Educar para la libertad o la agresión del adoctrinamiento

El peor adversario del populismo es el cuestionamiento, el derecho a pensar y expresarse libremente

Alumnos en una escuela secundaria
Alumnos en una escuela secundaria

Hace aproximadamente mil años surgían las primeras universidades en Europa. Eran instituciones dirigidas por alumnos y, si bien al principio se encontraban bajo la égida de la Iglesia, pronto esos jóvenes con ansias de saber comenzaron, aún poniendo en riesgo su propia vida, a iluminar los siglos oscuros de la Edad Media. Así, conseguían volúmenes de Aristóteles que aún estaban prohibidos comprándolos a mercaderes árabes o judíos, o simplemente hurtaban un cadáver para conocer los misterios del cuerpo humano sentando las bases de la moderna medicina.

Hace 102 años en nuestro país una generación iluminada produjo la Reforma Universitaria en Córdoba, incluyendo entre otras libertades conquistadas a la vieja universidad monárquica y monástica la libertad y la pluralidad de cátedra. Más ideas, más pensamiento, más crítica y todo eso en una casa de estudios donde, en pleno siglo XX, aún se estudiaba el régimen legal de los esclavos.

De hecho, en todo tiempo y lugar donde los regímenes autocráticos gobernaron, la universidad fue un espacio de disenso y resistencia. Más o menos subterráneamente las ideas siguieron su curso y las universidades no entregaron el saber ni la libertad de producirlo. Se resistió porque en esa convicción de pluralismo reside la esencia misma del ser universitario.

Los populismos gobiernan arguyendo representar cuestiones intangibles como “el pueblo”, “nuestras raíces ancestrales” o pretenden adueñarse del concepto de patria o nación. Sus líderes poseen el monopolio de la verdad absoluta, lo cual degenera rápidamente en el autoritarismo. Si quien gobierna posee la verdad, todo cuestionamiento se erige como pecado capital. El peor adversario del populismo no es un eventual espacio opositor sino el pensamiento crítico, el cuestionamiento, el derecho a pensar y expresarse libremente.

Por lo tanto, siempre este tipo de gobiernos bajo cualquier régimen establece una serie de verdades incuestionables que deben ser inculcadas en el sistema educativo. Desde la más tierna edad se forma a los niños y luego a los jóvenes en la creencia de que solo existe una verdad, la de quien gobierna. Cualquier crítica es dañina porque puede conducir a que gobiernen aquellos que no tienen derecho a hacerlo; es decir los que opinan distinto.

Claramente, puede observarse cómo la idea de universidad y el populismo no convergen sino que más bien se repelen. En general, podríamos decir que la idea misma de educación es contraria a un pensamiento unidimensional. Educamos para la libertad, para que cualquier persona tenga el derecho de elegir su camino en la vida, educamos para vivir en una sociedad de hombres libres. Los educadores hacemos crecer alas en nuestros alumnos pero el rumbo de su vuelo finalmente deben decidirlo ellos.

El adoctrinamiento que el actual gobierno predica con tanto fervor, tal como hizo durante el período 2003-2015, constituye básicamente un acto de agresión hacia nuestros niños y nuestros jóvenes. Solo el hecho de pensar que adultos pergeñaron el cuento “Gorila gorilón” dirigido a criaturas de cuatro años de edad hiela la sangre. Ellos no pueden defenderse ante tamaña ruindad.

El caso del examen de la materia Introducción al pensamiento científico en el CBC de la Universidad de Buenos Aires, de la cátedra Flax en la comisión a cargo del profesor Gustavo González, donde más que preguntar se afirmaban groserías acerca del gobierno anterior teniendo el alumno que elegir obligatoriamente una de las opciones, no solo denigra al docente sino que constituye una salvajada propia del famoso “Mueran los salvajes, inmundos unitarios”.

Por supuesto que no debe incurrirse en la tentación de las generalizaciones. Ese docente no es la UBA y quienes en cualquier nivel y modalidad del sistema educativo se le asemejan tampoco son el reflejo de todos los docentes que día a día forman a nuestros hijos.

Finalmente, es necesario crear una fuerte conciencia ciudadana. La voz de los padres debe oírse, con todo respeto, en las escuelas cuando sientan que sus hijos son víctimas de estas prácticas. Lo mismo en las universidades frente a casos como el que hoy nos ocupa; no quedarse callados y disentir con respeto es ser libres. Es posible que esa actitud conlleve algún costo. En las sociedades con alta calidad democrática la libertad es casi obvia. Durante los gobiernos de corte populista muchas veces debemos pagar el precio de esa libertad. Y debemos hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

El autor es exministro de Educación de la Nación

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