La Argentina de los militantes

Pasaron los tiempos donde soñábamos con un país mejor y ahora se defiende la política desde el lugar de quienes viven de ella

Politólogo y Escritor. Fue diputado nacional, secretario de Cultura e interventor del Comfer.
Movilización por el Día de la Militancia
Movilización por el Día de la Militancia

Nos va mal desde hace años, y asombra la cantidad de convencidos de que dicha responsabilidad es tan solo culpa del otro. La desesperanza es un estado del alma de más fácil acceso que la duda. La derrota del mal que es ajeno es la utopía imposible y absurda que mantiene a muchos tranquilos en su conciencia y sin necesidad de revisar sus convicciones.

Vivimos una sociedad enamorada del pasado, cada quien en su propia versión. Salimos a la calle, los oficialistas a celebrar fechas vividas como históricas; los opositores a denunciar falencias, siempre divididos, alternando fracasos y reivindicando rencores. Hace muchos años escribí una nota titulada “El fin de la militancia”. En realidad, fue el fruto de una charla con una periodista y mi tesis era simple: pasaron los tiempos donde soñábamos un país mejor y ahora se defiende la política desde el lugar de quienes viven de ella.

Festejaron el Día de la Militancia, recordando el retorno del General, diferentes versiones de los que nunca intentaron fidelidad a su mensaje. Aquel “león herbívoro” que vino a pacificar es reivindicado hasta el cansancio por enamorados de la confrontación. Festejaron quienes se sienten herederos de los expulsados de la Plaza por “imberbes”, también quienes deformaron su mensaje degradándolo al peor oportunismo, y lo más llamativo, los que convertidos en funcionarios de otras causas salieron a hacerlo como el divorciado que invita a su ex amor a celebrar San Valentín. Demasiados festejos para una sociedad que sufre la angustia de carecer de dirigencia.

El miedo a ser Venezuela se aleja de quienes se dejaban espantar con ese fantasma, sería como salir del temor a lo peor. Sin embargo, otros riesgos nos asolan sin devolvernos la calma que solo otorga la esperanza, la confianza en un mañana más digno. Si hay algo claro en el presente, es la espejada estatura que separa al gobierno de la oposición. Tiempo escaso en ideas y propuestas, en análisis serios que sirvan para entender nuestra realidad. Mundo de escépticos con abundancia de cínicos, los primeros tan solo protegen la voluntad de creer, los otros ya hace tiempo que la dieron por perdida.

Hubo un atisbo de acuerdo cuando apareció la figura de un posible procurador. Fue solo eso, pronto algunos fanáticos de turno cuestionaron la mera posibilidad de una coincidencia. Un embajador había salido en defensa del régimen del presidente Maduro. Hubo un sigiloso cambio de mirada en el tema y ahora, el mismo personaje nos cuenta su visión negativa de los “medios hegemónicos”. Vuelve a la mesa la deshilachada ley de medios, aquella mezcla absurda de estatismo con vocación de eternizarse y paranoia, que imaginaba enemigos por todos lados. Cierto es que en los medios importantes no se puede hablar mal de los poderosos- suelen ser sus avisadores- tanto como que los medios oficialistas no es costumbre invitar a opositores. Hay dos temas de los que no se habla para evitar dejar de ser invitado a los medios: el enriquecimiento de los políticos y la concentración de la riqueza. Como en todos nuestros actos, vivimos desde dos tribunas, uno podría adelantar la lista de los firmantes ante cualquier conflicto político.

Lo malo de las burocracias es que abandonan la esencia misma de la política, que es gestar el destino colectivo. La suma de los funcionarios de distinto nivel que viven de los cargos que ocupan terminan decidiendo todo desde su propio ombligo, y, en consecuencia, olvidando su obligación de gestar la mejora colectiva. Nada para recordar de esta celebración del Día del Militante.

Hay dos partidos, dos tribunas, mucha grieta, pero los beneficiarios son los mismos, gobierno y oposición según les toque, es decir, parte de la clase ganadora cualquiera sea el resultado.

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