La política, el resentimiento y la falta de voluntad constructiva

Es innegable que el Gobierno no se caracteriza por su lucidez, tanto como que esa crítica no tienen derecho a ejercerla quienes adhieren al anterior

Politólogo y Escritor. Fue diputado nacional, secretario de Cultura e interventor del Comfer.
El presidente Alberto Fernández. EFE/Juan Mabromata/Archivo
El presidente Alberto Fernández. EFE/Juan Mabromata/Archivo

¿Cómo recuperar el debate político sin denuncias ni olvidos? Ese gran tema ronda en la problemática de todos aquellos que no arrastran un dogma ni acarician un resentimiento y no les resulta fácil comprender las certezas de los extremos. Hay un nivel de adhesión a los errores oficiales que deambula entre la inocencia y la prebenda, y un enfrentamiento opositor al gobierno que implica amnesia del propio fracaso. Algunos denuncian con tanta pasión que dejan en duda su misma actitud democrática, recuerdan discursos que anunciaban golpes, a veces suenan parecidos, otras no dejan dudas de que son los mismos. Hay convicciones que indican conveniencias. La supuesta grieta divide dos opciones del fracaso; intentar una síntesis superadora es hasta ahora una tarea pendiente.

Hay un conflicto con la política, los intereses grupales impiden discutir las necesidades colectivas. Y ese es esencialmente el espacio de la política, el destino común, hoy abandonado en manos de una división que promete acceder a la república y se detiene siempre en los negocios privados. Algunos imaginan un problema ético, como si esa fuera la causa y no tan solo el resultado. En la vigencia de un rumbo colectivo, productivo y generador de trabajo y divisas, la corrupción individual puede ser un obstáculo, jamás la causa del fracaso. Cuando la concepción materialista y codiciosa del mercado se impone por encima de la misma sociedad, de la misma pertenencia patriótica, en ese caso, la corrupción termina siendo una excusa, nunca la justificación de la involución.

Hay avances interesantes tanto en el análisis como en la práctica. Primero, se asume que la decadencia tiene 40 años, se la ubica en su génesis, en la deuda dejada por la dictadura y las privatizaciones de los servicios públicos. En segundo lugar, dejan de asustar con “Venezuela”, el Gobierno comete errores, pero el caos que algunos esgrimen como destino no pasa del lugar de la provocación de sectores minoritarios. Es innegable que el Gobierno no se caracteriza por su lucidez, tanto como que esa crítica no tienen derecho a ejercerla quienes adhieren al anterior. El talento y la coherencia no son valores vigentes en este duro presente.

La crisis económica nos somete a infinidad de recetas curadoras; de algunas se omite que fueron parte de la gestación de la enfermedad. Me asombra que sigan opinando Cavallo, Liendo o Llach, como si se pudiera olvidar el daño demencial de sus políticas, como si todavía semejante destrucción del Estado pudiera ocupar el lugar de “error discutible”, como esa impagable deuda externa que nos legó Macri para facilitar la huida de los capitales de sus socios y amigos. También me asombra el fanatismo de algunas denuncias al populismo, como si la pretensión “republicana” los instalara en alguna pretendida docencia democrática, justo a ellos, que solo la distancia con los golpes de Estado los deja lejos de estar “flojos de papeles”.

La política hoy no convoca a generar proyectos ni a dialogar con adversarios; ocupando la denuncia el lugar de la propuesta, instala el resentimiento donde necesitamos la voluntad constructiva. A veces se percibe el agotamiento de la crítica, de la acusación, de la siembra del miedo, y más allá de las limitaciones del Gobierno y de la oposición, uno querría recuperar las palabras de Ortega y Gasset, “argentinos, a las cosas”.


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