Para qué tanto dinero

Solo la miseria de millones explica los millones de los miserables

Bolsa de Comercio de Buenos Aires en el centro financiero de la ciudad
Bolsa de Comercio de Buenos Aires en el centro financiero de la ciudad

Comencemos por una imprescindible certeza: las instituciones no son ni buenas ni malas, dependen de los hombres que las integren. Esta frase del General Perón suena hoy más certera que nunca. El Estado puede ser buen administrador, lo es en decenas de países, claro que si los políticos son corruptos, el Estado también lo será.

Con la idea de regalar los bienes a los privados so pretexto de evitar la corrupción, imperó la dictadura. “Achicar el Estado es agrandar la nación” rezaba la oblea del Falcón verde que asesinaba, y hoy, la miseria que nos lastima es hija dilecta de ese pensamiento que impuso con sangre sus ideas.

Los privados pueden ser excelentes administradores de lo público mientras no sean delegados de una casta de enriquecidos de turno, caso en el cual serán de los peores. Eso hemos logrado, muy pocos viven de la riqueza que generan, la mayoría de los exitosos de hoy son intermediarios asociados con el poder del momento, y la pobreza es la absoluta consecuencia de este perverso sistema. El peronismo original nos hablaba de la tercera posición, “ni yanquis ni marxistas, peronistas”; ahora, transitamos la tercera posición de lo nefasto, un Estado donde el cohecho impera lo privado, con récord de ineficiencia. No olvidemos que el subsidio es esencial para el retorno del porcentaje tan soñado.

Hay una pregunta sin respuesta que explica por sí misma la miseria que daña, interrogante que desnuda lo peor del alma humana, la ruina que deja al hombre desvalido de las defensas naturales, herido en su razón y en su respeto por el otro. ¿Para qué quieren los ricos tanta plata? Y siempre que aparece, desnuda la lógica de un ciudadano normal, de un humano incapaz de explicar a un monstruo.

En ese “para qué” tan oscuro como toda demencia, en ese absurdo inentendible desde la normalidad, se encierra la enfermedad que nos asola, la codicia improductiva. Y aquí viene la clave, cuando recordamos a Henry Ford, nos encontramos con el acto creativo, con la pasión del productor, con el desafío de generar riquezas para mejorar el nivel de vida del resto de la humanidad. El triunfo de los sectores productivos sobre los financieros define una nación; el proceso inverso es el nuestro, donde lo improductivo terminó siendo lo más rentable. En nuestro caso, solo la miseria de millones explica los millones de los miserables.

Nadie duda de que el capitalismo es imprescindible para el desarrollo de una sociedad, tanto como la concentración del capital es la amenaza de muerte del mismo sistema. Cuando nos enteramos de que el uno por ciento acumula más riquezas que el noventa y nueve restante, entendimos el triste papel que jugamos en la historia, esa perversión que desnuda el peor momento de la humanidad. Luego vendrán los empleados de los ricos a explicar que el problema no es la riqueza acumulada, sino el “populismo”, “el pobrismo”, el peronismo, el catolicismo, la vagancia de los pobres, en fin, un jardín ideológico de empleados bancarios. No me refiero a los que trabajan, sino a esa lacra que intenta convencernos de que piensa, esos filósofos de la injusticia. Demasiados supuestos pensadores modernos se alimentan de las migajas de la mesa de los enfermos de codicia porque son pocos los habilitados al festín; el resto se conforma como asalariados, sicarios ideológicos de los acumuladores compulsivos de riquezas.

Conozco a varios ricos, no pueden dejar de expresar la medida de su miembro viril encarnado en la dimensión de sus billeteras. De mil millones, mucho más de mil, más de diez mil, en fin, de eso no se habla, dado que el poder del dinero es la única limitante a la libertad de expresión. Colección de personajes menores, sin otra atracción que ese número absurdo, que esa miseria ajena acumulada y que ellos disfrazan de éxito, talento, en suma de virtud. Mercaderes que invadieron el templo de la vida, sepulcros blanqueados que no soportan la triste verdad, ellos, solo ellos son responsables de los millones de caídos.

No digan setenta y cinco para involucrar miseria con democracia, son solo cuarenta y cinco los años transcurridos desde la muerte de Perón, cuando se animaron a destruir el Estado, con la dictadura primero, con Menem después, y con el resto, un poco cada uno.

Achicar el Estado es agrandar la miseria, está a la vista, bastaron cuarenta y cinco años para pasar del cuatro por ciento de pobreza al cincuenta por ciento. El resto es solo un cuento de amanuenses que no los perdona y mucho menos les quita el cargo de conciencia, aunque no imagino que la usen, me refiero a la conciencia. El resto lo inventan ellos como única excusa y explicación de la pobreza engendrada por sus miserables existencias.

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