El peso del autoritarismo en un país de distraídos

La experiencia en primera persona de una docente e investigadora que sufrió la bajada de línea política

Universidad de Buenos Aires
Universidad de Buenos Aires

Aprendí a leer con la frase “Evita me ama” y escuchando la protesta de mi padre por el adoctrinamiento que el peronismo hacía de la escuela y los aprendizajes de sus hijos. De allí en más la manipulación ideológica se repitió en el país cada vez que gobernaron peronistas y militares.

Durante el breve periodo peronista que se inició en el 73, participé de una campaña de alfabetización de adultos en una escuela de Villa Jardín en la localidad de Lanús. Los textos con los que alfabetizábamos estaban cargados de sentido ideológico. En la misma época comencé a ser ayudante de una cátedra de economía política en la Facultad de Derecho y presencié cómo se preparaba a los futuros abogados remplazando el estudio de los códigos por la lectura de las cartas de Cooke al General Perón.

En el 75 me echaron de la facultad y pasé toda la dictadura ganándome la vida como profesora secundaria en la escuela de Villa Jardín. Allí, dado que era licenciada en política, tenía a mi cargo las materias de Cultura ética y política e Instrucción cívica. En el primer caso el programa incluía la ética de San Agustín y en el segundo el Estatuto del proceso como la ley suprema por sobre la Constitución.

Tanto en la alfabetización como en la cátedra secundaria encontré la forma de ser honesta con mis alumnos y darles acceso a otra versión. No arriesgué la vida pero nunca sacrifiqué la dignidad y tampoco traicioné mi obligación de ser intelectualmente honesta.

Desde el inicio de la democracia trabajo en investigación y fui docente universitaria. Tuve la enorme felicidad de enseñar e investigar con absoluta libertad. No siempre estuve de acuerdo con el gobierno de turno pero fui siempre libre de pensar y decir lo que creía y ser fiel al resultado de mis investigaciones. Nunca pretendí tener la verdad, pero sí he jugado todas mis cartas para tener el derecho de decir mi verdad.

Desde mitad de los años 2000 en adelante volví a sufrir la presión autoritaria, ahora ejercida desde los claustros académicos que abandonaron su función de análisis critico de la realidad e instituyeron el canon del pensamiento políticamente correcto . De allí en mas, quien no respeta el catecismo del buen progre es pasible de ser acusado de neo-liberal ajeno a todo valor de justicia, excluido de los espacios académicos e incorporado a la lista negra de los autores.

En el 2013 abandoné mi cátedra en la Universidad de la Plata porque mis ayudantes bajaban línea en las clases. Un día descubrí que sin previo aviso me borraron del consejo de la revista de la carrera de Educación.

En la misma época, organizaciones como La Cámpora visitaban las escuelas secundarias y con la historieta del Eternauta caracterizado como Néstor Kirchner adoctrinaban a los chicos del último año a los que luego les concederían “el derecho al voto”.

He visto y veo en todas las instituciones académicas ejercer un macartismo como nunca antes en democracia. Muchos de nuestros académicos y docentes están convencidos de que hay una sola verdad y la predican como un pastor a sus dogmas. Y no todos , pero gran parte del resto dejan que las cosas pasen sin manifestarse en contra.

Hay una parte de los intelectuales argentinos que prefieren la épica de la militancia al análisis critico de la realidad, la tarea de adoctrinar conciencias a la de habilitar el pensamiento pluralista en sus alumnos.

La autora es investigadora de Flacso y miembro del Club Político Argentino

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