Un país de cristal: la Argentina de la post pandemia

Tenemos una nueva oportunidad para generar una sociedad mejor en todo sentido

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Vota Juan es una serie española que, en tono de humor y con mucha ironía, muestra la cara mediocre de la política española. Más allá de que la serie habla de los políticos españoles y sus propias desventuras, bien podría ser un claro reflejo de los nuestros.

El personaje principal de Vota Juan se ha convertido en un modelo ejemplar de todo lo que no debe ser un político hecho y derecho en la Argentina de la post pandemia, tan débil y desangrada por una grieta que parece no tener fin aún.

Juan, sin duda alguna, hubiera sancionado el impuesto al viento que tan creativamente los concejales de Puerto Madryn aprobaron días pasados. Creativos sí, ingenuos no.

Somos conscientes de que pagan justos por pecadores, pero como estos últimos son muchos más que los primeros, el ideario popular ha degradado la consideración de la política a sus niveles más bajos. El impuesto al viento, sin duda, no los ayuda. El impuesto a los ricos tampoco.

Cuando hablamos de un país de cristal hacemos alusión a la metáfora del Palacio de Cristal de Sloterdijk, ya que resulta útil para que el lector acostumbrado a las desgastadas visiones de las incertidumbres existenciales que nos acechan en tiempos de pandemia analice el concepto de capital para comprenderlo como una realidad socio económica que nos rodea.

La idea de “combatiendo al capital”, conceptualmente, nos ha puesto en el nivel de pobreza extrema que vive hoy nuestra nación con cientos de miles de empresas sin futuro alguno (y sus trabajadores víctimas claras de todo este entuerto).

Dicho de otra manera, sin capital no es posible crecer. Circunscribe el horizonte de las oportunidades, de acceso a lugares, personas, mercancías, educación, salud, más un larguísimo etcétera.

La transparencia del Palacio de Cristal -cual modelo de país- genera la ilusión en los habitantes de los márgenes de poder participar de su confort y seguridad. El palacio se hace desear, se propone como ideal de desarrollo para los más necesitados. La realidad es bien distinta.

Las nubes de ideas, tan de moda por estos tiempos, marcan a la corrupción, la incapacidad, la inoperancia, la negligencia y la falta de transparencia como las principales características de nuestra clase dirigente actual.

Nuevamente, pagan justos por pecadores, pero no podemos ignorar los resultados de la opinión “popular y nacional”. El tratamiento que está teniendo el presupuesto nacional es un claro ejemplo de la “viveza” criolla retrograda que retroalimenta ese tipo de consideraciones.

Las dimensiones éticas dentro de las cuales nuestra política hace lo suyo se han estirado hasta el límite imperdonable de exigir sacrificios a la población sin ponerse como ejemplos primeros en la fila.

Llama poderosamente la atención que no hubo una baja generalizada de las dietas de quienes nos gobiernas como forma de acompañamiento con la sociedad sufriente. Será una deuda más que dejará el Covid-19 tras su paso.

La pandemia ha sido, y lo sigue siendo, un desafío ético tanto para la clase dirigente, como para la población. El país de cristal tiene los vidrios rotos.

Desde la política se han enfrentado con decisiones que requieren un análisis moral. ¿Era necesario cerrar un país entero para mantener la tasa de contagios controlada? ¿Hasta cuándo era ineludible y a partir de cuándo fue una cuestión meramente política?

Los resultados no acompañaron el esfuerzo que hizo la población. Si es cierto y debemos destacarlo como algo positivo el fortalecimiento de todo el sector de salud, las camas de terapia intensiva y toda la infraestructura necesaria para la atención de los pacientes más graves. Pero con eso no alcanza.

También es innegable el costo económico que pagó la ciudadanía y que ha dejado a nuestra nación en su nivel histórico más bajo. “No llegamos ni a subirnos a la lona”, me respondió un conocido economista cuando le pregunté cómo estaba nuestra economía.

Basta con bajarse del auto con chofer, caminar la calle y meterse en el conurbano profundo para entender lo que está pasando y nadie se atreve a decir. Tocar el timbre y ver cómo viven nuestros conciudadanos más necesitados es un ejercicio que debería ser obligatorio para todo aquel que ocupe la función pública, ya que es a ellos a quien más debe servir.

Los líderes de la grieta han cometido demasiados errores. La Argentina de la post pandemia deberá ser pensada de una manera diferente. Y en esto hay consenso, tenemos una nueva oportunidad para generar una sociedad mejor en todo sentido.

Es claro que, en términos económicos el mundo se dirige a una depresión económica de proporciones, que transformará el modo de vida moderno en una algo completamente distinto a lo que fue hasta el 11 de marzo de 2020, fecha en la cual la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara la pandemia.

Sacamos, a modo de ejemplo, una Ley de Teletrabajo que, en lugar de fomentarlo, lo desalienta. Un desacierto por donde se lo analice, que pone nuevamente la lupa sobre el comportamiento colectivo de nuestros legisladores.

Hay hoy millones de argentinos en la desesperación más profunda, quebrados económica y psicológicamente. Son sufrientes de los desaciertos de quienes nos han gobernado por largas décadas.

Somos todos prisioneros de un dilema nacional que nos muestra muy pocas alternativas de salida.

La historia de nuestra nación no nos hace ni mejores ni peores, solamente acentúa aquello que somos, un país distópico con una profunda falta de respeto por las instituciones, la justicia y todo aquello que nos sirva para poner orden y progresar.

La anomía boba como enfermedad nacional, carece de una vacuna aún. Culturalmente no respetamos las normas y eso nos hace peores como sociedad. El dicho popular “hecha la ley, hecha la trampa” es parte de nuestra cultura colectiva moralmente enferma.

Tenemos mala memoria, seguimos manteniendo un sistema político y de gobierno que ha fracasado. No me refiero a la democracia que es lo único bueno que nos queda, sino a la forma de hacer política y gobernar. Desde hace décadas somos cada día un país con más pobres.

La pandemia nos obligo a explorar nuestras deficiencias, ya es imposible taparlas bajo la alfombra. Es necesario pensar un país en serio que dé trabajo, cuide a las empresas y a los empresarios, urge modificar el sistema tributario que lo único que hace es impedir el crecimiento y las inversiones.

La Justicia está trabajando fuertemente: hoy la digitalización se ha acelerado a niveles impensados y los tribunales están funcionando, algunos mejor que otros.

Falta que desde el más alto tribunal se dé el ejemplo, la imagen del juez honesto que resuelve las causas que le lleguen más allá de los intereses involucrados, y que eso llegue a la población. Confiar en la Justicia es un pilar necesario para el crecimiento de la nación, pues es allí donde se deben resolver todas las disputas.

Y, precisamente, una Justicia confiable y respetada será la garantía a futuro del progreso de la nación.

Un juez que frena un desalojo con motivo una usurpación, porque el pasto estaba ¡muy! alto y a partir de ello funda que había abandono del inmueble en nada contribuye a la consideración popular del rol que debe tener la Justicia en nuestra sociedad.

Pero con eso solo no alcanza. La pandemia nos dio la oportunidad de repensar las bases de nuestra nación, un sistema de gobierno, nacional, provincial y municipal, basado en las prebendas y la desigualdad no se puede seguir sosteniendo.

La mitad o más de los habitantes de nuestra nación siguen colgados de las tetas del estado para subsistir y llevar un plato de comida a su familia. Eso no es tolerable.

La crisis ha puesto a prueba a nuestra clase dirigente: algunos respondieron bien, otros más o menos y muchos mal. Lo peor y lo mejor de todos se ha manifestado en estos ocho meses pandémicos. Estamos en tiempos de héroes con capa y espada y villanos sin dientes y mirada oscura.

El presente distópico solo podrá ser cambiado a partir de liderazgos genuinos, tanto de los que les toca gobernar como de los que son oposición.

Está claro a esta altura de los acontecimientos que cuando termine 2020, el año perdido, estaremos frente a un mundo nuevo, diferente. La catástrofe no tiene aún un resultado preestablecido y no sabemos a dónde va a parar.

Por eso es importante hacernos las preguntas correctas. Por suerte la democracia nos da la oportunidad de aprender de nuestros errores del pasado y elegir en la próxima visita a las urnas de la mejor manera posible.

La pandemia se ha convertido en una prueba de supervivencia para los líderes. Los que puedan estar a la altura de las circunstancias lo aprobarán. Los que no, serán condenados al olvido más profundo. Por eso la razón debe primar sobre el oportunismo. El pensamiento de largo plazo sobre el de corto.

Mandela ya lo dijo hace mucho tiempo: todo parece imposible hasta que se hace. Hagámoslo.

El autor es abogado, especialista en Derecho Corporativo. Egresado de la Universidad del Salvador, Master en Derecho Empresario en la Universidad Austral, posee además un Master en Administración de Empresa en la Universidad Católica Argentina y tiene un PHD en la PWU. Se ha especializado en temas Societarios, Concursales y en el Asesoramiento general de Grandes Empresas y PyMES.



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