presidente del Consejo Nacional del Partido Justicialista
Casa Rosada (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)
Casa Rosada (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)

Eduardo Galeano nos dice que “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá, ¿entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Quizás habría que completar su lúcido pensamiento, diciendo -con perdón del escritor y periodista- que cuando la utopía es la expresión de los sueños de los pueblos y esta se materializa; se transforma en historia.

Hoy, Argentina se ha convertido en un país avejentado; cansado y casi sin esperanzas. Los grandes sueños movilizadores y motivadores de nuestra historia parecen agotados. Las viejas utopías aglutinadoras de la sociedad, en esta joven Argentina, se cumplieron con éxito y se transformaron en nuestra historia. Hoy carecemos de sueños movilizadores y solo debatimos nuestra subsistencia junto a la mediocridad. Hoy el lugar de la utopía lo ocupan la incertidumbre y los miedos; la esperanza ha huido al pasado con forma de recuerdos.

La movilización política y social de nuestro país se puede contar recordando esos sueños, hoy trasmutados en historia.

Nacimos bajo el ideal de la Independencia; de la Organización Nacional y de la constitucionalización de la Argentina; luego de la mano de la generación del ’80 pensamos en un país abierto a la inmigración y a la educación. Más tarde, instauramos el voto secreto y popular en los albores del siglo pasado, bajo influencia radical. En la mitad del mismo siglo transitamos política y socialmente la post guerra con la humanización del capitalismo; incorporando las mayorías populares y los trabajadores a los derechos sociales a la justa distribución de la riqueza, conjuntamente con la incorporación de las minorías discriminadas; de la mano del peronismo. Posteriormente participamos todos los argentinos de la movilización social y política en contra del autoritarismo y los golpes de estado y recobramos nuevamente el respeto a la Libertad y a los Derechos Humanos. Es decir, la restauración democrática.

Los argentinos estamos acostumbrados a movilizarnos a través de grades gestas colectivas que forman parte de nuestra historia.

Últimamente, y en especial los peronistas, nos desmovilizamos mirando hacia atrás. Peleamos sobre la interpretación del pasado sin avizorar el futuro que está llegando bajo el signo de la “Cuarta Revolución Industrial” de la mano del conocimiento; de la incorporación de la ciencia y la tecnología; de la inteligencia artificial y de la interpretación de la nueva realidad mundial.

Debemos comprender que solo la interpretación del pasado no alcanza para gobernar un pueblo que carece de esperanzas movilizadoras, luchando solo por subsistir; entre peleas políticas, desmanejos administrativos, corrupción y falta de ejemplos políticos y morales, con el cincuenta por ciento por ciento de la población en la pobreza y, además, la incertidumbre de la pandemia.

Queremos organizar a nuestro país con un espejo retrovisor, mientras el futuro huye sin que pueda ser retenido por los distintos partidos políticos.

Cada sector de la grieta puede argüir que estamos transitando una crisis de crecimiento; pero la falta de esperanzas hace que los dolores del parto lo paguen siempre los más débiles.

Oscar Wilde decía: ”…el progreso es la realización de la utopía...” Es decir, si no abrimos una puerta al futuro, nos queda solo envejecer transformando la vida cotidiana en un geriátrico.

A los peronistas nos cuesta comprender que la etapa conducida por el Gral. Perón terminó con su muerte; y que una vez concluida la lucha por la restauración democrática (última utopía cumplida) en las distintas interpretaciones del ejercicio del poder, no generamos como peronistas un conjunto de ideas y esperanzas que en clave de futuro movilizaran a toda la sociedad para unificar un cambio histórico, hasta nuestros días.

Los otros partidos políticos tampoco pudieron. Fueron solo alquimias electorales. Muchas veces circunstanciales. Nos avejentamos juntos.

Pasamos los peronistas del “Consenso de Washington” con Carlos Menem, al “Consenso de los commodities“ con Néstor Kirchner, y en esta etapa de más de veinte años tampoco pudimos desarrollar una nueva utopía que movilizara a toda la sociedad en el nuevo siglo.

Nos presentamos como dos variables contrapuestas, en vez de comprender que el peronismo tiene la plasticidad natural de adaptarse a la realidad sin cambiar sus principios. Además, no gestamos ninguno el embrión de una nueva épica porque no comprendimos que la epopeya anterior –conducida por el Gral. Perón- se había agotado con éxito y que posteriormente nuestra incomprensión mutua nos niega la posibilidad de una nueva esperanza con evolución histórica.

Últimamente, el populismo intentó hacernos creer que iba a contener a los sectores sociales más postergados, sin comprender que la aplicación de un capitalismo temeroso y sin planificación de largo plazo se transforma en una fábrica de subsidios y gastos, con caídas abruptas de la producción y la inversión. Pero mucho peor fue el pretendido remedio al mantenerse las mismas variables, financiadas solo con créditos externos.

La mayoría de los argentinos, y los peronistas también, incorporamos con éxito la aceptación cultural y jurídica de nuevos derechos, como el de la” igualdad de género” y de la “cuestión ambiental”, que forman parte de la nueva agenda mundial. Pero mientras no seamos capaces de ordenar entre todos la comprensión de un nuevo modelo productivo en un nuevo Estado, con más educación, más trabajo, más crecimiento y más calidad de vida, estos derechos carecerán de plena operatividad. Es decir, debemos resolver prioritariamente el problema de la pobreza y la exclusión social que la realidad nos impide disimular.

Después de que el ex presidente Duhalde, con brutal crudeza y acierto, dijera hace más de dos años que “el peronismo es un hormiguero pateado” -por desaciertos económicos del presidente Macri y su frente gobernante-, el peronismo aglutinado triunfó en las elecciones presidenciales nacionales y en la mayoría de las provincias, bajo el lema de “unidad por arriba de las diferencias”.

Hoy el peronismo gobierna como una “coalición de peronistas”. Es decir, varias líneas de pensamiento que acuerdan una administración nacional y varias administraciones provinciales con reparto de porcentajes de poder, según la referencia social refrendada en las urnas. Se constituyen como una “familia ensamblada“ con equilibrio inestable en medio de una difícil situación económica y social con dolores de pandemia. La inestabilidad propia de la crisis se acrecienta por la acción de los distintos sectores de la “coalición”, que por cuidar su porción de poder con la voluntad natural de acrecentarlo, generan desorden y desconfianza social. La conducción del peronismo se presenta como “loteada”.

La oposición actual intenta volver sobre su despojos, esperando que la tragedia de un sector, el llamado kirsnerista -al modo Hegeliano-, se transforme en comedia, mientras transita una retirada desorientada.

Actualmente, el diálogo se encuentra resentido entre todos los actores políticos y sociales, sin un proyecto claro de gobernabilidad. Construimos día a día, en el oficialismo y en la oposición, una nueva “Torre de Babel de dirigentes”, en la cual nos gritamos y hablamos distintos idiomas, como en el libro bíblico del Génesis, produciendo confusión y aturdimiento

Necesitamos todos un nuevo decálogo de esperanzas que movilice nuestra sociedad agobiada y triste hacia el futuro. Tenemos que ser capaces de recrear una nueva utopía. Debemos comprender que la veleta no cambia el viento. Los políticos, como los navegantes, debemos aceptar que si no cambia la posición del viento hay que cambiar la posición de la vela, y luego lo más difícil: ponernos de acuerdo en cómo llegar el puerto más seguro.

Necesitamos comprender y realizar un cambio en el paradigma productivo argentino y pasar de la política de “sustitución de importaciones” a una estrategia alternativa de “valor agregado exportable“ ordenando entre todos nuestra potencialidades y recursos.

En el peronismo tenemos la obligación histórica de realizarlo para ingresar a un nuevo país de esperanzas y progreso, antes de que la crisis se transforme en “caos”, y todos sabemos que de esto último solo se sale con un determinado “orden”, casi siempre alejado del humanismo del que somos parte.

Tenemos que imaginar un mundo, en nuestro caso, una Argentina mejor que la que tuvimos y tenemos. Entonces el peronismo seguirá vivo, no como cantera de votos, sino como un camino al futuro capaz de movilizar nuevamente a un pueblo hacia su felicidad y grandeza.

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