Un país de artesanos y horticultores

Los países promueven hoy la urbanización, la educación y el desarrollo basado en la industria y servicios mirando al futuro

28/09/2020 El presidente argentino, Alberto Fernández
POLITICA SUDAMÉRICA ARGENTINA
CASA ROSADA
28/09/2020 El presidente argentino, Alberto Fernández POLITICA SUDAMÉRICA ARGENTINA CASA ROSADA

El presidente Fernández dio su aval a las propuestas de los dirigentes de los movimientos sociales para avanzar en la descentralización demográfica para combatir el hacinamiento en las ciudades y reconvertir a la Argentina en un país de horticultores y artesanos. Esas iniciativas consideran que el nivel de urbanización fomenta la pobreza y que habría que seguir los modelos de Francia e Italia donde la distribución de la población es más equilibrada, lo cual estaría acorde con alguna idealización cuyos fundamentos no se conocen.

La agricultura en Francia e Italia existe por la política de subsidios de la Unión Europea implementada a través de la Política Agrícola Común que comenzó en los años 60 con la excusa de sostener la producción de alimentos ante el recrudecimiento de la guerra fría. Francia tiene una superficie de 643.800 kilómetros cuadrados y una población de 67 millones. La agricultura francesa aporta hoy el 1,6% del PBI y emplea solo 700.000 trabajadores cuyos ingresos provienen en un alto porcentaje de los generosos contribuyentes europeos. Las posibilidades de una exigua competencia prevista en el Acuerdo con el Mercosur provocaron airadas reacciones en los Países Bajos, Francia y Austria.

Italia tiene 60 millones de habitantes concentrados en 302.073 kilómetros cuadrados mientras la Provincia de Buenos Aires tiene una superficie de 307.571 kilómetros cuadrados con 17 millones. Mientras en Italia se confunden las zonas rurales, intermedias y urbanas, las extensiones en la provincia de Buenos Aires, su población relativamente escasa y deficiente infraestructura explican las diferencias. La agricultura en Italia representa el 2,1% del PBI y emplea el 4,1% del total de los trabajadores.

La Argentina siempre reclamó contra los subsidios concedidos a la agricultura por los Estados Unidos, Unión Europea y Japón. Estas protestas han sido una constante de la política exterior independiente del color político de los gobiernos. Los países desarrollados consideraron en los años 50 que la agricultura era un sector especial que no podía estar sujeto a las mismas normas de competencia que la industria y acordaron políticas de apoyo a la producción, subsidios a los excedentes exportables y elevadas tarifas para limitar las importaciones sin tomar en cuenta las consecuencias sobre los países agrícolas exportadores. Los subsidios en los Estados Unidos superarán los 40.000 millones este año, en la Unión Europea los 80.000 millones y en Japón 22.000 millones.

La política de subsidios y protección al sector agrícola también es practicada por países en desarrollo con diferentes excusas. India mantiene elevados precios sostén, barreras a la importación y subsidios por 23.000 millones para resguardar el magro nivel de vida de sus agricultores y contener la migración interna. China implementa una activa política de promoción de la producción agropecuaria; la OECD calcula que sus subsidios ascienden a 220.000 millones. A esa situación se suma el accionar de las empresas públicas para controlar las importaciones.

La idea de volver al campo pertenece al rubro de utopías que enseñan a tomar distancia de las perversiones de la vida urbana y terminan por corromper el alma del hombre/mujer que por origen nace puro/a. La posibilidad de disfrutar de la naturaleza como lo hacían los habitantes originarios, abandonar lo material y tener acceso a una alimentación sana libre de los agroquímicos de las multinacionales suele despertar la imaginación sobre la potencialidad y una vida ilimitada del hombre/mujer nuevo/a. Esta fantasía arremete contra los deseos perversos del lucro que subyace en la producción de commodities y la agroindustria.

Las propuestas de forzar la conversión de la Argentina en un país de artesanos y horticultores ambicionan detener el reloj de la historia. Los países promueven hoy la urbanización, la educación y el desarrollo basado en la industria y servicios mirando al futuro. Todas estas aventuras tienen un costo de oportunidad muy alto e implican una elección de prioridades que pareciera no reflejar los cambios en la estructura de producción. Los intentos de difamar la producción agropecuaria con quimeras redentoras extraídas de un cristianismo primitivo surgido del desierto suman zozobra y perjudican los esfuerzos de recuperación.

El autor es Licenciado en Economía Política (UBA), Master in Economics (University of Boston) y fue embajador argentino en Tailandia. Es miembro consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI)