¿Volvió Macri?

La pregunta es qué tan redituable resulta, en un país que transita por una cornisa estremecedora, acelerar aquellos temas que horadan aún más la imagen del gobierno. Además, el ex presidente debe diferenciarse de su propio “yo”, el que gobernó entre 2015 y 2019

Sociólogo, autor del libro "Gustar, ganar y gobernar" (Ed. Aguilar)
(Nicolás Stulberg)
(Nicolás Stulberg)

A casi un año de las elecciones nacionales de 2021, la Argentina sigue transitando rumbos inciertos. El coronavirus no da tregua y la ya golpeada economía nacional intenta subsistir en un escenario económico regional y global muy complejo.

Es evidente que todo aquel que esté en política ya tiene un calendario marcado con rojo en los –por ahora- dos momentos claves: las PASO y las generales. En este marco, sería ingenuo pensar que el gobierno no tiene en vista la contienda electoral, del mismo modo que lo tiene la oposición y el resto del arco político.

En este juego de posicionamientos, no sólo entre gobierno y oposición, sino también hacia el interior de cada uno de los espacios políticos que anticipa los comicios del año que viene, los diversos actores despliegan sus estrategias y buscan lograr el tan ansiado efecto diferenciación o contraste. Esto último es particularmente visible en los movimientos de la oposición. Sin embargo, la pregunta es qué tan redituable resulta, en un país que transita por una cornisa estremecedora, acelerar aquellos temas que horadan aún más la imagen del gobierno, su credibilidad y las expectativas que los electores depositaron en él, hace menos de un año.

Por otro lado, uno de los grandes dilemas que sobrevuelan a quienes buscan conformar una alternativa al kirchnerismo es la falta de un liderazgo político que galvanice el arco opositor. No se trata tan sólo de alguien que construya, instale y lleve adelante una agenda política alternativa, sino de alguien que también logre ser un rostro visible, unificador de las diferencias internas, y candidato de cara al 2021 y, sobre todo, al 2023.

Volvió Macri

Uno de esos rostros es el de Mauricio Macri. Es fácil discernir si es un rostro convocado por una mayoría o si es un rostro auto convocado. Ningún presidente argentino logró desligarse totalmente del poder, y el caso de Macri no parece ser una excepción. En sus propias palabras, su actividad política no ha terminado. Si bien entre los objetivos que comunica públicamente no está el de ser candidato, lo cierto es que esta estrategia recorre su historia electoral: nunca anunció una candidatura con tanto tiempo previo a los comicios. Evidentemente, su nivel de conocimiento público y el nivel de adhesión que suscitó su ultimo resultado electoral (40.28%), hacen casi imposible no ver al ex presidente en alguna futura candidatura.

Sin embargo, uno de los desafíos más notables que tiene Macri, ante su reciente aparición en el escenario público, es diferenciarse. En la jerga de la comunicación política, es sabido que la diferenciación es uno de los objetivos trasversales a casi cualquier estrategia, pero la dificultad de Macri no está solo en diferenciarse de Fernández –algo que la misma grieta se encarga de hacer- sino que el ex mandatario tiene que diferenciarse de su propio “yo”, que gobernó entre 2015 y 2019. Las preguntas que debe responder a los electores son en qué se diferencia de su otra versión o por qué ahora deberían votarlo.

Parece ser una sutileza que la autocrítica más profunda que Macri hace de su gobierno sea el exceso de visión positiva y optimismo que generó. En otras palabras, una distancia entre las expectativas y los objetivos. Quizás pueda ser una respuesta para quienes le piden que reconozca algo –y se quedan con el mero acto-, pero lo cierto es que no lo es para quienes escuchan la respuesta. Ahora bien, es a este segundo grupo, a los votantes que terminaron distanciados de su gobierno, a quienes Macri tendrá que poder hablarles si aspira a transitar nuevas sendas electorales.

Sin embargo, el regreso aparente de Macri se encuentra con distintas internas activándose –algunas más agazapadas que otras- en el heterogéneo espacio de la oposición, con liderazgos visibles que pujan por lograr seducir a los votantes que llevaron a Cambiemos a la presidencia, pero también a los desencantados de otros sectores.

La más evidente es la que identifica a Horacio Rodríguez Larreta como el líder “natural” de la renovación del espacio. Si bien el Jefe de Gobierno porteño ha sabido mantener un perfil bajo asociado a la gestión y los resultados, su estrategia continúa mostrándolo como un antagonista “responsable” del gobierno nacional. En otras palabras, Larreta marca diferencias, antepone miradas y contrasta valores, pero es consciente de que el país está atravesando una crisis sanitaria, económica y política que demanda de un trabajo articulado. No se trata de un mero espíritu patriótico o una actitud puramente pragmática, sino que la precaución de avanzar en este complejo escenario remite a la sabia cautela de evitar ser identificado como un radicalizado y un irresponsable.

En cuanto al “sector peronista” del PRO, en las últimas horas las duras declaraciones de Macri respecto a la labor del ex presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, y del ex Ministro del Interior, Rogelio Frigerio, parecen constituir un punto sin retorno en la relación de dicho grupo con el ex presidente, que podría aprovechar con creces el Jefe de Gobierno porteño, que siempre se mostró más abierto a la incorporación de justicialistas en sus filas, como lo atestigua la presencia de su activo vice Diego Santilli.

Por otro lado, el radicalismo sigue boyando en sus siempre intrincados laberintos internos, como quedó expuesto en los últimos días en la interna que enfrentó a dos grupos de senadores nacionales en relación a la postura frente a la continuidad de las sesiones virtuales. Sin embargo, no por ello está exento de contar con liderazgos provinciales que pueden, llegado el momento, convertirse en liderazgos nacionales. Se trata de distintos legisladores nacionales, pero sobre todo de los tres gobernadores del centenario partido fundado por Alem, quienes, si bien tienen una agenda propia, deben lidiar con los desafíos de gestión en estos tiempos tan difíciles que impactan en sus imágenes y, lógicamente, en sus perspectivas electorales.

El gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, atraviesa su segundo mandato, pero aún no ha logrado construir una agenda que lo posicione en los grandes centros urbanos del país como una figura conocida y con proyección nacional. Por su parte, el gobernador de Corrientes, Gustavo Valdés, tiene por delante el desafío de ganar las elecciones ejecutivas de 2021 que le permitirán transitar su segundo mandato, fortalecer su liderazgo provincial –aun disputado por el ex gobernador, Ricardo Colombi- y aspirar a construir una agenda nacional. En tercer lugar, Rodolfo Suárez, gobernador de Mendoza, ve su salto a la política nacional como una preocupación de mediano plazo, ya que, si bien recién está transitando sus primeros diez meses de gestión, en Mendoza no hay reelección inmediata. A este lote habría que sumar al siempre ambicioso Martín Lousteau, al formoseño Luis Naidenoff y a otros líderes provinciales como Juan Carlos Marino o Mario Negri.

Así las cosas, y con un calendario electoral que muy pronto comenzará a activarse, mientras el oficialismo enfrenta los ingentes problemas de gestión producto de una combinación explosiva de asuntos heredados y consecuencias de la pandemia, la oposición no logra aun cristalizar un liderazgo claro y visible que logre construir una alternativa atractiva para amplios sectores del electorado, y oscila entre posturas radicalizadas y posicionamientos más moderados.

El autor es sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019).

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