Sin límite

Con el dolor de despedir a Diego Maradona no nos dimos cuenta de la importancia y peligrosidad del delito de haber dejado que un grupo de facinerosos tomaran la Casa Rosada

Algunas personas se trepan a las rejas de la Casa Rosada (Foto: Reuters)
Algunas personas se trepan a las rejas de la Casa Rosada (Foto: Reuters)

Con el dolor de despedir a Diego Maradona no nos dimos cuenta de la importancia y peligrosidad del delito de haber dejado que un grupo de facinerosos e irresponsables que vieron la ocasión para saquear lo que se les cruzara tomaran la Casa Rosada. La demagogia berreta del Gobierno y el oportunismo político llevado a lo más bajo de sus expresiones se pusieron de manifiesto en un sainete que, lejos de honrar la figura de Diego, dejó en un segundo plano el homenaje para transformarse en una típica payasada K.

Este sainete de Vaccarezza organizado por quién sabe, pero digno de una mente inocentemente perversa, hizo olvidar por un rato que hace un año nuestros chicos no van al colegio, que miles de compatriotas no pudieron despedir a sus seres queridos, que cientos de miles de empresas, grandes, medianas y pequeñas, sucumbieron bajo el maldito virus apoyado por el Gobierno en una prisión domiciliaria que nos mantuvo cautivos y culpables 250 días.

Pero de buenas a primeras, y valga la paradoja, la ocasión hace al ladrón: nos deja Diego y cómo nos vamos a perder el momento épico de las selfies de Alberto entre la gente y sin barbijo. Los pañuelos de las madres y la reina de la Argentina utilizando la instantánea por la que hizo cerrar la puerta para que el video salga mejor, dejando el pueblo bajo el sol, amontonado, revolcándose y cabeceando gases lacrimógenos. Realmente un bochorno ante el mundo y la peor despedida que se le podía hacer a un grande, organizada por el Gobierno de Alberto y Cristina.

Pero como si esto fuera poco, había que hacharle la culpa de semejante porquería a alguien y ahí está Horacio Rodríguez Larreta, un tipo que tiene la desgracia de hacer las cosas bien y ser prolijo, y no un chapucero improvisado. Entonces nos olvidamos que nos tomaron la Casa Rosada y le echamos la culpa a la policía, que no permitió que la histórica casa se convierta en 120 toneladas de cascotes.

En fin 20 años del mismo circo, con los mismos payasos, pero cada día con menos entradas vendidas. Entre otras cosas, como radical de cuna, repudio el atentado al busto de Irigoyen y le pregunto al Presidente: después de esto, ¿se les puede ocurrir algo peor?