Pingüinos en el Sahara

Con la cuarentena y un cúmulo de restricciones, tal vez alguna empresa alguna pueda adaptarse, o recibir alguna prebenda, pero es casi imposible sobrevivir con tantas prohibiciones

El ministro Martín Guzmán y el presidente Alberto Fernández
El ministro Martín Guzmán y el presidente Alberto Fernández

El título de esta nota también podría haber sido “Una jirafa en la Antártida”. O podría haber utilizado la conocida frase de José Ortega y Gasset que afirmó: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Esta conocida frase indica que el entorno que nos rodea nos influye y conforma y al mismo tiempo nosotros la influimos. Somos parte del mundo y el mundo es parte de nosotros: no existimos por separado.

Sabemos que los pingüinos en el Sahara no tendrían muchas chances de sobrevivir. En cambio, en su ámbito natural son millones, y forman parte de un complejo ecosistema. Los pingüinos no podrían cambiar el Sahara, ni el desierto cambiaría por ellos. Simplemente desaparecerían. Sí, claro, tal vez alguno pueda ser una carísima mascota si alguien le acerca alimentos y mantiene temperaturas bajo cero, pero ¿a qué costo y por cuánto tiempo?

Algo similar está ocurriendo con las empresas en Argentina. La cuarentena y un cúmulo de restricciones están funcionando como el Sahara para las empresas. Tal vez alguna pueda adaptarse, o recibir alguna prebenda, pero es casi imposible sobrevivir con tantas prohibiciones. Aún más seria es la circunstancia de los trabajadores que perdieron su fuente de ingreso. Será muy difícil que puedan recuperar su trabajo o conseguir otro. Las razones son múltiples: para que una empresa quiera contratar a alguien tiene que tener perspectivas de crecimiento, y el costo salarial tiene que ser menor que lo que ganaría teniendo más empleados. Eso es difícil con la incertidumbre de una nueva cuarentena (esperemos que no), con una política económica poco clara y con elevados impuestos al trabajo. Por si fuera poco, ¿quién contratará si no puede “descontratar”?

Las normas y regulaciones que tenemos son muchas y si alguna vez fueron buenas, ya no lo son. Las circunstancias cambiaron. La implantación de IFE fue por definición una solución temporaria, pero no se utilizó este tiempo para eliminar las restricciones al trabajo. La reducción de los planes sociales debe ser acompañada por la eliminación de trabas de todo tipo al empleo en blanco. Si alguien que cobraba IFE de $10.000 lograra un empleo con salario mínimo, pagará aportes y contribuciones, seguros y sindicato por casi $10.000. Visto desde el Estado, en lugar de un gasto de $10.000 pasaría a cobrar casi $10.000. En la literatura económica se conoce a estos saltos o discontinuidades como “cliff” o precipicio. ¿Por qué crearlos con las propias leyes?

La emisión monetaria que fue necesaria para paliar la situación tiene que ser absorbida con mayor demanda de pesos y no con más Leliq del BCRA. La única manera de que familias y empresas demanden más pesos es que tengan cómo utilizarlos: tiene que haber mayor actividad económica. No podría haberla por lo que vemos en la propuesta de presupuesto: se prevé aún mayor carga tributaria y los gastos del Estado no se dedican a mejorar productividad. Las empresas públicas competirán con ventaja con las privadas por beneficios fiscales y porque pueden seguir perdiendo dinero. Parecería que se busca agregar arena al Sahara.

Se atribuye a Johan Maynard Keynes la frase: “Cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?”. Es indispensable que el Gobierno elimine gran parte de las regulaciones, prohibiciones, ordenanzas, gabelas, y normas que hoy ya no pueden ser útiles. Tenemos que salir de la recesión y recuperar nivel de actividad. No estamos hablando de entrar en la cuarta revolución industrial, economía digital o similar. Estamos hablando de supervivencia.

La autora es economista de la UCEMA


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