La inflación argentina será más alta el año que viene y no por los tomates

La inflación en nuestro país es producto de un fuerte y constante desequilibrio macro que se traduce en una variación sostenida y sistemática del nivel general de precios

Una mujer hace compras en un supermercado de Buenos Aires (Argentina). EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo
Una mujer hace compras en un supermercado de Buenos Aires (Argentina). EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo

La velocidad crucero de la inflación en la Argentina es, bien medida, desde el 2007/2008, del 2% mensual. Con semejante historia, resulta difícil imputarle el aumento de los precios a las verduritas, o al precio del tomate, como alguna vez lo hizo un ex secretario de Comercio.

Es cierto que los productos estacionales, en el mes de octubre pasado, subieron más del 9%, pero no es menos cierto que la llamada inflación núcleo -la de los precios más “libres”, aunque siempre hay algo de “contaminación” del resto- redondeó el 3,5 por ciento.

La inflación en nuestro país es producto de un fuerte y constante desequilibrio macro que se traduce en una variación sostenida y sistemática del nivel general de precios.

Como decía, el promedio es de un 2% mensual. Cuando, artificialmente, se intenta reemplazar el equilibrio macro, con controles de precios, subsidios, cierre de exportaciones o freno al dólar, la tasa baja a un 1, 1,5% en algunos meses. Cuando el resorte salta, sube al 3-4% con extremos más altos.

Como diría Milton Friedman, la inflación es, al final del día, un fenómeno monetario, pero, también como decía Don Milton, siempre hay que tener en cuenta las condiciones particulares de cada país, en cada momento. En la Argentina, habiendo destruido la moneda propia, la variación de los precios se determina por el aumento del tipo de cambio, la suba de los salarios y el incremento de los precios de los servicios públicos (los que, a su vez, son tipo de cambio y salarios). La política monetaria, por su parte, se encarga de controlar la demanda, la viabilidad y velocidad a la que esos cambios en las variables claves se trasladan a los precios. Y también la política monetaria influye sobre las expectativas respecto de la inflación futura.

Dicho de otra manera, en una economía abierta y competitiva, los precios de los bienes los determina el mercado global y quienes compiten en ese mercado no pueden trasladar aumento de costos ilimitadamente a sus precios. Si algunos costos aumentan por una razón exógena, las empresas tratan de reducir otros costos, o mejoran su productividad o su participación de mercado, o reducen rentabilidad o…quiebran, mientras los Bancos Centrales mantienen el equilibrio entre oferta y demanda de dinero, para controlar “indirectamente” el precio de los servicios. En una economía cerrada, en cambio, todo aumento de costos se puede trasladar a los precios… si la demanda aguanta, y allí es donde entra la política monetaria, que convalida o no cualquier traslado a precios de aumentos de costos. En cuanto a los servicios, la mayoría no tiene competencia internacional -puedo “importar” un servicio de traducción online, pero es imposible “importar” un corte de pelo-. En ese caso, la política monetaria, al influir sobre el tipo de cambio, sobre los costos de financiamiento y sobre las expectativas de inflación, presiona directamente en las decisiones de precios de mi peluquero. Por supuesto que, para ello, el Banco Central necesita tener una política monetaria independiente y creíble. Cuánto más “increíble” sea un Banco Central, la política monetaria influye menos en la inflación y más en el nivel de actividad. (frena la demanda, pero ello no se traduce en freno al aumento de precios).

En la Argentina, en todos estos años, salvo momentos, la política monetaria estuvo y está dominada, directa o indirectamente, por la política fiscal. Hay que emitir para financiar los déficits fiscales o, cuando el déficit se financia con deuda externa, para comprar los dólares de los créditos. Y cuando es el Banco Central el que determina el valor del dólar, como decía, el precio básico de la economía argentina, el Banco Central está, otra vez, salvo momentos, directamente dominado por la política “a secas”. Los gobiernos siempre tratan de atrasar el tipo de cambio, sobre todo en años electorales, y mientras las reservas y los controles aguantan, para que nos sintamos “más ricos en dólares” por un ratito.

En otras palabras, con la economía cerrada y poco competitiva, y con la política monetaria y cambiaria “dominada” por la política fiscal y electoral, es fácil de explicar por qué la Argentina está entre los poquísimos países del mundo en donde todavía la inflación es un problema. Cuando el Banco Central intenta cierta “austeridad monetaria” subiendo la tasa de interés y achicando la liquidez, como su política resulta “increíble” termina generando recesión, en lugar de estabilidad, y expectativas de más inflación en el futuro, porque los costos financieros se trasladan a los precios, o porque aumenta la deuda del propio Banco Central (para “sacar” plata del mercado), deuda que se termina pagando con más emisión en el futuro.

A estas alturas, el amable lector, o la amable lectora, ya sabe cuál es la “receta” para bajar la inflación en la Argentina: tener una economía abierta y competitiva, superávit fiscal, y un Banco Central profesional y operativamente autónomo.

Pero tener una economía abierta y competitiva exige otro Estado, otro sistema impositivo y otros marcos regulatorios. El superávit fiscal es una quimera, porque al Estado super presente, ineficiente, gastador y generador de pobres, con récord de gasto público infinanciable, sólo se le ocurre aumentar impuestos, lo que conspira con tener una economía abierta y competitiva, y el Banco Central, lejos de ser operacionalmente autónomo, está al servicio de financiar desequilibrios fiscales y “campañas electorales”.

Mirando para adelante, en el corto plazo, sin reservas y con el FMI soplándole en la nuca, el Banco Central tendrá que “sobre indexar el tipo de cambio”. Como hay que reducir el déficit fiscal y vamos camino, otra vez, a una crisis energética, habrá que bajar el gasto en subsidios económicos, lo que equivale a un incremento de los precios de los servicios públicos y, finalmente, en año electoral, y sin cambios en regulaciones y costos laborales, los salarios no pueden (ni deberían) ser la variable de ajuste. Los precios máximos, de continuar, agudizarán problemas de oferta y lo mismo pasará con las restricciones a la importación. Sin cambios de fondo, la economía seguirá siendo cerrada, anti exportadora, anti progreso tecnológico y anti mejoras de productividad.

En síntesis, sin profundos cambios estructurales, dado el desequilibrio macro que ya existe, y “como todos los precios relativos tienen que subir”, lo que es una contradicción por definición, lo más probable es que la inflación del próximo año en la Argentina, más allá de algún mes “extraño”, sea más alta que la de este año y, claramente, no podremos echarle la culpa al precio de los tomates.


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