Las lágrimas no tienen subtítulos

Todo el tiempo nos atraviesan todos nuestros tiempos. Como el río que se lleva el tiempo y a la vez refresca los recuerdos

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El tiempo corre, todo al mismo tiempo. Pasado, presente y futuro en un mismo instante. Todo mezclado. La memoria, la realidad y los sueños. Los recuerdos, el hoy y las quimeras. Las fotos en blanco y negro y las de color, en papel o en la nube. Los ayeres, este amanecer, este atardecer y todos los mañanas. Todo el tiempo sucede al mismo tiempo.

Ya los antiguos griegos argumentaban y discutían acerca de la inmutabilidad o el flujo del tiempo. Parménides sostenía que la realidad era atemporal. “Todo está lleno de ser”, decía el filósofo y aseguraba que no había nada fuera de lo que es ahora, ni antes ni después. Heráclito, por su parte, creía que el mundo vivía a través de un proceso de cambio tan incesante y dinámico que era imposible incluso para un mismo hombre bañarse dos veces en el mismo río. El paso del tiempo era a tal punto rebelde e irreductible, que ya no sería ni el mismo hombre, ni el mismo río.

Sin embargo, no es mi intención en esta breve columna ser parte del debate teórico o metafísico acerca del paso o no del tiempo. Apenas apelar a la primera palabra de la Biblia, y desde allí una reflexión. Abre el Génesis diciendo: “Bereshit” – “En el Comienzo”. Para dar lugar y existencia al mundo que conocemos, lo primero que crea la Fuerza misteriosa y primigenia que lo moldea, es el tiempo. Es nuestro mundo el que necesita del tiempo. El tiempo, entonces, bien podría ser una ilusión. Una herramienta para medir nuestro devenir. Apenas un instrumento de navegación para el viaje. Mientras que la realidad no es ese espejismo, sino más bien otra. Pasado, presente y futuro todo en simultáneo, cada momento al mismo tiempo. A la vez. Las agujas del reloj pueden marcar las horas, pero no la vida.

Mientras leemos la historia de Adán y Eva, vivimos nuevamente las veces que perdimos una y otra vez el Jardín del Edén. Caín golpea y Abel cae muerto al suelo en el mismo momento que Lincoln, Gandhi, Kennedy, Itzjak Rabin y John Lennon. Noé salva a la humanidad al mismo tiempo que Edward Jenner descubre la vacuna contra la viruela; Samuel Katz, la del sarampión; Alexander Fleming, la penicilina; Frederick Banting, la insulina; Sidney Farber, la quimioterapia; y René Favaloro, el bypass coronario.

Abraham descubre el Misterio creador del Universo mirando las estrellas, al mismo tiempo que Marie Curie, Einstein y Stephen Hawking. El Faraón asesina a los niños y esclaviza a los israelitas, y el látigo cae al mismo tiempo sobre los pueblos originarios de América, la Inquisición española, los pogromos cosacos, la limpieza étnica en Yugoslavia, el Apartheid en Sudáfrica, el genocidio en Ruanda, la Europa de Hitler y Mussolini, la China de Mao Zedong, la Camboya de Pol Pot y la Rusia de Stalin.

Ezra, “el escriba” compila la Biblia y mientras escribe, toma de la mano a Kafka, Cervantes, Rabi Akiva, Neruda, Wilde, Maimónides, Virginia Woolf, Rashi, Mark Twain, Sartre, Gabriela Mistral, Bioy Casares y Borges. Iaakov sueña con una escalera que une la tierra y el cielo, y con él sueñan al mismo tiempo Da Vinci, Chuang Tzu, Calderón de la Barca, Michelangelo, Gutemberg, Galileo y Steve Jobs.

Moisés descubre a Dios en la zarza ardiente y al mismo tiempo Mahoma asciende al cielo en un Burak, Jesús vuelve a la vida y Buda alcanza el Nirvana debajo del árbol de Bodhi. La guerra de los romanos que destruye Jerusalén, mata al mismo tiempo en Vietnam, en las Torres Gemelas, en la Amia y en Malvinas. Es justo en ese momento cuando Moisés comienza el largo camino hacia la libertad, y al mismo tiempo marchan a su lado Martin Luther King, el Dalai Lama, Malala Yousafzai y Nelson Mandela.

El tiempo corre, todo al mismo tiempo. Por eso Moisés escribe en las Tablas y yo veo discutir a los sabios del Talmud sintetizar a Maimónides, volar a los místicos y bailar a los jasídicos. Entonces escuchó la voz del Sinaí hablándome ahora y aquí. En castellano, con acento porteño y desde la laptop.

Así sucede con nuestros tiempos propios. Pasados, presentes y futuros en un mismo instante. Todo mezclado. Cuando tenemos que decidir algo importante, aparecen allí las equivocaciones, fracasos y éxitos vividos en el ayer, mientras nos vemos en función de esa elección en el mañana que esperamos. Cuando vivimos una celebración llenos de festejo y alegría, las lágrimas de las carcajadas llevan allí mezcladas las lágrimas de la angustia por no estar compartiendo el momento con esa persona que partió. Así como en momentos de dolor y de pérdida, las lágrimas de tristeza se confunden con esas lágrimas que hablan de la felicidad de haber amado tanto.

Amigos queridos. Amigos todos.

Escribe Borges: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.”

Las lágrimas no tienen subtítulos. Porque todo el tiempo nos atraviesan todos nuestros tiempos. Como el río que se lleva el tiempo y a la vez refresca los recuerdos. Como el fuego que quema historias y a la vez alumbra mañanas. Lloramos porque recordamos, porque reímos, porque amamos y porque hemos amado. Las lágrimas no tienen subtítulos. Porque estamos hechos de tiempo debemos saber que si lloramos, es nada menos que porque estamos vivos.

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