¿El tipo de cambio comercial está en un nivel competitivo o requiere de un ajuste?

En el Gobierno aseguran que no existe atraso real en comparación con el valor de las monedas de los principales socios del país, pero parece necesario destacar algunos hechos relevantes

La optimista versión oficial sobre el real nivel del tipo de cambio se contrapone con la fuerte baja del resultado del intercambio en septiembre y caída de las exportaciones (EFE)
La optimista versión oficial sobre el real nivel del tipo de cambio se contrapone con la fuerte baja del resultado del intercambio en septiembre y caída de las exportaciones (EFE)

La optimista versión oficial sobre el real nivel del tipo de cambio tiene dos facetas. Por un lado, se niega el bajo valor actual en términos de competitividad, aduciendo que el saldo comercial externo es vigoroso y alcanzaría una cifra cercana a USD 15.000 millones en el año en curso.

En segundo lugar, las mediciones respecto al poder adquisitivo del tipo de cambio real multilateral no arrojan cifras alejadas a situaciones anteriores en las cuales la paridad nominal el tipo de cambio nominal se mantuvo relativamente estable, sin necesidad de una devaluación brusca o importante.

Sin embargo, las últimas estadísticas muestran que el saldo comercial alcanzó en septiembre una cifra aproximada a los USD 500 millones, luego de haberse ubicado en los meses anteriores en alrededor de USD 1.500 millones.

Fuente: Tipo de Cambio Multilateral BCRA
Fuente: Tipo de Cambio Multilateral BCRA

Un segundo dato preocupante, dentro de la misma línea de razonamiento, es que el saldo positivo del balance del comercio exterior surge como consecuencia de una inusual disminución de las importaciones, y con caída de las exportaciones.

Brecha cambiaria

Hace un par de semanas, el país se enfrentaba a la cuasi certeza de una continuación de la disparada del tipo de cambio libre, que llegó a cotizar al filo de $200. Esto hubiera provocado una llamarada inflacionaria, pérdida de poder adquisitivo de los salarios, disminución del consumo, recesión, y por esa vía, aumento de los saldos exportables para paliar el faltante de divisas.

Este inusual escenario fue provocado por la radicalización extrema de grupos afines a un sector de la coalición de gobierno y contó con la adhesión o simpatía de encumbrados funcionarios.

Las alarmantes declaraciones del Presidente y de alguno de sus ministros, provocaron escozor en la piel de ahorristas, inversores y también en los ciudadanos comunes, que advirtieron con preocupación cómo se licuaba rápidamente el poder adquisitivo de sus ingresos, ante los incrementos en los precios de los artículos de primera necesidad, tales como alimentos, higiene, limpieza y medicamentos.

Luego de la extenuante, pero finalmente “exitosa” negociación con los tenedores de bonos nominados en moneda extranjera, y a pesar de los cuantiosos gastos extraordinarios que provocó la pandemia del covid-19, quedó expedito el camino para una programación macroeconómica austera que pusiera en caja las indómitas variables nominales con las que habitualmente debe lidiar la economía argentina.

Pero, en su lugar, a la inicial tirria contra el sector productor de riquezas con que inició su mandato el actual gobierno, sumado a la poco conveniente defensa, para los intereses nacionales, de cuestionados gobernantes acusados de antidemocráticos, en el subcontinente, se agregó una suerte de infantil fantasía revolucionaria que ha propiciado la ruptura de dispositivos de almacenamiento de granos, la intención de colectivizar empresas del sector privado y, más recientemente, la gravísima violación de los derechos de propiedad por parte de funcionarios irresponsables, que acompañaron a un minúsculo grupo de fanáticos, que parecía tener como objetivo, convertir el derecho de propiedad actual en un instrumento jurídico en desuso, que debía ser reemplazado por la posesión social de todos los bienes existentes en la economía.

La lógica reacción de la mayoría de la población, que corrió presurosa a adquirir divisas extranjeras para salvar lo que pudiera de sus ahorros y de sus ingresos, provocó un susto mayúsculo en la cúspide del poder político. Se avizoraba un pronto y fatal desenlace cambiario con potencial de derribar no sólo a un ministro o a todo el gabinete, sino también al gobierno mismo.

La lógica reacción de la mayoría de la población, que corrió presurosa a adquirir divisas extranjeras para salvar lo que pudiera de sus ahorros y de sus ingresos, provocó un susto mayúsculo en el Gobierno

Tras la misiva de la vicepresidente, el gobierno recuperó la iniciativa y con rudimentarias y peligrosísimas herramientas, logró controlar transitoriamente la corrida cambiaria. Algunas declaraciones prudentes del ministro Martín Guzmán desataron una mini-euforia bursátil y una tranquilizante baja del precio del dólar marginal.

El Gobierno no solo se “tranquilizó”, como le gusta decir al ministro de Economía, sino que, además, ingresó en una euforia descontrolada, que lo llevó a tropezar nuevamente con la misma piedra que lo hizo trastabillar peligrosamente antes. Surgieron propuestas de estatizar empresas fallidas y regalar tierras fiscales a un nuevo y revolucionario “campesinado” que permitiría cumplir el viejo sueño de la “reforma agraria” de los seguidores de Carl Marx.

Surgieron propuestas de estatizar empresas fallidas, como el caso Vicentin, y regalar tierras fiscales
Surgieron propuestas de estatizar empresas fallidas, como el caso Vicentin, y regalar tierras fiscales

El panorama se enrareció nuevamente y ahora parece apostarse todo a un “buen acuerdo” con el Fondo Monetario Internacional.

El nuevo acuerdo con el FMI

La fantasiosa idea de que no habrá necesidad de efectuar reformas estructurales para acceder a la extensión del programa vigente y a un nuevo desembolso de dinero fresco, es solamente un globo de ensayo, lanzado por el Ministerio de Economía, que no tiene fundamento alguno. La idea de transformar el préstamo stand-by en otro de más largo plazo (10 años), llamado Programa de Facilidades Extendidas, es razonable y conveniente.

Aunque se pudiera “engañar” a los burócratas del Fondo, sería totalmente contraproducente basar la política económica futura, únicamente, en un ajuste fiscal y monetario por la vía de nuevos impuestos y la absorción de liquidez con mayores tasas de interés.

Sería totalmente contraproducente basar la política económica futura, únicamente, en un ajuste fiscal y monetario por la vía de nuevos impuestos

De esta manera, sólo se conseguiría una “estabilización” transitoria, en un marco de renovada presión recesiva. La falta de dinamismo de la economía continuaría incólume si no se encara un serio programa de “ajuste estructural”.

Dicho en otros términos, el peor favor que le pueden hacer al gobierno y al país los burócratas del FMI es permitir que se continúe con el esquema de política que parece estarse armando en estos momentos.

Ahora parece apostarse todo a un “buen acuerdo” con el Fondo Monetario Internacional
Ahora parece apostarse todo a un “buen acuerdo” con el Fondo Monetario Internacional

El principio del fin del gobierno de Mauricio Macri fue la aprobación y posterior implementación del Impuesto a la Renta Financiera. El mismo día de su entrada en vigencia comenzó la carrera por “huir” de las inversiones en pesos, transformando una importante proporción de los vencimientos de Lebac en dólar cable, vaciando paulatinamente las reservas del BCRA y colocando las divisas en el exterior.

El “amarrete” programa económico que regiría en los próximos meses, podría tener el mismo destino. La entrada en vigencia del “impuesto a la riqueza”, si ocurriera, y el ya vigente “apretón monetario” sólo estirarían la agonía, pero nada cambiaría, de fondo, en la “atascada” economía argentina.

A falta de voluntad política para encarar un verdadero “ajuste estructural”, no parecen existir alternativas que no sean extremadamente costosas para la sociedad.

A falta de voluntad política para encarar un verdadero “ajuste estructural”, no parecen existir alternativas que no sean extremadamente costosas para la sociedad

Si el sector público quiere “seguir de fiesta”, mientras el sector privado paga los costos, la alternativa menos mala podría ser “arreglar” con el Fondo una devaluación del dólar oficial y un desembolso de dinero fresco para financiar una fuerte baja de impuestos que reanime la alicaída economía, vía un aumento de la rentabilidad de las empresas.

La baja de los costos impositivos contrarrestaría parcialmente la presión sobre los precios del aumento del dólar y daría más tiempo para pensar mejor qué es lo que se quiere hacer con la moribunda economía argentina.

La falta de “atraso cambiario” que se mencionó al comienzo debería considerarse “adelanto de precios”, que es su contracara. Como dice siempre Javier Milei: “el dólar es un activo financiero y siempre pica en punta”. Todos los demás bienes, por ejemplo autos, inmuebles, artículos de electrónica y computación, etc., están “baratos” en términos de dólar, porque aún no incorporaron masivamente los efectos de la expansión monetaria previa.

La inacción del Gobierno implicaría beber lentamente y a sorbitos, el veneno inflacionario. La idea expuesta anteriormente, sinceraría la economía y permitiría un respiro más prolongado. Habría que engullir el brebaje de un solo trago y sufrir las consecuencias más concentradamente en el tiempo.

Si no hay voluntad de hacer algo más serio, sería mejor “arriesgarse” un poquito antes que quedarse quieto mientras el veneno mata lentamente a la cada vez menor cantidad de sobrevivientes de las exóticas e inusuales políticas con las que experimentan los gobernantes que “supimos conseguir”.

Finalmente, como decía Milton Friedman, “no hay almuerzo gratis” y la crisis, consecuencia de décadas de gasto público descontrolado, alguien tiene que pagarla. Si la política no quiere ajustarse, no queda más remedio que “soportar el cimbronazo” y pensar mejor el voto en las próximas elecciones.

El autor es Economista y asesor financiero

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