Elecciones en EEUU: cómo fueron las relaciones entre los gobiernos peronistas y las administraciones demócratas y republicanas

Cada cuatro años, los analistas políticos son abordados en prácticamente todos los países del mundo con la misma pregunta: ¿qué conviene? ¿Un triunfo republicano o una victoria demócrata?

Carlos Menem junto a George Bush
Carlos Menem junto a George Bush

Invariablemente la elección de un nuevo jefe de la Casa Blanca despierta conjeturas y elucubraciones sobre la conveniencia de tener un demócrata o un republicano en el poder norteamericano. Pero, ¿cómo fueron las relaciones de los diferentes gobiernos peronistas con las Administraciones demócratas y republicanas?

Se suele afirmar que el gobierno del general Juan Perón mejoró sus relaciones con los Estados Unidos a partir de la llegada del gobierno republicano del general Dwight D. Eisenhower a la Casa Blanca en enero de 1953. Sin embargo, una lectura más profunda de la época indica que los intentos de Perón por mejorar el vínculo con Washington comenzaron bastante antes. En rigor, después del turbulento duelo con el embajador Spruille Braden -un episodio clave de la campaña de 1945/46 en la que se combinaron la torpeza del enviado norteamericano y la habilidad de Perón- el líder justicialista buscó mejorar las relaciones con los Estados Unidos. Este intento fue desplegado casi inmediatamente después de asumir su gobierno. Fue así como Perón buscó cultivar la amistad con los diferentes embajadores que Washington envió a Buenos Aires en aquellos años.

Perón llegó a anunciar que tenía la voluntad de que la Argentina se comprometiera en la guerra de Corea que siguió al ataque del régimen comunista norcoreano a su vecino del Sur el 25 de junio de 1950, una iniciativa que no llegó a concretarse por la oposición de sectores del Ejército, los sindicatos y el partido radical. Del mismo modo, una expresión cabal de ese intento por seducir a los norteamericanos fue la especial bienvenida que el líder justicialista brindó a Milton Eisenhower, hermano del presidente y “Special Envoy”, durante su visita al país en 1953. En su libro The Wine is Bitter (1963), Milton Eisenhower recuerda: “Decir que la recepción que me brindó Perón me dejó atónito es un pobre eufemismo: alfombras rojas, bandas pintorescas, guardias militares de honor por todas partes”.

Así como la actitud de Perón frente a la Guerra de Corea en 1950 significó un punto de inflexión clave en su política exterior, el contrato con la California Argentina de Petróleo S.A., firmado por el 25 de abril de 1955, se convertiría en un hito en la política económica del segundo gobierno peronista. Los capitales de la California estaban integrados por la Standard Oil. La política de Perón de intentar atraer inversiones extranjeras era un punto fundamental del Segundo Plan Quinquenal y la alianza con los capitales norteamericanos para la explotación energética -una política que sería profundizada por el frondicismo- era un pilar de esa iniciativa.

Perón fue derrocado en septiembre de 1955. Su caída se produjo en momentos en que su gobierno acaso atravesaba el mejor momento en la relación con los Estados Unidos. El 25 de junio de aquel año The Wall Street Journal había publicado que fuentes del Departamento de Estado “sentían mucho que el presidente Perón se enfrentará con graves dificultades internas” (dado que Perón estaba) “siempre del lado occidental en los momentos de tensión de posguerra y constituía una excelente garantía para los capitales”.

El regreso del peronismo al poder en 1973 tras dieciocho años de exilio del líder y proscripción encontró al republicano Richard Nixon en la Casa Blanca. Su llegada a la Presidencia en 1969 había inaugurado una política exterior hiper-realista en la que Sudamérica sería más que nunca una región alejada de los conflictos globales, con la posible excepción de los sucesos en Chile. Pero en todo caso, la Casa Blanca de Nixon-Kissinger estaba claramente enfocada en terminar la guerra de Vietnam y en la política triangular frente a Moscú y Beijing. A su vez, el republicano luchaba por preservar el poder en medio de la desgracia del caso Watergate. Dos acontecimientos casi simultáneos impidieron el encuentro del líder justicialista con Nixon anunciado para la segunda mitad de 1974 y que incluso llevaron a adaptar el avión presidencial con una sala de cuidados intensivos para ese traslado. La muerte de Perón el 1 de julio y la crisis del Watergate se interpusieron en el camino impidiendo concretar la cumbre con la que el jefe del peronismo pretendía coronar su regreso al poder.

En tanto, desde su primer encuentro en Costa Rica, en octubre de 1989, el presidente Carlos Menem estableció una cercana relación con el republicano George Bush quien había sucedido a Reagan meses antes. Dotado de un encanto personal y una audacia reconocida por propios y ajenos, Menem le preguntó a Bush en qué podía ayudarlo. El presidente recién asumido de un país latinoamericano en medio de una profunda crisis hiperinflacionaria le ofrecía su ayuda al líder del mundo libre generando una inmediata corriente de simpatía.

El mundo vivía entonces cambios vertiginosos. El orden bipolar de la Guerra Fría llegaba a su fin. El colapso del imperio soviético dio paso al “momento unipolar” en el que los Estados Unidos liderarían el mundo. Fue entonces cuando Bush habló del surgimiento de un “nuevo orden mundial” en el que las dos superpotencias rivales del período anterior concurrían juntos en la (primera) guerra de Irak de 1991. Rápido de reflejos, Menem instruyó a su canciller Domingo Cavallo a anunciar que la Argentina participaría en el esfuerzo militar ordenado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para restituir la soberanía estatal de Kuwait tras la audaz invasión iraquí del 2 de agosto de 1990. Bush devolvió el gesto meses más tarde cuando -desafiando algunos consejos de sus asesores- no suspendió su programada visita a Buenos Aires apenas dos días después del intento de golpe militar del 3 de diciembre de aquel año, lo que significó un enorme respaldo para el presidente argentino.

La derrota de Bush a manos del gobernador de Arkansas, el demócrata Bill Clinton, en 1992 hizo suponer que la química personal lograda entre el riojano y Bush era imposible de replicar. Pero Menem demostraría que su aproximación a la política exterior era lo suficientemente consolidada como para entenderse con el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Tres años más tarde la Argentina sería reconocida con el status de aliado extra-OTAN.

En 2003 un nuevo gobierno de origen peronista llegó al poder. Néstor Kirchner declaró buscar inicialmente una relación madura y de respeto con Washington. El vínculo bilateral había atravesado momentos complejos durante la crisis que siguió a la caída del gobierno de Fernando de la Rúa. La política exterior del presidente provisional Eduardo Duhalde y el canciller Carlos Ruckauf había procurado mantener una línea de continuidad con respecto a la de sus antecesores pero algunas realidades eran insoslayables: la Casa Blanca le había negado asistencia financiera del Fondo Monetario Internacional en el tramo final de 2001 al ministro Domingo Cavallo lo que aceleró el colapso de la convertibilidad. Por otra parte, en medio de la campaña electoral Duhalde aceptó modificar el voto en relación con la condena a la situación de los derechos humanos en Cuba, rompiendo la tradición que se había seguido durante los gobiernos de Menem, De la Rúa y la suya propia durante su primer año en el poder (2002). Fue entonces cuando el subsecretario de Estado Roger Noriega afirmó que la Argentina había dado “un giro a la izquierda”. Sin embargo, la Administración Bush (hijo) intentó un acercamiento. Apenas semanas después de la toma de posesión del santacruceño, llegó a Buenos Aires el secretario de Estado Collin Powell para contactar a las nuevas autoridades. En tanto, el 23 de julio de aquel año Kirchner fue recibido en visita de Estado en la Casa Blanca.

Pero las relaciones no tardaron en deteriorarse. Kirchner comenzó a alinearse con los gobiernos de izquierda que fueron llegando al poder en aquellos años en la región. En noviembre de 2005, el gobierno argentino se prestó a organizar -formal o informalmente- una contracumbre durante las sesiones de la Conferencia de las Américas en Mar del Plata a las que asistieron todos los mandatarios de la región, incluyendo a Bush. La Argentina se transformó en el escenario en el que Hugo Chávez gritó “ALCA, ALCA, AL-CARAJO”.

La elección de un presidente demócrata como Barack Obama en 2009 alimentó las esperanzas de los kirchneristas de mejorar las relaciones. Sin embargo, éstas solo se deteriorarían con el correr de los años que siguieron. Dos episodios terminarían de dañar el vínculo con los Estados Unidos. El primero de ellos tuvo lugar cuando el canciller Héctor Timerman decomisó material sensible de un avión militar norteamericano en el aeropuerto de Ezeiza. El segundo se produjo cuando el gobierno de Cristina Kirchner firmó el Memorando de Entendimiento con la República Islámica de Irán en enero de 2013. La firma del acuerdo con Teherán provocó un colapso en las relaciones con el Estado de Israel y complicó los lazos con la colectividad judía de gran influencia en Washington. Cristina Kirchner terminó su período en 2015 en medio de un enfrentamiento con los Estados Unidos que la llevó a advertir que “si me pasa algo, miren hacia el Norte”.

En tanto, un nuevo gobierno de origen peronista fue elegido en 2019. Y aunque el jefe de Estado ha manifestado que se siente más cómodo con la calificación de “progresista” algunas conjeturas pueden plantearse. Hasta ahora, el gobierno de Alberto Fernández ha declarado buscar una relación pragmática y de respeto con los Estados Unidos. Para ello nombró a un embajador moderado, experimentado y cercano al propio Jefe de Estado como Jorge Arguello. Sin embargo, en el terreno de los hechos algunos pasos posteriores dejaron ver que la Administración Fernández-Kirchner optó por colocarse en contra de cada iniciativa de la Casa Blanca en la región. Algunas de esas posturas maximalistas, como las adoptadas en ocasión de la elección de autoridades de la Organización de Estados Americanos y del Banco Interamericano de Desarrollo implicaron pagar costos innecesarios. En el mismo plano, la anunciada vocación expresada por las principales figuras de la política exterior del oficialismo de adherir a la llamada Ruta de la Seda (One Belt One Road), es decir la principal iniciativa de política exterior de la República Popular China, no puede sino ser entendida en el mismo sentido en momentos en que Washington y Beijing protagonizan una creciente rivalidad estratégica.

Por su parte, el candidato demócrata a la Presidencia Joe Biden ha manifestado que Venezuela está sometida a una dictadura en manos de Nicolás Maduro, lo que equivale a suponer que su eventual política frente a la catastrófica crisis venezolana podría estar caracterizada más por una continuidad que por una ruptura.

Una aproximación realista a la pregunta inicial llevaría a comprender que la naturaleza fundamentalmente asimétrica de la relación bilateral entre Argentina y los Estados Unidos importa la necesidad de aplicar criterios prudentes y cautelosos. Tal lectura implica comprender que la historia enseña que más que esperar cambios desde Washington, el tipo de lazo entre Argentina y los Estados Unidos está vinculado esencialmente con la clase de actitud que el gobierno argentino adopte frente a esa realidad geopolítica.

El autor es especialista en relaciones internacionales. Sirvió como embajador argentino ante el Estado de Israel y Costa Rica.