Deformando el pasado

Los extremos que se enfrentaron en los setenta vencieron y nos someten a una tercera posición de concentración económica con autoritarismo político

Quienes reivindican una guerrilla supuestamente heroica y casualmente anti democrática imponen su deformación desde el gobierno, y quienes la aplastaron asesinando desde la dictadura vencieron con su liberalismo económico concentrador. Los extremos que se enfrentaron en los setenta vencieron y nos someten a la tercera posición de lo peor, concentración económica con autoritarismo político. Dos bandos dueños del poder económico confrontan para quedarse con todo; cualquiera sea el vencedor nos impondrá el imperio de la miseria, unos sin libertad política y los otros, sin dignidad económica.

El materialismo sin patria impuso la miseria de su codicia en la versión de la “modernidad”. La mayor degradación de los adoradores bancarios es el intento de sintetizar el marxismo cubano con el catolicismo y el peronismo. Denuncian todas las creencias para intentar imponer al consumidor por sobre el ciudadano y alabar su esclavitud a las tarjetas de créditos. Pululan los empleados de los ricos con intención de filósofos. El Santo Padre, Fidel Castro y el General Perón como objeto de degradación en manos de mediocres con escasa formación, pero bien rentados. Los adoradores del becerro de oro están instalados como mercaderes en el templo de la vida humana mientras los cínicos imponen sus limitaciones al resto de los que todavía creemos en el hombre. Se puede ser creyente o ateo, siempre que no se sienta soberbia por serlo.

Pocas cosas definen con mayor nitidez la decadencia como la ausencia y el desprestigio de la rebeldía. Los que se enamoran de Cuba y Venezuela no lo hacen por el supuesto socialismo que apenas existe, sino por la dictadura que sin duda los seduce como futuro, ese lugar donde solo quienes dominan tienen derecho a disfrutar. Aplaudir la dictadura ajena implica soñar con la propia. Aplaudir a los montoneros expresa un intento de disimular la atroz diferencia entre la violencia contra la dictadura y su ejercicio contra la democracia. Esa tragedia mal narrada deforma el pasado donde la democracia y la convivencia eran un logro que no merecía semejante demencia.

Claro que del otro lado de la guerrilla estaban los asesinos libertarios, esos que siempre prometen instituciones sin asumir nunca que no renuncian a despreciar la democracia. Antes denunciaban demagogias; ahora, populismos. En medio de la guerrilla y la dictadura, entre Videla y Firmenich, entre Fidel y Martínez de Hoz, por encima de semejante decrepitud, existía un pueblo que ambos disputaban conducir sin que ninguno de ellos lo mereciera ni lo lograra jamás. Eso sí, ambos se supieron enriquecer a su costa.

La verdadera democracia tiene dos enemigos, los que se sueñan dictadores y los bancos que concentran riquezas multiplicando pobres. Los primeros manejan el poder formal y buena parte del real; los otros, los bancos y sus rastreros seguidores, empleados exitosos enamorados de servir a los ricos, esos son los cipayos del presente, tan brutos que suelen terminar logrando exactamente lo contrario de lo que dicen buscar. Los asesinos de la dictadura hablaban de “idiotas útiles”, los guerrilleros los denominaban “perejiles”, en los narcos los convierten en “sicarios”, son los serviles en sus dos variantes, progresistas para apoyar al gobierno, libertarios para aplaudir los negocios. Disyuntiva hoy todavía sin salida.

El fanatismo es el miedo a la duda, es eliminar la obligación de comprender al que piensa distinto, una manera de sentirse superior, una absurda pretensión de imaginarse filósofo y vivir como “barra brava”.

Algunos necesitan de la confrontación para encontrar su identidad porque solo el otro los hace ser. Ignoran que en el respeto al que piensa distinto, se encuentra la solidez de la identidad. La verdadera virtud no está en la acusación y la condena, sino en la voluntad de comprensión.

Imperan dos tribus de fanáticos, los ricos codiciosos y los izquierdistas autoritarios. Falta lo esencial, el patriotismo que supieron expresar nuestros padres fundadores, luego en democracia los radicales y los peronistas. En esas etapas, se forjó la patria, luego vinieron la dictadura y la deformación del peronismo a destruirla, y lo peor es que lo lograron.

El autoritarismo supuestamente revolucionario y el liberalismo más acumulador que productivo son dos caras de una misma moneda, la casta que vive parasitando el empobrecimiento colectivo. Y lo antipopular, el intento de degradación de la religión y del peronismo, como expresión de los que se sientes superiores sin asumir que en el desborde actual desnudan ser la elegante consciencia de los asesinos de la dictadura. Pareciera que estos pretenciosos cipayos de los intereses bancarios solo encuentran su identidad en esas críticas cargadas de mala fe e insidiosa voluntad de desinformar.

O acaso, ¿militaron alguna vez en otro partido que no fuera el de los golpes de Estado? Se alaban y premian entre ellos, pretendiendo convertirse en el único pensamiento vigente, como si además de ser la defensa de los ricos pudieran conservar la dignidad.

Recuperemos la política como única expresión del patriotismo, hoy que las opciones oscilan entre dos versiones del fracaso. Nuestra única salida tomará forma desde una concepción renovada del poder, desde una síntesis superadora que nos permita recobrar la esperanza. Es tiempo de que esta opción surja porque encarna una extrema necesidad. Lo vigente es solo el resto, en lo nuevo nace el espacio de la ilusión.

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